Opinión

La pérdida del centro

Tiempo de radicales. | Ricardo de la Peña

  • 18/11/2019
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Las elecciones españolas del 10 de noviembre parece que darán lugar a la formación de un gobierno cargado hacia un extremo del espectro político, ante el naufragio de los proyectos partidarios pretendidamente situados en el centro. La gobernanza formal será posible, pero el encono y la polarización continuarán e incluso pueden agudizarse, mientras que fenómenos como los separatismos difícilmente encontrarán una solución sencilla y exenta de conflicto.

La tendencia a los extremos

Pero lo ocurrido en España es sólo el más reciente ejemplo de una propensión centrípeta que se da en muchos de los sistemas políticos democráticos de Occidente. Reflejo de ese hartazgo con un proyecto llamado neoliberal que no atinó a responder a las demandas sociales y generó mayor desigualdad y una crisis recurrente, aunque también producto de una creciente ola de movimientos migratorios que fortalecen los nacionalismos y exacerban la xenofobia y de las lógicas tribales reforzadas por las maneras de informarse y comunicarse a través de las redes sociales que hoy son omnipresentes, lo cierto es que en muchísimas democracias tienden a disminuir los votos por opciones centristas o moderadas y se lleva al poder a líderes con propuestas extremas, de uno u otro color.

Los procesos electorales suelen así verse como arenas de disputa entre proyectos que no se distinguen por matices que pudieran negociarse, sino como opciones que mutuamente se niegan y donde quien conquiste la mayoría podrá alzarse como comandante de una cruzada hacia el logro de una realidad distinta. Aunque, en general, la promesa va mucho más allá de lo que la realidad permite y de lo que efectivamente los nuevos dirigentes desean y buscan.

Las consecuencias de la polaridad

En algunas naciones en las que se ha logrado construir desde antaño un sistema de andamiajes e instituciones sólidas que se contraponen y generan auténticos contrapesos, el cambio hacia la polarización deriva en un mayor encono entre partidarios en el gobierno y opositores, pero no en el quiebre de la democracia misma. No hay esa placidez de la negociación política en los espacios de representación, pero el tono subido no deriva necesariamente en abruptas rupturas del orden institucional y menos en la salida de la población a las calles.

Mas en sociedades que no pudieron, no supieron o no quisieron construir instituciones que dieran lugar a una auténtica poliarquía, los débitos a la democracia efectiva son cobrados ahora con el menoscabo del orden público, con marchas populares que se enfrentan bien a las fuerzas públicas, bien a otros grupos movilizados, pero que amenazan la continuidad de gobernantes que han acicateado una visión maniquea y que ahora son víctimas de enfrentamientos cuya solución no es clara y que llevan al poder a un extremo radicalizado o a la posición polar, sin que exista o se dé espacio a la mediación, el entendimiento, la moderación. Tiempo de radicales, vamos.