PESE A LA CRISIS

El amor en tiempos de Maduro

Sabíamos que tras la votación de la Constituyente, las cosas se iban a poner peor. Necesitábamos esa cita. Así que me permití fijarme en él e ir a la pizzería.
El amor en tiempos de MaduroLa escasez de comida no es tan grave como hace un año, pero solo porque los venezolanos cada vez son más pobres como para comprarla.

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No había tenido una cita en mucho tiempo. Estaba nerviosa pero también emocionada de ver a Carlos. Eran las siete de la noche, el restaurante estaba vacío. Pero él lo había planeado todo, iríamos a su pizzería favorita de la ciudad. "La mejor pizza de Venezuela", me dijo. El lugar era informal para una primera cita, pero acogedor. Había mesas y sillas al aire libre.

En mi cabello, había acomodado un moñito. También había pintado mis labios de rojo. No estaba muy segura al principio. "Es demasiado", pensé. ¿Cómo podía tomarme el tiempo de colorear mis labios y sentirme nerviosa por verlo cuando mi país se está derrumbando?

Iba a salir a la calle con un moño en la cabeza y caminaría por las mismas avenidas donde "mi" gobierno ha matado solo por exigir nuestros derechos. Y luego, comería pizza con Carlos. Pero existía una realidad fuera de la pizza y fuera de la cita: ciudadanos luchando y muriendo por sus derechos, enfrentándose a un régimen que ni siquiera se preocupaba por ellos.  El rojo, al parecer, no estaba solo en mis labios.

Sí, me sentía ridícula y un tanto culpable, pero lo necesitaba. Necesitaba un descanso.

Carlos nació y creció en Ciudad Guayana, una urbe industrial al sureste del país. Ahí, la oposición no es muy fuerte. La participación de la ciudad en las protestas no ha sido significativa, como en Caracas, la capital. Pero ha conocido personas que la han tenido difícil: conoció a un hombre que tuvo que cargar un muerto, un par más que piden dinero en la calle, y un joven torturado por las autoridades.

Él mismo la he pasado mal y también protesta. Su propio hermano casi muere por una reacción alérgica: no podían encontrar la inyección para tratarla. En Venezuela, todos los días vivimos escasez de medicamentos, de servicios; escasez de comida y escasez de justicia. Así que vamos a las marchas a exigir respeto por la Constitución, por el país y por nuestras familias; a exigir libertad de los manifestantes arrestados y honrar a los que han fallecido.

Sabíamos que tras la votación de la Constituyente, las cosas se iban a poner peor. Necesitábamos esa cita. Así que me permití fijarme en él e ir a la pizzería.  

Yo estudio Ingeniería Eléctrica. Jóvenes como yo pasan hambre todos los días en Venezuela. El próximo domingo se celebrarían las votaciones: el fraude que iba a permitir que el gobierno tuviera poder ilimitado en el país al cambiar la Constitución. Las cosas solo irían peor.

"Son los primeros en llegar, ya estamos abriendo. ¿Qué desean?", nos dijo el dueño con una sonrisa. Estaba sentado solo en una de las mesas, con una cerveza en la mano mientras revisaba su celular. Vestía una camiseta negra con el logo del negocio "Portofino" en letras blancas, la "P" formaba la silueta de una guitarra.

Afuera llovía, cada vez menos. Las mesas y el piso seguían mojados. Sonaba reggae de fondo. Solo una de las lámparas servía y la mala iluminación solo destacaba lo gris del lugar.

Terminaba de llover, y las mesas y el piso de ladrillos seguían mojados. De las varias lámparas, solo una servía. Pero la mala iluminación que en otras circunstancias es agradable, solo acentuaba lo gris del local.

"¿Quieren un par cervezas? Hay Polar".

"¿Qué más hay?".

"Eso es todo lo que hay. El distribuidor no apareció hoy".

"¿Pero no tienes ni refresco?".

"Ni refresco".

Mucho menos iban a servir las pizzas.

El martes de la cita era el día de protesta 116, ya contábamos más de cien muertos por choques contra las fuerzas del gobierno. Y no era el mejor día para salir, la oposición había anunciado más protestas. A partir del miércoles habría un paro durante 48 horas previa a la protesta masiva que habría en Caracas contra la Constituyente.

Por un momento, Carlos y yo no supimos si sentarnos en una de las mesas o mejor irnos. No había mucho qué hacer pero no queríamos dejar pasar el momento. El dueño empezó a contarnos sobre lo difícil que es mantener la pizzería, como disculpándose por su local.

"La gente no se siente segura para salir de sus casas, con todo lo que está pasando todo el mundo se quiere quedar encerrado".

Carlos le contestó argumentando que muchos no salían porque no les alcanzaba el dinero. Noté su incomodidad al hablar del tema en la cita, pero no podíamos mantenernos en una burbuja.

Nos sentamos. El dueño seguía hablando sobre la crisis, que estaba acabando con su negocio. Nos comentó que debido a varios tiroteos, solo quedaban dos de los cuatro bares de la calle Caruachi, "la calle Tarantino" como él la llamaba por el número de personas que matan ahí.

Yo no bebo. Carlos pidió una cerveza, como para no desperdiciar el viaje.

"En estos días contratamos a un comediante de Valencia, pero tuvimos que cancelar la presentación, no pudo venir porque las calles estaban trancadas. Si esto sigue, yo cierro y me voy para Puerto Rico, tengo familia allá".

La escasez de comida no es tan grave como hace un año, pero solo porque los venezolanos cada vez son más pobres como para comprarla.

Ya eran las ocho y estábamos listos para partir. Carlos pagó la única cerveza a mitad de precio, al no tener cambio suficiente. También hay una crisis de efectivo.

Afuera, los negocios ya empezaban a cerrar. Carlos y yo decidimos ir al principal centro comercial de la ciudad, con suerte podríamos salvar la noche y encontrar un lugar que no estuviera a punto de la quiebra. Estaba casi vacío, pero entramos al cine a ver La Mujer Maravilla en la última función.

Dos horas con veinte minutos pasamos sin pensar en Venezuela, en las migraciones masivas o en la gente buscando qué comer en la basura.

A penas salimos, regresamos a la realidad. Afuera estaban unos niños pidiendo dinero para comer.

Carlos y yo no logramos comer esa noche, pero quedamos en vernos otra vez.

El domingo de la votación llegó. Fue el peor día hasta ahora, entre 10 y 16 muertos en todo el país y muchos más heridos. Nos enteramos de la violencia por Whastapp, escuchando notas de voz de gente asustada. Ese día, incluso en Ciudad Guayana hubo varias personas heridas. 

Adaptación de "Buscando el amor mientras Venezuela arde" de Carlos Hernández en The New York Times

dast



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