NACIÓN

La vida en un fax

Hace tres años, el general y sus dos oficiales, esperaban bajo el rayo del sol a que el barco llegara por ellos para cumplir la última parte de sus condenas

  • JORGE ALEJANDRO MEDELLÍN
  • 13/04/2016
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La vida en un fax
General Ricardo Martínez Perea y sus dos Oficiales

CIUDAD DE MÉXICO (La Silla Rota).- El general y sus oficiales están de regreso, en tierra firme; ya son libres tras 15 años de purgar sentencias en esta, en la otra y en aquella prisión. Pisan el muelle pero no se hallan, no se la creen y para colmo, no los reconocen al bajar del barco.

 

Luego se aclaran las imágenes y medio se refrescan los recuerdos, y el tiempo, que estaba como detenido, como guardado en una caja, se les va con la brisa del mar.

 

Pasaron 15 años largos años que ahora son como un mal sueño. ¿Y ahora que van a hacer con sus vidas?

 

¿Y ahora general Martínez Perea, a quién le va a cobrar la factura de una acusación falsa hecha en papel térmico de segunda, desde una papelería de tercera, muy lejos de su cuartel?

 

¿A quiénes les va a reclamar estos 15 años de enclaustro por delitos que no cometió y que lo congelaron en el tiempo y en la distancia como para tener que soportar la noticia de la muerte de su madre, entre otras noticias ocurridas en tierra firme?

 

Capitán Maya, ¿Qué va a hacer si sus jefes le vuelven a regalar otro reloj Mido y un ascenso de grado como premio a su trabajo por combatir narcos y luego, con ese mismo reloj, lo acusan de recibir regalos de los narcos?

 

¿Cuántos relojes como ese hacen falta para que el tiempo regrese y ahora sí la autoridad le permita, por ejemplo, ver a su madre antes de que muera?

 

Teniente Quevedo, usted ya lo vivió en carne propia. Por eso está terminando la carrera de derecho, para hacer como han hecho otros militares que conocieron las malas artes del fuero de guerra y se decidieron a defender a sus compañeros de armas de sus propios compañeros de armas de sus jefes.

 

Quizá en el ejercicio del derecho militar encuentre usted la fórmula para que en los Consejos de Guerra por venir, el agente del Ministerio Público Militar que arme un caso contra otros soldados, jefes o mandos no sea el mismo que actúe contra otros generales notables a quienes se terminó exonerando y hasta ofreciendo disculpas públicas en disfrazadas ceremonias castrenses.

 

Por cierto, a esos generales notables también un presidente y su aparato de seguridad los acusó de narcos. Todo falso.

 

Del otro lado del muelle están los que se van a la isla. Vestidos de color caqui, con gorras y costales y hatos de ropa, libros, zapatos, peines, cepillos. Cosas, sus cosas.

 

Hacen fila en orden. No son más de diez. Algunos sonríen mientras la guardia de la Marina los revisa por enésima ocasión. Pasa lista de presentes y observa como los reclusos acomodan y reacomodan sus costales y sus ansias; se secan  el sudor costero de Mazatlán y ven pasar el tiempo, que ahí se les vuelve escapar mientras el Playa del Carmen, el buque que va y viene de las Islas Marías, se acerca a la costa.

 

Hace tres años el general y sus dos oficiales pasaron por lo mismo. Esperaban, bajo el rayo del sol a que el barco llegara por ellos para cumplir la última parte de sus condenas, porque para eso embarcan aquí a la gente que viene de otras prisiones, para que acaben de cumplir sus sentencias y luego regresen a tierra firme a ver para qué les alcanza el tiempo.

 

Es la última parte, es el final. La gente les pide paciencia y que aguanten un poco más, porque la libertad esta cerquita. Uno. Dos. Tres. Cuando mucho cuatro años y para afuera. Cuatro años. Más tiempo.

 

Qué más da si las vidas que uno dejó afuera ya se extinguieron en la espera; qué importa si el tiempo se detuvo de golpe y de golpe regresa, 15 años después, como brisa en una mañana cálida que se parece más al final de un mal sueño.

 

Bertha, la hija del general, llegó hace días al puerto para recibir a su padre y a los oficiales sentenciados. Con ella estaban su mamá y su hermana Erika. Madrugaron de nuevo porque el seis de abril, la fecha en la que su padre debió embarcarse hacia Mazatlán, no subió a la nave.

 

Las especulaciones sobre la fallida salida del general y de los oficiales poblaron las redes sociales con versiones de todo tipo. La verdad fue que la juez de Ejecución de Sentencias que determinó la liberación, corrió la hora de salida hasta la medianoche del día siguiente.

 

Fue una situación extraña, como de cuento de hadas pero al revés, porque al llegar la medianoche la calabaza se convirtió en carruaje, en un buque con destino a Mazatlán.

 

Del otro lado del muelle, ya con el sol encima, los que se van a la isla ven bajar al general y a sus oficiales desconcertados, sorprendidos, entre un grupo de paisanos desembarcados de las Islas Marías.

 

Los nervios de Bertha, su madre y su hermana son tales que en los primeros instantes no reconocen a los recién llegados, y ellos no saben a ciencia cierta quién los espera, pero solo es cuestión de que se junten, de que ellas vean a tres hombres que no se separan, que miran aquí y allá, que buscan un cara familiar.

 

Así, medio desconcertados, medio fuera de lugar, el general y su gente se reencuentran y celebran lo que les da tiempo para celebrar, porque la gente de la Marina les pide que se retiren, que no tomen fotos.

 

Después, para tropicalizar a su padre y a los muchachos, los llevan a dar la vuelta por el puerto y terminan almorzando en La Puntilla, un restaurante de mariscos del lugar.

 

Los que se van a la isla ya están a bordo del barco. Los que regresan del mar viajan hacia Chihuahua para asentarse, para repensar lo que sigue.

 

Al general lo buscan de todos lados para que se sume o encabece causas justas, causas de militares que como él y el capitán Maya y el teniente Quevedo fueron marcados por la desgracia de la consigna en tiempos de Fox, del señalamiento y el sacrificio para conseguir la primera certificación de lucha antidrogas del primer gobierno panista de la historia. En cuestión de minutos, su perfil en Facebook recibe cinco mil adhesiones.

 

El capitán Pedro Maya Díaz quiere reunirse con su padre, que está muy enfermo. Quiere ver a sus dos hijos. Busca la forma de recomenzar algo.

 

El teniente Antonio Quevedo Guerrero sigue estudiando la carrera de Derecho. Se va a titular y va a defender a compañeros de armas que estén en su situación. Sabrá cómo hacerlo. Conoce al monstruo por fuera y por dentro.

 

César Gutiérrez, abogado penalista, ya cumplió; le juró a su padre, el general Jesús Gutiérrez Rebollo, defender con todo el caso del general Martínez Perea, sacarlo de la prisión y buscar para él la reparación del daño causado por la Sedena con una sentencia que le negó todo al brigadier y a sus oficiales.

 

El 16 de mayo, en la prisión militar de La Mojonera, en Jalisco, el general Ricardo Martínez Perea y sus abogados esperan que la justicia federal les conceda el Reconocimiento de Inocencia promovido en 2013 para que le acepten todas las pruebas que la justicia militar se negó a recibir.

 

Si lo logran, podrá demandarle a la secretaría que le paguen los salarios y prestaciones que no recibió durante 15 años, además de aceptar que se le encarceló injustamente a partir de una denuncia anónima enviada en un mensaje de fax en el que jamás se mencionó su nombre.

 

nm