ADELANTOS EDITORIALES

Un Pez fuera del Agua • Gonzalo Sánchez de Tagle

O sobre la identidad de la ignorancia.

Créditos: Adelantos Editoriales
Escrito en OPINIÓN el

El espíritu, el ser y la muerte son quizá los tres más grandes misterios que envuelven y, aunque irresolutos, dan sentido a la experiencia humana. En estas páginas, Sánchez de Tagle nos regala, a manera de íntimos ensayos, una perspectiva muy personal qué somos en el universo, pero jamás de manera conclusiva muy atinadamente el autor, quien no pretende dar respuestas, acerca desde su óptica la única realidad tangible; somos ignorantes de dónde estamos y a dónde vamos, pero no por eso debemos dejar de vivir y agradecer a la vida cada bocanada de aire, así seamos como peces fuera del agua.

Fragmento del libro de Gonzalo Sánchez de Tagle Un pez fuera del agua o sobre la identidad de la ignorancia”. Editado por Textofilia S. C. Cortesía de publicación Textofilia S. C.

Un Pez fuera del Agua • Gonzalo Sánchez de Tagle

#AdelantosEditoriales

 

LAS CUATRO FRONTERAS

¿Qué ansias tan desmedidas

nos fuerzan a estudiar

las verdades escondidas?

Si las tenemos sabidas,

¿qué queremos más mirar?

Mas si esto que queremos

y procuramos saber

de cierto no lo sabemos,

yo no sé como podemos

desear sin conocer.

La consolación de la Filosofía, Boecio

Todo comienza –¿y termina?– en el yo, como referente y medida de todas las cosas. Yo como observador de mi realidad y lo que me rodea, creador de imaginaciones, ideas y espiritualidades. Soy mi primer y único referente. Así que la vida tiene sentido en la medida en que yo lo tenga. En cualquier supuesto se trata de afirmaciones simples e inconsecuentes. Puede ser que la identidad se asiente ahí, pero ¿qué es eso? Será mi cuerpo, mi mente o mi espíritu. Las emociones que cabalgan indiscriminadas o los sentimientos que brotan en el silencio. Yo soy yo, bien plantado y con el pecho al aire. Compuesto de complejidades, redes y conexiones que aprietan la vida. Somos acaso intérpretes de la naturaleza, o intermediarios entre el fluir del tiempo y la estable eternidad, cópula e himeneo entre todos los seres del mundo, como se preguntó Pico de la Mirandolla.

Decir que soy yo, es ligero e intrascendente. Es una afirmación tautológica que se autodefine y por lo tanto es irrelevante –como ocho mil millones de yos–, aun y cuando ahí se encumbra el bello misterio, en la conciencia de sí y en el yo universal. Tal vez la acción determina la identidad. Aquello que hago o dejo de hacer me precisa. Soy entonces lo que hago y pienso, en causa y consecuencia. Porque no hay moción sin principio. Mis actos son reminiscencias de mi mente. También nos puede identificar el contexto y la interacción con el otro. Es decir, soy en mis intercambios con el prójimo, ahí me defino.

Hay dos principios de identidad. Uno el individual y el otro colectivo. El primero es, claro está, el que define que una persona sea una y no otra. Aquello que suponemos nos hace únicos e inigualables, lo que individualiza al ser. Un león es todos los leones. Pero un ser humano, ¿es todos los humanos? No necesariamente, o cuando menos eso hemos pretendido desde que tenemos capacidad de razonar de forma autónoma. Aun así, proyectamos la unicidad en torno a nosotros. Soy. Y sin duda hacemos esfuerzos por identificarnos en nuestra esencia. Las más de las veces, la propuesta es definirte en las diferencias con el prójimo. Se trata de una pendiente negativa en la que resulta más sencillo ser en función de lo que no eres, frente a la complejidad de identificarte con lo que sí.

Podrán haber muchas formas de determinarse. El consciente, subconsciente o inconsciente. La potencia como acción futura, ser en un tiempo próximo. Las relaciones colectivas que brindan una percepción de autenticidad, como ser padre, madre, hijo, hermana y un largo etcétera. Pero eso no define la identidad, porque asumimos que ella es única e imperecedera. Yo soy. La naturaleza humana es un concepto complejo, pues no es definible, o lo es siempre de modo parcial. Porque al tratar de explicarlo, las generalizaciones son tan precisas, que es difícil que un individuo de la especie se asuma como único. Por eso es que un humano es todos los humanos.

En esa medida, la identidad individual es indescriptible, propio tal vez de la psicología, las creencias personales y las convicciones sobre la vida. Se trata de subjetividades o suposiciones. En cambio, la identidad colectiva, la que caracteriza a nuestra especie, aun siendo igualmente compleja, puede ser abstraída en grandes corrientes que nos definen.

Una particularidad profunda de los seres humanos, de nuestra naturaleza, es la ignorancia. Se nos ha hecho creer que somos los que pensamos, sapiens. Pero en verdad es mucho más lo que ignoramos que aquello que conocemos. Claro que la razón y el intelecto nos identifican, en la mente imprecisa y traicionera estamos. Pero es un proceso. Tenemos la facultad de imaginar y expandir horizontes, de crear ideas complejas y nociones abstractas, como los números y el tiempo. Pero en el fondo, desconocemos. Y esa es una de las identidades más profundas de nuestra especie. Poseemos el utensilio y la herramienta, pero la mayor de las veces, no sabemos con qué llenar el formulario. Es un planteamiento inacabado, en la medida en que todo lo que conocemos, está constreñido a nuestra mente y lo que ignoramos sólo lo intuimos. Pero es en esa certeza que somos.

En ese sentido somos contradictorios como unidades, pues contamos con una mente fina y desarrollada, que no da respuestas. Articulamos conceptos y abstracciones, que nos permiten crear sistemas de pensamiento y organización, pero el esquema general nos es ajeno. Por eso es que el ser humano se identifica con los opuestos, nos contrastamos: materia y espíritu, vivos o muertos, yo y el otro. Es la dualidad de lo apolinio y dionisiaco que está en pugna. La contraposición de valores a partir de los cuales nos definimos. Soy en el otro, la alteridad que me permite ser. O mejor dicho, para ser, la condición es el otro.

Es la contradicción la que nos limita a identificarnos plenamente. Por eso es que la expresión délfica “conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses” es tan pujante, porque en la vaguedad de la sentencia, nos encontramos. La identidad del ser humano se materializa en el conocimiento, pero eso es vereda. Ya no es la precisión intelectual, sino el laberinto que nos constituye y, sólo en ese camino, es que el hombre logra asomarse al universo. Quizás el autoconocimiento no conlleva una búsqueda, sino una paz irremediable ante la certeza del término. Una verdadera y genuina conformidad con el estado de cosas naturales. En cualquier caso, es una senda.

En la naturaleza humana y el principio de identidad colectiva, hay cuatro fronteras centrales de nuestra experiencia: el tiempo, el movimiento, la muerte y la razón. Son cuatro esencias interconectadas de las que depende que seamos de una forma y no de otra. En ellas, en su constitución y percepción, somos. Evidente es que desde el comienzo hemos tratado, sin éxito, de controlar sus fuerzas y su condición irremediable.

El tiempo nos lo dieron las estrellas y los astros, sus ciclos y revoluciones. Y en él, creamos los números, como entidades totales y eternas. Sin la noción de tiempo es imposible pensar en la idea de los dioses y la trascendencia. Por esa razón, somos los más religiosos de los seres animados, por el tiempo, según dice el Timeo de Platón. Hemos definido dos estados del tiempo, el sagrado y el profano. En aquel, todo es instante o momento. En éste, contamos impacientes los días incesantes. A nuestra especie la define el tiempo y, que sepamos, somos los únicos que lo calculamos en función de un futuro trascendente. El tiempo en todo caso, será distinto para el tigre, la ballena o la abeja. Y nos es imposible pensar en un no tiempo. No hay presente inmediato, pero si lo hay constitutivo y colectivo. Vivimos ahora, el periodo de lo humano, uno mítico y profano, en donde los ritmos se reiteran en ciclos sucesivos, mientras que el tiempo anda hacia delante, ¿o hacia atrás?

Las pulsiones humanas, y las pasiones que nos hacen ser, se encuentran sometidas al conteo inacabado de momentos que habitan en la memoria y a las células arcaicas, las que nos unen con el reino natural y se apartan de la mente, el instinto. Hace muchos años una persona, en un pasado recóndito pronunció la palabra ayer o mañana y, desde entonces, el tiempo es ineludible, a él estamos atados.

Y es en esa atadura, que todo es movimiento. Una moción constante, un flujo que no cesa, imperecedero. La sangre es una metáfora que nos identifica con el universo, lo mismo que la respiración y los átomos. No hay posibilidad de ser estático e inerte. Desde una perspectiva física, el detenimiento es muerte. Y el flujo sanguíneo, tanto como el cosmos, se mueve. Pero hay otro movimiento y es el de la vida. Somos un proyecto en construcción, un proceso inconcluso los humanos. Andamos siempre en caminos ignorados, porque la única precisión es la incertidumbre. Nuestra constitución es la errancia y la exploración de lo desconocido. Nos movemos en busca de sentido y trascendencia. Las travesías hacia lo inexplorado son inagotables. Ahí el hombre encuentra algo, en el cambio. Y lo que halla es más camino y más mudanza. Porque somos seres en metamorfosis, nos construimos. No hay ninguna vía para probar absolutamente que lo abstracto existe, salvo la eternidad del movimiento, dijo Averroes.

La intuición nos permite comprender que todo es flujo en la existencia. Avanzamos, aun a pesar de nuestra voluntad, por sendas inciertas. Y es que ahí es donde se precisa la identidad de lo humano. No en la ilusión de la libertad que todo lo busca sujetar, sino en la certeza del movimiento, que es transformación. El río nunca es el mismo, pues el hombre es siempre otro. Somos el sendero que se construye. Más aún, la identificación de la vida está en la transgresión de las fronteras conocidas, en su expansión y en el quebranto de confines. En esa andanza que no termina, se busca el infinito y al final de la vereda, se aprehende lo finito.

En la muerte, el bello término de todo, nos hallamos. A eso en verdad venimos, a morir. El gran misterio que todo lo resuelve. Porque la muerte enigmática nos confirma. En ella se sublima la idea de trascendencia y, en su certeza, construimos aldeas que nos definen. Poblados de intenciones y suspiros, damos propósito al amor e inquirimos finalidades en el ser. Nos sabemos inacabados, incompletos y finitos. Y es la contradicción más hermosa, porque en la infalibilidad del término, le damos cauce a la existencia. Es también consolación porque en su esencia, la vida necesita concluir. No habría movimiento ni tiempo, sin clausura definitiva.

Los cordeles humanos, hacia arriba y hacia abajo, se compactan ante la muerte. La descendencia es sobrevivencia. Proyección de un futuro cierto sin mí es la preservación del espíritu. Los nudos se atan uno a otro en la esencia del porvenir. Y es que la muerte requiere de continuidad y de ciclos que se renueven; una necesidad.