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“Mientras yo viva, a usted no le pasará nada”: la deuda de “El señor de los cielos"

“Cuando vi a Amado Carrillo me puse lívido, el hombre se estaba muriendo”, narra Javier Coello Trejo en su biografía

  • DIEGO JOAQUÍN
  • 27/09/2021
  • 17:42 hrs
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“Mientras yo viva, a usted no le pasará nada”: la deuda de “El señor de los cielos
“—Señor, habla Amado Carrillo Fuentes”, escuchó del otro lado de la bocina. “—¿Amado Carrillo? ¿En qué le puedo servir?". (Archivo)

Amado Carrillo Fuentes, finado narcotraficante conocido como “El señor de los cielos”, adquirió una deuda con Javier Coello Trejo, quien entonces fungía como subprocurador de la PGR, al frente de la fiscalía que combatía el tráfico de drogas.

“Gracias, licenciado, me salvó la vida. Mientras yo o alguno de los Carrillo vivan, a usted no le pasará nada”, le habría dicho Carrilo Fuentes a Coello Trejo, según cuenta el segundo en su biografía recientemente publicada, “El fiscal del Hierro”, mote que se ganó el mote en las décadas de los 80 's y 90 ‘s.


Por aquel entonces, Carrillo “era un narcotraficante de medio pelo” y todavía no era reconocido por el apodo que ha servido de título para una producción televisiva; se desempeñaba como lugarteniente de Rafael Aguilar Guajardo, uno de los fundadores del cártel de Ciudad Juárez.

LA PRIMER CAPTURA DE AMADO CARRILLO

El abogado Coello cuenta en su libro que Carrillo fue capturado en un retén militar, por parecer sospechoso e intentar sobornar a los efectivos del Ejército, además de que un general quiso intervenir por él.

“‘Puta madre’”, pensé, ‘si se nos muere se va a armar un pedote’”, y describe que al ver al detenido, “el hombre se estaba muriendo, estaba a punto del infarto; respiraba con dificultad, transpiraba copiosamente y apenas podía hablar”.

El delincuente fue llevado a los separos de la Procuraduría, donde se adaptó una celda como unidad de terapia intensiva, donde pasó 40 días bajo cuidados, atendido por el cardiólogo Guillermo Hamdan “Así fue como le salvamos la vida”, escribe Coello. 

“Si hubiera muerto en los separos de la Procuraduría, nos íbamos a meter en un problema muy cabrón, pues no tardarían en surgir las versiones de que lo habíamos torturado hasta matarlo y tantas otras pendejadas que de pronto publicaba la prensa”.

Luego de recuperarse, Amado Carrillo pidió hablar con el subprocurador, sería consignado por acopio de armas.

“No le importó gran cosa y me dijo: —Gracias, licenciado, me salvó la vida. Mientras yo o alguno de los Carrillo vivan, a usted no le pasará nada. —Mire, amigo, usted no me debe nada, hicimos lo que teníamos que hacer, no tiene que pagar nada por esto, y si yo me entero que usted le ofrece o le da dinero a alguno de mis comandantes, también lo consignaré por soborno, —le contesté”.

Posteriormente, Carrillo saldría libre luego de que un juez dictara en el auto de formal prisión que la gran cantidad de armas decomisadas era suficiente para que pasara varios años en la cárcel, solo estuvo un año. “Su abogado apeló y poco después otro magistrado lo soltó y lo hizo de tal forma que no pudiéramos hacer nada para retenerlo”.

EL SECUESTRO QUE NO FUE

Una noche de 1992, ya cuando Coello Trejo había dejado el servicio público y se dedicaba de lleno a su despacho jurídico, sonó su teléfono de su casa en Coapa, cuando se disponía a cenar con su familia.

“—Señor, habla Amado Carrillo Fuentes”, escuchó del otro lado de la bocina. “—¿Amado Carrillo? ¿En qué le puedo servir?, —respondí. —No señor, soy yo el que le va a servir. Recuerde que le prometí que mientras yo estuviera vivo nadie lo iba a tocar”, fue entonces que le advirtió al exsubproducrador sobre los planes de secuestro de su hijo Javier. “Disponga usted qué quiere que haga. Ordéneme”, dijo Carrillo a Coello.


“—Amado, le agradezco la información, pero no haga nada. Yo me encargo, —le contesté”.

Inmediatamente, marcó al entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, “con quien seguía teniendo una buena relación, incluso podría decir que era una buena amistad”, para contarle de la llamada de Carrillo. 

“Vamos a creerle, Coello, espere una llamada en un momento”, dijo el priísta y colgó. Minutos después se comunicó con el abogado el general Antonio Riviello Bazán y se trasladaron a su casa el jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional,y al menos 20 comandantes de la Policía Judicial Federal, para poner en marcha un operativo.

“Los minutos que transcurrieron entre el momento en que nuestro hijo se fue a la escuela y que recibimos la llamada del general han sido de los momentos más angustiantes de mi vida. Segundos que parecían horas, la eternidad reflejada en el pinche reloj”, narra. 

Se capturó a los secuestradores, quienes habían intentado acercarse a la camioneta donde iba el hijo de Coello, no esperaban el operativo.


(djh)