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Un caimán devoraba “guerrilleros” en los 70

El exfiscal especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado escribe este artículo en exclusiva para LSR

  • IGNACIO CARRILLO PRIETO*
  • 11/02/2019
  • 20:30 hrs
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Un caimán devoraba “guerrilleros” en los 70

A poco menos de 80 kilómetros de la espléndida bahía de la ciudad y puerto de Acapulco, se asienta, polvorienta y destartalada, la ciudad de Atoyac, cabecera del municipio del mismo nombre, vasto edén que la guerra sucia convirtió en un lúgubre infierno: el de la desaparición forzada, la ejecución extrajudicial, la inhumación clandestina: los círculos dantescos del averno autoritario. La Fiscalía fue al encuentro de estas atrocidades, instalando una modestísima pero pulcra oficina o sede alternativa (hubo otra en Culiacán, Sinaloa, teatro análogo de delitos contra la humanidad) con el triple propósito de realizar las diligencias ministeriales y periciales obligatorias para la Fiscalía, efectuar trabajos de esclarecimiento histórico y brindar ayuda y apoyo (psicológico y de farmacia) a las víctimas y a los ofendidos por los delitos investigados. No fue fácil arribar a esta medida de buen gobierno ministerial, sobre todo por la falta evidente de voluntad política, que se tradujo en mezquinos regateos por los recursos (no solo crematísticos), que ella reclamaba por fuerza de necesidad.

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El mayor obstáculo, sin embargo, fue la resistencia generalizada de los servidores públicos de la Oficina a residir permanentemente en aquella pequeña ciudad, provinciana y conflictiva. Excepción a esa indiferencia desdeñosa fue la doctora Georgina Landa, (especialista en sociología rural y conocedora del fenómeno insurreccional en el sur del estado de Morelos en los setenta), y sus colaboradores. Generosamente y con sacrificio de su vida familiar ellos permanecieron en Atoyac cinco largos años, atentos todos los días al drama irreparado del pueblo sureño, conviviendo, durante un lustro, con pesares, desdichas y tristezas de mexicanos maltratados por el “ogro (más autoritario que) filantrópico” del viejo régimen, resistente a ser desterrado, vigilante de intereses caciquiles ancestrales, que aún prevalecen allá.

Lucio Cabañas, ícono del movimiento guerrillero


Eso y más (la incomprensión y el recelo incluidos) hubieron de sobrellevar, con paciencia y presencia de ánimo. Su tarea, misión plagada de obstáculos, logró articular, hilando fino e incansablemente, las numerosas voluntades dispersas de los sobrevivientes de aquellas trágicas jornadas a fin de que los agentes del Ministerio Público de la Federación realizaran la suya.  Esta labor, paciente y cotidiana, no fue ninguna canonjía sino al contrario una pesadísima carga que habría quebrantado hombros más vigorosos que los de Landa y sus ayudantes, quienes se propusieron una mirada comprensiva pero objetiva a los padeceres de quienes han vivido, día con día, la desaparición y el sacrificio de seres queridos.

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Al final, quedaría indiscutible el alto sentido moral y humanitario que supieron imprimir a la sede alterna y a su presencia oficial en tierras insurgentes. Se empeñaron en visitar, y así lo hicieron infatigables, poblados, villorrios y rancherías dispersas a lo largo y ancho del territorio municipal: El Tibor, El Paraíso, Las Parotas, El Quemado, Piloncillos, El Ticui y muchos más de este prodigio, hundido en la pobreza y la marginación.

En muchos de sus sitios fueron recogidos (durante estancias que no se limitaban a unas cuantas horas) el relato y la visión de los vencidos, sumando historia tras historia, hasta constituir un rico caudal testimonial en que residen las claves de muchos problemas, aún vigentes. Empeñada la Fiscalía y sus representantes en Atoyac de Álvarez en aliviar, del modo más inmediato posible, las condiciones precarias de la salud de víctimas y ofendidos, se acudió a organizaciones ciudadanas y a entidades gubernamentales, logrando así apoyos modestos pero siempre útiles. De mayor importancia fue su trabajo de “Constelaciones Familiares” con el método de Hellinger, que tanto alivio produjo en la conciencia de los represaliados, logrando abrir camino a la asunción y asimilación de hechos dolorosos por la vía de las historias de familia. El giro radical que ello trajo a la vida de muchos guerrerenses es legítimo timbre de orgullo, ante todo porque eliminó de la conciencia de muchos el artificial estigma de haber militado en la insurgencia. También fue decisivo el programa llamado “Islas Marías” (territorio mexicano en el Océano Pacífico y sede de establecimientos penitenciarios) mediante el cual un grupo importante, conducido por la Fiscalía a fin de comprobar, desechándola la hipótesis del imaginario colectivo guerrerense de que esas ínsulas habían sido el destino de los desaparecidos, quienes ahí tendrían una vida solitaria, pero vida, al fin y al cabo.  Descartar esta ilusión fue doloroso, aunque salutífero, y contribuyo a la tarea de esclarecimiento histórico. 

Para llegar a Atoyac, había que pasar por Pie de la Cuesta, que era recuerdo el de vacaciones juveniles frente a un rugiente y poderoso océano de altas y majestuosas olas verdes y de noches de fogata y guitarras en la playa de plata. Pero en esos recuerdos irrumpió un relámpago sangriento, pues enceguecedor e inesperado, pues allí mismo y en una “quinta” veraniega, convertida en calabozo y pozo de suplicios, se consumaron mortales atrocidades, de la “guerra sucia”, con la que el régimen declinante respondió a demandas sociales y políticas: balas y muertos en vez de aulas y urnas. (Apostándole a lo primero, se suicidó históricamente).

Durante el segundo año de la gestión, una religiosa llegó de noche a la casa del San Ángel empedrado y colonial, a fin de entregarle al Fiscal una historia increíble; la del cocodrilo o caimán americano (que todavía sobrevive, en infecto y lamentable recinto, en una isla de la laguna que se llama El Tío), usado por torturadores siniestros y cobardes. Testigo de los hechos lo fue una joven mujer quien, muchos años después, había llegado a la casa de esas religiosas, para desahogar su corazón de recuerdos horribles, e insoportables.

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Una tarde calurosa, de 1973, ella y sus amigas acompañaron a comandantes y oficiales a un baile en aquella quinta fiesta con la que estos iniciaban su subida a las alturas de Atoyac, para operativos militares y policíacos contra la guerrilla de Lucio Cabañas y su Partido de los Pobres. Extrañas advertencias recibieron las muchachas al llegar: no asomarse a la alberca, que estaba tras un promontorio del vasto jardín de la casa ni, mucho menos, hacer uso de los vestidores frente a la piscina. Concluida la fiesta, fatigadas no podían, sin embargo, conciliar el sueño: lejanos lamentos entre gritos, apagados por un inquietante chapotear de agua las sobresaltaban. Cuando oyeron, de pronto, las órdenes imprevistas de partir inmediatamente. Y a los oficiales subir a sus vehículos, dando portazos y golpes, y alejándose precipitadamente. 

A pesar de sus temores y envueltas en un repentino silencio, interrumpido por los rumores nocturnos y los distantes tumbos ahogados de las negras olas, se armaron de valor y salieron de las habitaciones. Con pasos silenciosos y deteniéndose a cada instante, a fin de cerciorarse de que habían quedado solas en la casa, llegaron al jardín, subieron al pequeño   montículo de césped y al asomarse a la alberca, semivacía de agua rojiza, sucia y mal oliente, advirtieron en el fondo la imprecisa sombra del caimán que, con un inesperado coletazo, las hizo retroceder. Tenían ante sus ojos la explicación a los lamentos que entre chapoteos y gritos escucharan horas antes. Horrorizadas, corrieron hacia la salida de la finca cuando las detuvo, de golpe, un lamento lastimero, que venía de los vestidores prohibidos. Con pasos vacilantes se dirigieron a ellos y al empujar la puerta entornada, en la penumbra de la habitación, lograron distinguir  a contraluz la silueta de un hombre atado a una silla, con el rostro horriblemente desfigurado que, entre estertores, pedía agua.  Reaccionaron a pesar de su miedo y como pudieron lo desataron, pero al incorporarlo, se desplomó exhalando un último lamento arrastrando a la silla en su caída. Entonces huyeron despavoridas, sin mirar atrás hasta llegar a la carretera.

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Durante muchos años, la memoria, indoblegable y tenaz, llenó de pesadillas a la joven quien abrió su alma a la religiosa que llevaba esa noche su historia y su denuncia a la Fiscalía. El caso no ha sido esclarecido todavía, pero está vivo en la memoria de ella y de nosotros.

A lo largo de esos años, la Fiscalía atendió a miles de solicitantes, relacionados con sus atribuciones legales, sin que nadie se marchara con las manos vacías o el corazón desesperanzado. Este es mérito sobresaliente, de mis compañeros y si fuera el único merecería solo por ello gratitud, pero acaso esto sería pedir demasiado a la debilidad sombría de nuestra deficiente y precaria transición subdemocrática, nostálgica de autoritarismo.

*Ignacio Carrillo Prieto es investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Fue titular de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), creada por Vicente Fox al inicio de su sexenio en el año 2001.