LA CADERA DE EVA

A sus 68 años, así libró María Elena décadas de violencia

Ahora, con 70 años de edad, se encuentra sentada como una verdadera reina en una de las oficinas de “Alas de las Mariposas”, centro de empoderamiento y liderazgo para mujeres ubicado al sur de la CDMX

  • ÉRIKA FLORES
  • 19/02/2020
  • 21:11 hrs
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A sus 68 años, así libró María Elena décadas de violencia

Puta. Maldita. Mal nacida. En tres palabras María Elena resume 68 años de su vida, tres adjetivos impuestos por su madre y esposo, acompañados de innumerables golpizas por parte de ambos. Su madre, al casarla en su adolescencia, heredó la batuta del maltrato al marido quien cumplió la orden al pie de la letra, por 27 años más.

De sus labios pintados color rojo, sale la frase que se convirtió en su guía de vida: “desde pequeña he buscado la verdad, siempre quise saber ¿Qué había hecho mal?”. Hoy, con 70 años de edad, se encuentra sentada como una verdadera reina en una de las oficinas de “Alas de las Mariposas”, el centro de empoderamiento y liderazgo de las mujeres ubicado al sur de la CDMX. Cabello perfectamente arreglado, ropa casual y unos encantadores mocasines color dorado, son parte de su nueva yo.

 

- Ahora lo platico y ya no me duele; yo quería saber por qué fui rechazada por mi madre, por qué sufría humillaciones de ella y sus hijos y luego de mi esposo. Viví con resentimiento, coraje, malestar, ¡Odio! Porque Carlos, mi esposo, desde que era mi novio, me golpeaba, me cacheteaba y mi mamá lo apoyó. Él me obligó a ser su novia, a casarme con él. Era un hombre guapo, ojos claros, galán, soberbio, presumido… pero sin tener dónde caerse muerto ¡A mí no me gustaba! Pero me obligaron. Hoy la vida es diferente; en “Alas de las Mariposas” me pude reconocer a mí misma, ahora me quiero y valoro. Me digo ¡Cuántas veces traté de quitarme la vida y qué bueno que no lo logré!

- ¿Cuántas veces?

- De niña, dos; de casada, seis. Ocho en total… Yo creo que no lo logre porque hasta en eso era tonta o ignorante, dice al tiempo que -sin darse cuenta-, se juzga.

- ¿No sería más bien por suertuda?

- Mmmm… responde mientras reflexiona.

 

María Elena González, como muchas mexicanas víctimas de violencia, creció sola. Ella misma reconoce no haber tenido guía desde pequeña pues su mamá -quien perdió la cabeza tras una infidelidad de su esposo- no buscó quién se la hiciera; sino quién la pagara. Y la pagó su hija. “Eres una mal nacida ¡maldita!”, le echaba en cara. Injustificadamente la abandonó con una abuela y un tío, a quienes recuerda como alcohólicos que la llevaron a vivir en una vecindad donde prevalecía la violencia.

Cuando ambos no pudieron seguirla cuidando, la devolvieron con su mamá quien ya había pasado por un segundo y un tercer matrimonio del que nacieron hijos varones con comportamiento agresivo. Esa fue la nueva casa donde la niña concluyó la primaria con la emoción de seguir estudiando la secundaria, hasta que su mamá le habló claro: “No vas a seguir estudiando ¿Para qué? No, no, no… Al rato abres las patas y sales embarazada: te quedas en la casa a atender a tus hermanos”. Y los atendió entre golpes y maltratos hasta que Carlos, diez años mayor que ella, apareció y se la llevó.

- ¡Híncate! ¡Pídeme perdón!, le amenazaba él tras cada golpiza propinada.

Confundida, sin entender por qué los golpes, por qué su furia, si había o no hecho algo mal, se hincaba aterrorizada mientras gritaba:

- ¡Perdón! ¡Perdón!

Tres hijos no generaron cambio alguno. Todo siguió igual; la única diferencia fue que ahora las golpizas de Carlos ya no eran privadas, sino frente a un público infantil. Una noche, decidida a poner un límite, María Elena llegó ensangrentada a una estación de policía en la delegación Iztapalapa de los años setenta.

- ¡Por favor! ¡Ayúdenme!

- ¡Uy Jefecita! Aquí no le van a hacer caso -le advirtió uno de los uniformados-. Lo que a usted le pasó, se arregla debajo de las sábanas, le dijo.

Derrotada, caminó a casa sin importar que fuera ya madrugada. Pensaba y volvía a pensar en lo que decía su Iglesia y sus vecinos, “¡María Elena qué cruz tan pesada te tocó!”. Y paso tras paso, siguió cargando “su cruz” porque alguien le dijo que así tenía que ser. Y ella -reconoce-, lo creyó.

“Yo pensaba que si lo dejaba, que si me separaba de él, me convertiría en mi mamá y yo no quería eso. Aguanté porque quería que mis hijos estudiaran, aunque Carlos era un flojo y desobligado que mantuve por mucho tiempo haciendo cosas por aquí y por allá, quehaceres, lavando ropa, porque eso sí -dice con orgullo-, me enseñaron a ser muy buena ama de casa: a fuerzas y a golpes, pero aprendí muy bien gracias a Dios”.

Pese a su adversidad, en su camino siempre hubo pequeñas ayudas de vecinos y también se cruzaron algunos cursos de repostería, juguetería y de cultura de belleza. Fue ésta última la que más le gustó, aunque no tuvo energía para aplicarla en sí misma porque “su cruz” la envolvió en una depresión que duró más de 15 años y de la cual no salió ni con apoyo psicológico que recibió en el hospital Fray Bernardino.

- Estuve enchochada -cuenta con franqueza, refiriéndose a la cantidad de medicinas o chochos, como se les llama popularmente, para combatir la depresión-. Y así seguí cargando “mi cruz”.

- ¿O sea que pudo cargar “su cruz” porque estaba enchochada?

La frase la hace reaccionar y entiende rápidamente el juego de palabras.

- ¡Sí! ¡Cargué la cruz enchochada! Ahora ya es menos, solo tomó un pedacito de pastilla para dormir y otro pedacito que es antidepresivo. Si en ese entonces hubiera lo que hoy, a lo mejor me hubieran ayudado: s-o-r-o-r-i-d-a-d. Aquí aprendí esa palabra y ayer la oí en un programa de televisión, significa cuando una mujer es solidaria con otra mujer -dice mientras vuelve a repetirla y sonríe con sus labios rojos-.

   

Wendy Figueroa luce mariposas en sus aretes y anillo. No es una casualidad sino el grito de batalla que da nombre al centro de empoderamiento que desde hace dos años dirige, donde mujeres profesionistas y “aliados feministas” (término con que ella describe a los hombres que apoyan este proyecto) realizan un inmenso trabajo reeducativo.

“Aquí llegan las mujeres que quieren hacer un cambio en su vida cuando identifican que algo no anda bien. Tenemos grupos de mujeres diversas, de diferentes edades y lugares, para crear círculos feministas y compartir todo lo que nos atraviesa como mujeres con tantas ideas machistas”, describe.

Alas de las Mariposas” pone en práctica una estrategia peculiar. De manera gratuita ofrece diversos talleres a los que se pueden inscribir mujeres de toda edad; por ejemplo, macramé, sexualidad, chocolatería o defensa personal, por enumerar algunos. Allí las asistentes se van conociendo y conocen sus propias historias, bajo la guía de una profesional experta en temas de violencia, equidad y género. Cada mujer puede identificar si está o no, en un entorno de violencia que puede ser extrema (con necesidad de traslado a un refugio) o de riesgo (también llamado “violencia romantizada”).

Buscamos crear esta conciencia colectiva”, expone Wendy, “para que desde estos grupos, las mujeres se reconozcan y reconozcan a la mujer sumisa, controlada por la sociedad y el sistema, llámese iglesia, Estado, medios de comunicación, que nos mandata lo que tenemos que hacer. Todas tenemos procesos y tiempos distintos; hay quienes les cae el veinte en la primera sesión y otras que ya llegan con esa información y solo vienen a confirmar lo que ya sabían. Y te lo dicen ¡Yo sabía que no estaba loca por ver focos rojos!

 

Aquí, María Elena sintió júbilo cuando llegó, vio y sintió la decoración del lugar. Colores, plantas, espacio, aire libre, privacidad, dibujos, murales y frases feministas, se convierten en un refugio visual y emocional para quien llega con huellas de un camino violentado.

  

Sería fácil pensar que quienes llegan son mujeres con un ojo morado, un brazo fracturado, marcas o golpes en el cuerpo, pero no es así.

“Hemos detectado que uno de los principales problemas en la sociedad es el amor que todo lo puede”, ironiza Wendy.

“Lo identificamos cuando las mujeres nos hablan del amor romantizado porque desde sus frases romantizan el control del hombre hacia la mujer. Te dicen: no pasa nada, ‘es la cruz’ que te tocó cargar, te cela porque te ama, es lindo que te lleve y te pida tu ubicación porque te está cuidando”, enlista.

Pero la realidad es que, como mujeres, nadie nos dice que eso es control, que la violencia romantizada mata cuando después se convierte en otras acciones; por ejemplo, yo gano el dinero pero se lo doy a él porque no lo sé administrar, ya no veo a mi familia porque hay que pasar tiempo juntos, me pidió dinero prestado pero ¿cómo le voy a cobrar? Si él me ama, él es mi otra mitad

Crear esta nueva conciencia femenina lleva de tiempo y en “Alas de las Mariposas” no habría pretexto para no aceptar la ayuda porque es gratuita; lo mismo para terapia psicológica que si se necesita salir de casa por violencia extrema para después ingresar a un refugio con acompañamiento profesional, legal; y de ser necesario, talleres de autogestión económica y emprendimiento.

- Aquí no pensamos que todos los hombres son malditos -aclara-, pero sí creemos que todos los hombres tienen que deconstruir sus violencias, trabajar con ellas y hacerse cargo de ellas.

- Pero también hay mujeres generadoras de violencia como la mamá de María Elena…

- Sí, las hay -admite- pero nunca se va a comparar la violencia de una mujer a la de un hombre. Que nos digan el caso de un hombre que ha sido violado, descuartizado y desfigurado por violencia. ¿Cuántos casos con estas características hay en la prensa? Ninguno. ¿Y de mujeres? Prácticamente diario.

Wendy señala un punto socialmente cuestionado; y su explicación es irrefutable. “Se nos considera como mujeres, responsables de educar hombres machistas y mujeres sumisas ¡Pero esto no es cierto! Los hombres también educan desde la distancia, sea porque no están o porque están lejos trabajando o proveyendo. La ausencia también es un mensaje porque es una forma de colaborar en la construcción de un hombre violento. También se educa al no convivir, al no compartir los espacios y/o las labores domésticas”.

  

- ¡Puta! ¡Hija de la chingada! ¿Qué le tienes que andar contando a la doctora qué hacemos en la cama?, reclamó Carlos a María Elena.

Todo surgió porque en su consulta médica, la doctora evidentemente se percató que su paciente, con más de 20 años de matrimonio, nunca había tenido un orgasmo. Por eso le sugirió gentilmente “dígale a su esposo que también la acaricie, que le diga cosas bonitas”. Pero cuando Carlos recibió el recado, llovieron golpes.

Fue hasta después de cumplir 45 años de edad -ya con sus hijos adultos-, que logró separarse de él, salir de Iztapalapa e irse a vivir sola a Ixtapaluca donde se convirtió en catequista y “abuelita” de sus alumnos. Con su cabello encanecido, su ropa de anciana y la autoestima por los suelos.

“De niña, en la vecindad de los ‘teporochos’, me gustaba cantar y bailar porque me alegraba ¡Me gustaba ser el centro de atracción de las fiestas! Me vestía de Tongolele y movía los hombros y me doblaba como ella”, recuerda con ojos alegres, pero luego su tono de voz cambia. “Fue un gran escape… Al menos, mucho mejor que el que tuve con la bebida”.

Aun viviendo sola, María Elena siguió cargando “su cruz”, su depresión, su alcoholismo y todos aquellos sentimientos de enojo e inconformidad. Fue en su cumpleaños 68 cuando su hija mayor le proporcionó la dirección de “Alas de las mariposas” a donde llegó y se quedó por casi dos años.

“Aprendí a tener autoestima, a no autocompadecerme ¡A poner límites! Me veía en el espejo y era otra porque me pinté el cabello, los labios y me quité la ropa de viejita. Deje a esas amistades que me hablaban de “mi cruz” porque entendí que eran gente tóxica ¡Fue como si un hada madrina me hubiese tocado con su varita!”, dice sentada bajo un árbol, cobijada por una frase de la escritora Ángeles Mastretta.

Carlos es hoy un anciano de 81 años que nunca cambió y de ser exmarido, pasó a ser roomie. “Vivimos en el mismo departamento, cada quien en su recámara. Mi hija mayor nos mantiene y me enseñó qué eran los roomies, una palabra moderna, algo así como huéspedes”, cuenta con emoción.

“Ella le dijo mira papá, mi mamá ya tiene su vida hecha: no será tu criada, solo se harán compañía. ¡Pero me ha costado capotearlo! En ocasiones ha querido ser el macho que era y yo ya no discuto; solo lo acuso con su hija, ella lo pone en su lugar y él se hace el ofendido. Aunque sí le he dicho: Mira Carlos, si tú te atreves a pegarme con tus 81 años, ya sé que puedo meterte preso y que pasaras el resto de tu vida en una cárcel ¡Fíjate! Lo que no hice por más de 50 años, lo puedo hacer ahora”.

Carlos es machista, pero no tonto. Entiende la advertencia y su rostro cambia, María Elena lo conoce bien, sabe que tiene la sartén por el mango. “Ahora soy yo quien domina la situación. Punto”.

 

No todas las mexicanas víctimas de maltrato tienen la misma suerte que tuvo María Elena en los últimos dos años. Y Wendy Figueroa lo confirma porque los números así lo indican.

“El 30% de las mujeres que ingresan a los refugios, al salir, regresa con sus agresores. Se les juzga por ello, pero antes de hacerlo hay que entender el contexto: México no tiene un plan de reinserción integral para mujeres víctimas de violencia. No hay empleos que medien los horarios para ir a recoger a los hijos a la escuela, pocas mujeres tienen una vivienda propia o no tienen dinero para rentar una vivienda digna. No tienen dinero y dependen económicamente del agresor”, advierte.

Por eso “Alas de las Mariposas” enfoca sus talleres, desde la visión feminista, hacia la prevención e identificación de la violencia; para evitar tener que llegar a una casa de seguridad o hasta un refugio. O peor aún, regresar a vivir con el agresor.

“Nada es exagerado; si una mujer siente que algo no está bien, hay que tomar decisiones antes de que eso termine en muerte. Tenemos que asumir este proceso de cambio personal primero una misma, luego con la gente que me rodea. Romper estas ideas románticas de lo que se debe hacer como hija, esposa, madre, amante, profesionista, para empezar a hacer uso de nuestra voz. Y muchas mujeres que llegan aquí nos dicen: yo no sabía que puedo decir que no estoy de acuerdo”.

 

María Elena tiene novio. Se le nota en la mirada, en su rostro con una que otra arruga y porque su voz cambia cuando habla de él.

- Tiene 67 ¡Ni me la creo!”, confiesa emocionada, entre risas. “Me dice que soy bonita y maravillosa; nunca pensé que a mis 70 años todavía alguien pudiera decirme eso. Pero tampoco me le pongo a los pies porque ya aprendí que no necesito una relación íntima o cosas valiosas, para sentirme segura y contenta. Así que solo disfruto el momento.

- ¿Y le gustaría vivir con él?

- Él quiere que me vaya a su casa, pero le dije yo me amo mucho y si tú no me puedes dar lo que mi hija me da, por mucho que te quiera, ya no soy la niña tonta que se iría contigo diciendo ¡te amo! Así que la verdad, prefiero seguir de roomie y ama de casa: pero en mi casa. No en la de él. 

La mujer víctima de maltrato debiera darse la oportunidad de venir, no podemos hacer magia si la mujer no está dispuesta porque este es un trabajo colectivo”, advierte Wendy. “Para nosotras es un logro que las mujeres violentadas, gracias a un refugio, puedan creer en sí mismas. Tenemos que dejar de pensar que las mujeres somos princesas que necesitan ser rescatadas y debemos romper eso con mensajes que hablen de la inteligencia, capacidad y la astucia que tienen. Y al niño, en lugar de decirle que debe ser fuerte y formal, podemos decirle que está bien ser sensible, amoroso y compartido

Sí. María Elena es otra. Es decidida, habla y se le ve segura, sin dudas ni titubeos. “En Alas de Mariposa me quitaron la venda de los ojos para no permitir más esa violencia ¡Esas vejaciones, esos abusos! Porque las mujeres somos muy valiosas y no lo sabemos. Yo estaba tonta, ciega ¡Nunca lo vi con claridad! Ahora, a mis 70, soy una cabrona ¡Una chingona! Y me siento con poder; no para humillar ni sobajar, sino enaltecida. Lo pasado ya pasó y he perdonado. Sirvió para que yo creciera. Tengo los ovarios bien puestos y no permito que mis hijos, mis nietos, ni nadie, termine con esto que tengo ahora en mis manos, como un ramillete de flores ¡Así me siento!

(María José Pardo)