Xochiquetzal, la casa donde quieren olvidar su pasado triste

Xochiquetzal, la casa donde quieren olvidar su pasado triste

“Aquí la casa me cambió mucho la vida porque yo traía una depresión muy intensa porque mi hija murió de leucemia a la edad de 18 años. Yo también quería suicidarme, me quise cortar las venas, quise aventarme en el Viaducto. Pero gracias a Dios, al llegar yo a esta casa, mi vida cambió mucho”, relata Marbella Aguilar Sosa, quien desde hace 11 años vive en Casa Xochiquetzal.

En el corazón del barrio bravo de Tepito, una casa antigua se ha convertido en el hogar de 18 trabajadoras sexuales de la tercera edad, a quienes la sociedad ha estigmatizado por años, pero que en este lugar encontraron la comprensión y el apoyo que muchas veces ni su propia familia les da. Aunque ahora están en riesgo de perderla por falta de recursos.

Cuando se abre la puerta de Casa Xochiquetzal, lo primero que se percibe es el olor a comida. Se mezcla el aroma de un panqué que está en el horno, con el del capeado de unas tortas de pollo que estaban friendo en la cocina.

En el patio, al fondo de la casa, detrás de una fuente está Marbella resolviendo una sopa de letras, sentada en una silla de plástico de jardín, junto a otras de sus compañeras. Xochiquetzal se volvió su familia desde que llegó ahí y le permitió superar una etapa muy triste de su vida, la pérdida de su hija.

A sus 63 años, ella tiene muchas heridas del pasado. Al ser cuestionada sobre su paso por el trabajo sexual, dice que hay cosas de las que prefiere no hablar ni recordarlas, ya que no quiere que todo eso le siga haciendo daño.

“No me gusta hablar de tiempos pasados. Toda mi vida fue muy triste, a veces es mejor no recordar cosas, porque a veces recordamos y nos hacemos daño nosotras mismas Yo digo ya lo pasado se quedó en el pasado”, comenta con un nudo en la garganta.

Llegar a esta casa fue su salvación. Marbella es una mujer cálida y sonriente, pero no siempre fue así, ya que asegura que le costaba mucho trabajo sentirse querida y aceptar que alguien le demostrara su aprecio.

Su primer recuerdo de Xochiquetzal es que al entrar, la directora y quienes laboran ahí la recibieron con un fuerte abrazo, amor que ella necesitaba tras vivir la depresión que le provocó la muerte de su hija.

“Yo no estaba acostumbrada a los abrazos, mucho menos a que me dieran un beso. Yo no estaba acostumbrada a recibir una caricia, sino a trabajar, a salir avante, a luchar por mí misma, levantarme de cualquier golpe que la vida me pudiera dar”, afirma.

El mayor placer de Marbella es leer y asegura que si no tiene un libro en la noche no puede dormir. Sus escritores favoritos son León Tolstoi, Víctor Hugo, Pablo Neruda y Amado Nervo. Justamente esto la llevó a encontrar su pasión, que es escribir poesía.

Ella escribe de todos los temas, su primer poema lo hizo cuando tenía 14 años y se titula Crónicas del 68, desde entonces no ha dejado de deslizar su pluma sobre las hojas de su libreta e incluso guarda en su memoria gran parte de los versos de sus obras.



Alegre empieza a declamar unos versos de “Yo soy”

“Yo soy como quiero ser,

Alegre, a veces triste por los golpes que la vida me da,

pero tengo una mente que me hace divagar.

Yo soy como el amor, que se esconde y no quiere salir

a veces soy como la locura, que se esconde para no fluir en las profundidades del abismo,

yo soy como ese río subterráneo que corre por debajo de la tierra,

al que nadie ve, pero que todos saben que ahí está fluyendo

yo soy como esa flor de los pantanos,

a la que todos admiran por su belleza y colorido,

pero nadie se atreve a tocarla por temor a hundirse en el fango…”

Su mayor deseo es poder publicar un libro con sus obras y que puedan llegar a muchas manos. Justamente en esta casa es en donde ha podido seguir escribiendo y desarrollar más su talento, porque ha recibido el apoyo de quienes trabajan ahí y de sus compañeras.

Dice que sus días a veces son tristes y otras ocasiones son alegres, ya que aún tiene que soportar las críticas y que la señale la gente por el trabajo al que se dedicó; sin embargo, destaca que a lo largo de este camino se ha encontrado con gente buena que le ha brindado su ayuda, como los donadores de la casa.

“Yo sé que necesitamos muchas cosas, que necesitamos mucho de todo, pero yo también sé que hay mucha gente con buenos sentimientos y sé que esa gente nos va a ayudar a hacer resurgir esta casa, a que esta casa salga adelante, nos va a ayudar a que por lo menos tengamos lo indispensable”, enfatiza Marbella, quien se levanta porque ya las están llamando para comer.

Víctimas de triple discriminación

Alrededor de las 13:00 horas las 18 habitantes de Casa Xochiquetzal saben que es la hora de la comida, los globos de colores que están en el comedor le dan un ambiente alegre al lugar. El menú de esta tarde son tortitas de pollo en salsa verde, arroz y frijoles, mientras que en el horno se empieza a esponjar un panqué de nopal con nuez que envuelve con su dulce aroma.

Justo enfrente está la oficina de Jesica Vargas González, directora de Casa Xochiquetzal, quien explica que sacar a adelante este lugar no es una tarea fácil. Los recursos son un problema que pone en riesgo la subsistencia de este hogar, ya que aunque cuentan con alimentos, desde hace cuatro meses las personas que laboran en la casa no han recibido su sueldo y tampoco tienen el dinero suficiente para pagar servicios como el gas.

Para ella, este lugar significa "todo, en qué sentido, es mi mundo, es mi vida. Día con día es un reto sacar a la casa adelante, no sabes el peso enorme que se siente no sólo por las mujeres, sino también por el equipo operativo y que este proyecto no sólo se mantenga, sino que crezca”.

Este hogar comenzó en 2005, cuando una trabajadora sexual llamada Carmen Muñoz vio a compañeras de la tercera edad durmiendo en cartones debajo de la lluvia. Esta situación aumentó cuando cerraron un centro para mujeres víctimas de violencia en La Merced.

La creación de esta casa fue impulsada también por personajes que defienden los derechos de las mujeres, como la escritora Elena Poniatowska, quien relata a La Silla Rota un poco de los inicios de este hogar.

"De Xochiquetzal sé ya poco, esa inauguración a la que asistí fue hace años, sólo recuerdo las camas muy limpias y vacías que esperaban en la noche a mujeres ya de cierta edad después de que habían salido a la calle, algunas aparecieron en un Teatro de la Ciudad en el centro y me llamaron mucho la atención porque habían cubierto su cara con un velo para que no las reconocieran. Recuerdo especialmente a una que llevaba un cucurucho en la cabeza y de ese cucurucho colgaba un velo, como de cuento de hadas para que nadie la reconociera", narra la escritora.

Este lugar es el primer proyecto en su tipo a nivel mundial, los requisitos para ingresar son: tener mínimo 65 años, haber sido trabajadora sexual o seguir ejerciendo y no tener redes familiares ni sociales.

Las 18 mujeres que viven en la casa reciben tres alimentos y dos colaciones al día, tienen techo, vestido, atención médica, psicológica y legal, actividades recreativas, culturales, ocupacionales y servicios funerarios.

“Todos estos servicios que se brindan a estas mujeres es para que uno, se evite su discriminación; dos, accedan a una mejor calidad de vida y tres, así como se las da una vida digna, también tengan una muerte digna”, enfatiza Vargas González.

La directora de la casa destaca que vivimos en una cultura en la que no se valora a las personas de la tercera edad. Además, las mujeres de Xochiquetzal también son víctimas del estigma por la labor que realizaron para mantener a sus hijos, quienes ahora las han abandonado.

“Hay triple discriminación: género, oficio y por la edad, que se atribuye a esta sociedad patriarcal y a esta sociedad de consumo que los ve como desechos. Nosotros lo vivimos por género, pero por oficio, el trabajo sexual está muy señalado, muy estigmatizado y luego súmale que son mayores”, comenta.

Elvira Madrid, fundadora de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer, menciona que no ha habido los avances necesarios en favor de las trabajadoras sexuales, ya que persiste la discriminación y no se les reconocen plenamente sus derechos.

Aunque no hay cifras oficiales, detalla que en la zona de La Merced hay aproximadamente 3 mil 500 trabajadoras sexuales, y que 10% de ellas, es decir 350, son de la tercera edad, la más grande tiene 88 años.

Alerta que la mayoría de ellas no cuentan con el apoyo de sus familias, por lo que se encuentran en situación de calle o pasan la noche en hoteles. Destacó que por la falta de tratamiento, muchas mueren de diversas enfermedades crónicas, como diabetes.

Lamentó que gran parte del abandono que hay a ese sector de la población es “en primera porque son trabajadoras sexuales y hay una doble moral hipócrita de parte de las autoridades, como de la misma sociedad, y la segunda, pues también la situación de las mismas compañeras que en el transcurso de su andar en este trabajo no hicieron un fondo para sobrevivir”.

Por eso menciona que es necesario que se hagan las políticas públicas necesarias que beneficien a las trabajadoras sexuales de la tercera edad, ya que el único lugar donde reciben cuidado y un techo es en Xochiquetzal.

“Ellas les dieron todo el apoyo a sus hijos, porque algunos tienen carrera. Es el coraje que luego me da, porque ellas apoyaron a su hijos y ahora yo les digo: '¿por qué no apoyan a su mamá, no?” y no les interesa”, dice con molestia.

A “Normota” el amor la llevó a la prostitución

La primera sonrisa que aparece cuando se abre la puerta de Casa Xochiquetzal es la de Norma Ruiz Sánchez, a quien le dicen de cariño “Normota”. En el patio, ella juega con su bastón y posa frente a la fuente como si fuera la Diana Cazadora.

“La casa es mi hogar, yo no tengo familia, de qué me sirve tener una hija si me dijo que pensara bien las cosas, que a donde iba a llegar si iba a Guadalajara, aquí no me han dicho eso”, comenta Norma, quien es una de las mujeres que llegó primero a Xochiquetzal.

Ella es muy sociable, bromista y juguetona, pero su alegría se nubla cuando habla de su hija, a quien visita de vez en cuando en Guadalajara, pero como todo el tiempo vivió con su mamá, ellas no lograron crear un lazo fuerte.

A sus 66 años, tiene diabetes, arritmia cardiaca, y hace años le dio una embolia. Actualmente se encuentra estable de salud y ha encontrado una familia en sus compañeras y en quienes trabajan en Xochiquetzal. Destaca que “lo que más me gusta es el trato, como se preocupan por mi salud y porque me tome mis pastillas. Aquí tengo mi cama para descansar en la noche, tengo mi cena, mi comida y mi desayuno. A las personas que están aquí les agradezco que me aguanten. Estoy muy agradecida”.

Norma tiene cientos de historias que contar. A los 14 años se salió de su casa por culpa de su hermano, quien una noche le echó en cara “por eso te mantengo”.

Esa frase se clavó en su mente y aunque era una adolescente decidió buscar un trabajo. Tras recibir dos cachetadas de su madre, se fue a un crucero de Tequila, Jalisco, donde un trailero le preguntó a dónde iba, ella le contestó que a donde fuera.

Así fue como llegó a San Francisco, Estados Unidos, donde trabajó por un tiempo como niñera. Orgullosa de que tenía un empleo y le había ido bien, un 10 de mayo regresó a la casa de su familia con un ramo de rosas para su mamá. Recuerda que cuando le dio las flores, ella las aventó a un charco de agua sucia. “Me levanté y le dije: mamá, como no me quieres ni quieres mi regalo, anda ten, comprate tu regalo”, mientras sacaba dinero de su blusa, el cual su mamá rechazó y también tiró al piso.

El dolor que sintió la llevó a una cantina, en donde había trabajadoras sexuales. En esa época Norma era mesera, pero comenzó a frecuentar el lugar y otros donde había variedades, ahí fue donde el amor la llevó a dedicarse a la prostitución.

“Me enamoré, en una variedad, porque soy bisexual, soy de los dos bandos, y veo en la variedad una muchacha con buen cuerpo, pelo largo y le hago la seña de que viniera a mi mesa. Me da tanta risa, todavía me acuerdo que le dije: ‘¿Gustas tomarte una copa conmigo?’, nomás me dijo: ‘sí, pero con ficha’”, relata divertida.

Sin embargo, cuando estuvieron en la intimidad descubrió que Erika en realidad se llamaba Arturo y que era travesti. A pesar de que era diferente a lo que esperaba, Norma se enamoró perdidamente de ella.

“Le empecé a dar sus gustos, a comprar sus pelucas, sus silicones para sus pechos, ya no me alcanzó el dinero y fue cuando ya empecé yo a meterme a la prostitución, porque llegaban los señores y me decían ‘ándale güerita, vamos a un privado’”, así fue como comenzó a ser una trabajadora sexual.

Siguió con Érika y vivieron juntas hasta que la encontró con otro hombre, pero fruto de su relación nació su hija, quien ahora tiene 32 años y le ha dado tres nietas. Actualmente los visita en ocasiones, aunque su hogar está en Xochiquetzal.

La picardía permanece en “Normota”, quien comenta que en ocasiones todavía sale a las calles y le ofrecen algunos trabajos. “Conozco mucha gente, me pagan el cuarto y de vez en cuando me riegan el jardín”, dice mientras suelta una carcajada y se sonroja un poco.

Sin embargo, en su memoria sigue clavada Erika o Arturo. “Él ya falleció, hasta la fecha lo sigo queriendo, fue el amor de mi vida, es el padre de mi hija, una de mis nietas se parece muchísimo a él. Me enamoré de él, tanto me enamoré que me dejó mi recuerdo, mi hija de 32 años”.

La historia de “Normota” es sólo una de tantas que guarda Casa Xochiquetzal en sus paredes. Algunas memorias son tristes, otras son alegres, pero lo que destaca es que este hogar brinda una oportunidad para soñar a estas 18 mujeres que sólo buscan una mejor calidad de vida.