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Los olvidados de la fosa común y el Lote 14

Alrededor de mil 300 de los muertos en el sismo del 19 y 20 de septiembre de 1985 fueron enterradas en el Lote 14 del Panteón Civil de San Lorenzo, en Iztapalapa.

  • AGUSTÍN VELASCO
  • 14/09/2015
  • 00:00 hrs
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Los olvidados de la fosa común y el Lote 14
Noticias de México: Muertos del sismo de 1985 que han quedado en el olvido.

CIUDAD DE MÉXICO (La Silla Rota).- El 19 y 20 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México se registraron tres mil 692 fallecimientos –según datos oficiales del Registro Civil– de personas víctimas de los sismos de 8.1 grados Richter y su réplica de 7.2 grados.

Alrededor de mil 300 de esas personas fueron enterradas en el Lote 14 del Panteón Civil de San Lorenzo, en Iztapalapa. Otras miles –no hay una cifra exacta– fueron sepultadas en la fosa común de este lugar.

A 30 años de distancia de la tragedia que cambió el rumbo del país y de la sociedad mexicana, los familiares los han abandonado, las tumbas yacen entre flores marchitas, agua que huele a podrido, cadáveres de perros, basura y deshechos humanos de visitantes ocasionales.

“Esta tumba guarda tu cuerpo, Dios tu alma y nosotros tu recuerdo”, reza el epitafio inscrito en una lápida fuera de su lugar. Está recargada en un árbol del lote 14 del Panteón Civil de San Lorenzo, muy lejos de la tumba de Rocío Z, a la que pertenecía.

En la lápida se lee que al momento de morir Rocío Z tenía 40 años y que era casada, la inscripción remata con “Recuerdo de su esposo y sus padres”. Pero eso fue hace tres décadas cuando el amor se resistió a morir aplastado por una loza de concreto. 

Dentro del lote es casi imposible encontrar el lugar exacto donde descansan los restos de Rocío Z. Una espesa cobija de hierba ha tapado casi por completo todas las tumbas.

Ni siquiera se pueden apreciar las seis hileras, con 180 tumbas cada una que, según las autoridades del panteón, conforman el lote 14. Es como si estuvieran sepultados bajo los escombros de un olvido que se ha prolongado por lo menos 20 años.

“Ése el lote de los muertos del 85” confirma don Pedro, un enterrador que a las 12.00 del día camina por entre las tumbas con dos cubetas de agua, una pala y unas tijeras para podar. Pero se detiene para tomar un respiro en medio del calor, del silencio y para contar un poco de los muertos del 85.

“Ya nadie los viene a ver”, agrega con resignación el septuagenario hombre de espalda encorvada, cejas pobladas y cabello gris.

Según don Pedro, quien lleva más de 20 años trabajando en el panteón, hasta los primeros 10 años de ocurrido el sismo (1995) las visitas eran constantes, cada 19 de septiembre las tumbas se veían limpias y hasta llegó a ver que familiares traían música a sus muertos.

“Hace años que no se ve una corona, que no hay flores de colores, hace años que no se ve lleno. Ni en Día de muertos vienen a visitarlos. Mire esa de allá, ya hasta le quitaron la lápida”, se queja don Pedro y sus reflexiones terminan por ser ciertas.

Las tumbas de Elías Armando L, de 25 años el al momento de morir; Jun G, de 30; Héctor C, de 10; y Magdalena O, de 55, tienen en común la fecha, 19 de septiembre de 1985 y que todas se esconden bajo la maleza de hierbas secas.

Cerca del lote 14, acarreando agua de un pozo para cambiarle las flores a sus muertos, está Petra. Una señora que vino a visitar a dos de sus hermanos fallecidos hace más de 40 años. Ella ronda los 60.

“Yo sí me acuerdo de aquellos días, la gente estaba muy dolida, venían montones. Toda esta (señala una calzada en medio del panteón) era una avenida de muertitos del sismo, había coronas, flores. Por aquí pasaba un camión de la ruta 100 que venía de la colonia 10 de mayo por la Avenida del Árbol”, recuerda Petra.

Una hilera de cinco tumbas llama la atención. La de la derecha es de Juana Pérez, tenía 40 años cuando el sismo de 8.1 grados le rompió la vida. “Recuerdo de tu esposo e hijos”, se lee en el epitafio de su lápida.

Juana no se fue sola, la acompañaron cuatro de sus hijos que también murieron en el sismo: Nancy Guisela (sic), de 7 años; Ana Luisa de 15; Emigdio de 19; y Galdino, de 20.  Todos están enterrados bajo lápidas que alguien pintó de color azul y que ocasionalmente los visita para podar la hierba que crece alrededor.

“A esa familia si la vienen a ver, no sé si es el esposo, a lo mejor es otro de los hijos, ¿verdad? Pero si les vienen a limpiar sus tumbas, las pintan, las podan. Las ponen bonitas, pues. Pero son las únicas”, explica don Pedro y hace una pausa mientras las mira. 

Luego don Pedro comparte sus reflexiones y se pregunta si por las edades, los hijos de Juana iba a la escuela, si estaban en la primaria, secundaria o si estaban ya en la universidad y el sismo los agarró durmiendo. Piensa que en todo caso ya no despertaron para ver el México que se levantó tras el terremoto.

En un lote junto al 14, hay más muertos del 85. Es imposible caminar entre las tumbas sin encontrarse con desechos humanos, basura y huesos sueltos de tumbas que han sido desenterradas o que simplemente salieron a flote por la erosión de la tierra.

En medio de este desastre hay un oasis para el recuerdo. Son cuatro tumbas de la familia Santiago que lucen impecables, la hierba y la tierra no las han corroído. Se nota que no se han extraviado en la memoria de sus familiares.

Petra cuenta que nunca se ha encontrado con los familiares de esos difuntos, pero calcula que al menos vienen al panteón una vez al mes a hacer limpieza.

“Luego, luego se ve que les lavan, les cambian el agua, les ponen flores, les cortan el pastito”, enumera Petra como si diera una receta para mantener vivo el recuerdo.

Pero en todo el panteón, las tumbas de la familia Santiago y las de Juana Pérez y sus hijos son las únicas que no han sido olvidadas.

Las autoridades del panteón no cuentan con el número exacto de tumbas de personas fallecidas durante el sismo. Aseguran que hace muchos años la delegación se llevó varias fichas de registro y perdieron la cuenta.

“Pero usted súmele, son seis filas de 180 tumbas y otras cuatro de 70”, reta un trabajador del panteón. En total mil 360 tumbas de víctimas que tuvieron “el privilegio” de ser identificadas por sus familias y estas pudieron darles una sepultura, porque a otros los echaron a la fosa común.

En una esquina del lote, una cruz marca la zona de los muertos del sismo de 1985. En la base hay un mensaje: “Dios nos permitió estar juntos por el recuerdo de los nuestros. Benditos sean. 19 sept 1985”.

Sin rostro

De entre los escombros del sismo de 8.1 grados en escala de Richter y la réplica de 7.2, surgió una especulación, la del total de muertos.

Cada quien tenía sus cifras: el Departamento del Distrito Federal (DDF) estimó dos mil 500 decesos; los registros periodísticos refieren entre seis mil y siete mil víctimas; la Cruz Roja consideró que hubieron más de 10 mil; el gobierno de Miguel de la Madrid contabilizó entre seis mil y siete mil.

La misma especulación circula hoy entre autoridades y trabajadores del panteón civil de San Lorenzo Tezonco, una ex hacienda por la que pasó el ejército zapatista en diciembre de 1914 cuando marchaba hacia el centro de la Ciudad de México.

A unos 250 metros del lote 14 se levanta un monumento blanco de seis columnas. En la parte alta el gobierno del Distrito Federal mandó a grabar una inscripción: “A nuestros seres queridos”, reza.

Es el monumento a los fallecidos en el sismo y que no fueron reconocidos por algún familiar, amigo o compañero de trabajo. Se encuentra justo encima de la fosa común que se abrió en el panteón para recibir la gran cantidad de cuerpos sin vida que fueron rescatados de entre los escombros.

“No, eso no se sabe. No sabemos si fueron cientos o miles a los que echaron a la fosa común. Hay quien dice que llegaban camiones de volteo con cuerpos y nada más los echaban así, sin nada, sin cajón”, asegura Servín, un trabajador del panteón a quien le encargaron limpiar el monumento para que estuviera listo en el 30 aniversario.

A un costado del mausoleo, una placa que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal mandó grabar deja sin dudas que en este punto de la ciudad se encuentra la metáfora del desastre.

“…aunque no te encontré y no sé dónde buscarte, tú estás en mi corazón y siento consuelo porque tu descansas en el cielo cerca de Dios”, se lee en el epitafio. 

En 2011, la Registro Civil del Distrito Federal dio a conocer la cifra de las actas de defunción que se levantaron aquel día: tres mil 692. Mil 899 mujeres y mil 785 hombres. En ocho casos los errores de captura impiden determinar el sexo de la persona.

Servín no lleva mucho tiempo trabajando en el Panteón Civil de San Lorenzo. Pero asegura que cada 19 de septiembre el gobierno manda a hacer una misa en este lugar. Empieza en punto de las 07.19 horas con un minuto de silencio. Es el único día que el panteón abre tan temprano.

“Durante el día vienen más personas, unas traen coronas, otras flores. Algunas prenden veladoras. Pero cada vez son menos”, explica.

Los muertos anónimos se encuentran bajo este monumento rodeado de pasto recién cortado y de pequeños pinos entre los cuales se asoma una placa que intenta explicar el duelo de ausencia de habitantes del DF que nunca volvieron a saber de sus seres queridos.

“Solo nos separamos por un tiempo y después estaremos juntos por siempre en la eternidad”.

maaz