Opinión

La necesidad de cooperar

Una vez terminados estos procesos, es indispensable re-considerar la necesidad de cooperar, también con personas que no piensan como nosotros. | Francisco Porras

  • 15/07/2018
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Una paradoja del actual entorno democrático es que, por un lado, los candidatos en campaña deben subrayar el diferencial de sus propuestas de gobierno, de manera que generalmente ponen al frente ideas que fomentan la divergencia. Estas ideas pueden ser muy simples, sin mucha elaboración o conexión con los problemas reales de la administración pública, y más o menos controvertidas. Las que a veces se proponen en sectores de política muy específicos, en los que el conocimiento y expertise técnico pueden hacer una gran diferencia, luchan por llegar de manera comprensible al electorado. Por un proceso muy entendible, son las ideas más simples y diferenciantes las que terminan caracterizando a los candidatos, lo que en la práctica beneficia a las posiciones más extremas. Una mirada detallada, que ponga énfasis en matices y puntos en común, no es lo que generalmente se vive en las campañas.

Cooperación

Por otro lado, para resolver las problemáticas e implementar las soluciones propuestas, se necesita cooperación entre actores e instituciones gubernamentales y no-gubernamentales. La campaña divide para que la opción que es percibida como la mejor gane; pero para implementar soluciones no se necesita división, sino cooperación. La paradoja consiste en que el instrumento mismo para escoger la solución (las campañas) debilita el recurso necesario para implementarla (cooperación entre gobiernos, sociedad organizada y mercados).

Para resolver esta tensión deberíamos tener campañas con narrativas que permitieran visiones más detalladas, con oportunidad para la reflexión, la ponderación y el discernimiento (lo que es altamente improbable o quizá imposible); o, una vez terminadas las campañas, cooperar entre todos para, junto con el ganador, implementar las soluciones y atender las problemáticas. Esta última vía es la preferida en los discursos poselectorales que buscan recalcar la importancia de las instituciones y de la aceptación de los resultados por quienes no votaron por el ganador. Muchas veces esto es interpretado como el discurso políticamente correcto que busca sanar heridas pero que, en el fondo, no logra atemperar o disminuir las divisiones generadas en campaña.

A pesar de que muchas veces no es tomada en serio, la vía institucional es de capital importancia para nuestra democracia y nuestro país. Evidentemente, las reglas del juego -incluyendo las que tienen que ver con la solución de las controversias- están ahí para emplearse hasta la última instancia. Los procedimientos deben seguirse, y los resultados de los órganos jurisdiccionales respetarse. Pero una vez terminados estos procesos, es indispensable re-considerar la necesidad de cooperar, también con personas que no piensan como nosotros.

La necesidad de cooperación no es la simple repetición de un postulado normativo (“las sociedades que cooperan entre sí son mejores que las que no”) que, dependiendo del contexto, puede ser interpretado como algo ingenuo. Es la expresión de una relación causal objetiva. La inseguridad, la pobreza y la corrupción son problemas complejos (Gilles Paquet les llama “problemas retorcidos”) que son insolubles sin altos grados de cooperación e intercambio de información. Por definición, los actores involucrados en los problemas retorcidos los piensan de manera distinta y, en consecuencia, lo usual es que no estén de acuerdo con los diagnósticos. De igual manera, las soluciones propuestas generan controversias.

Atender los problemas retorcidos

Sin embargo, el hecho que todos suframos el problema y lo veamos desde perspectivas distintas pone de manifiesto que los recursos necesarios para resolverlo (dinero, tiempo, información, legitimidad, conocimiento, experiencia, capital social, valores éticos y culturales) están distribuidos entre muchas personas e instituciones. Para atender los problemas retorcidos son insuficientes los recursos de los gobiernos; también se necesitan los de la sociedad y los que se distribuyen en los mercados.

El reto es, efectivamente, cooperar: particularmente después de estas elecciones tan divisivas. Independientemente de los resultados de las elecciones, los problemas retorcidos continúan. Cooperar entre nosotros no significa homogeneizar ni abandonar los propios valores o convicciones, sino estar dispuestos a hacer dos cosas: en primer lugar, posponer o abandonar la aspiración a optimizar la utilidad esperada en cada una de nuestras decisiones, pero particularmente en las que tienen un impacto en la agenda pública. Quien está dispuesto a posponer o abandonar la perspectiva del beneficio inmediato se abre a la posibilidad de considerar bienes de los que él no es directamente beneficiario. En formas más desarrolladas, este desapego toma la forma heroica de identificar el propio bien con el bien de los demás, aunque uno no gane. Esto es indispensable, pues es la única manera de generar confianza entre nosotros.

En segundo lugar, debemos usar las instituciones que tenemos para lograr los objetivos comunes que nos propongamos. No hay que buscar la solución en otros actores, culturas o contextos. Tenemos lo que tenemos, y debemos estar conformes y agradecidos. Solamente así realmente podremos explorar las posibilidades que las actuales instituciones ofrecen. Cambiando nuestras motivaciones y viendo con atención nuestra realidad aparecerán áreas de oportunidad que antes no habíamos considerado. Éstas son indispensables para cooperar; y cooperar es indispensable para atender los problemas nacionales.

Dr. Francisco Porras

Doctor en Políticas y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido; Profesor-Investigador del Instituto Mora. Su línea de investigación versa sobre formas contemporáneas de gobernanza.

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