Opinión

Defender la Universidad Nacional

No se trata de querer callar las voces de denuncia y protesta ante los inaceptables eventos de acoso y violencia de género; al contrario. | Ricardo de la Peña

  • 10/02/2020
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Hoy nuestra Universidad Nacional está bajo acecho y es momento de defenderla. El silencio sería complicidad con los intentos enmascarados que pretenden socavar su estabilidad, impedir el cumplimiento de sus funciones y que pudieran poner en riesgo su autonomía. Detrás de nobles reclamos se disfrazan objetivos espurios que no debieran tener cabida y que deben ser combatidos.

El reclamo original

No se trata de ninguna manera de negar la pertinencia de los reclamos por mayor seguridad a las personas ni por acciones orientadas a incrementar la equidad de género y sancionar el acoso sexual. Es claro por ello que se debe fortalecer la cultura de la equidad de género e impulsar que esa perspectiva esté presente en el actuar cotidiano. Es obligado que se refuercen organismos y revisen procedimientos para atender casos de violencia y que se hagan más expeditos los procesos de denuncia y de resolución, dando el debido acompañamiento a las víctimas. Ello, sin dejar de cuestionar la impertinencia del anonimato como fuente de denuncia y la improcedencia de reclamos que quisieran eliminar toda forma de defensa y erradicar los principios de juicio justo y presunción de inocencia ante denuncias relacionadas con supuestos eventos de esta índole.

El ideal sería que toda persona sin distinción de su género pudiera circular libremente, a cualquier hora y por cualquier lugar dentro de los espacios universitarios y que toda denuncia por acoso o violencia fuera procesada eficiente y certeramente. Todavía sería mejor que no tuvieran que ser presentados casos de esta naturaleza, porque no hubiera ya motivos para ello, pues se diera el debido respeto y existiera la seguridad necesaria para erradicar el fenómeno.

Los paros sin sentido

Desde hace semanas, casos de acoso y violencia de género y negativas a su atención formal llevaron al cierre de diversas facultades y escuelas por grupos radicalizados, a lo que se fueron sumando oportunistas y provocadores embozados que, sin ser representativos de sus comunidades, fueron paralizando actividades educativas con demandas cada vez menos precisas y más radicales. Incluso, hubo expresiones de violencia directa, descarnada, que más que manifestar el enojo o pretender la solución de legítimos reclamos, pareciera dirigirse a crear ingobernabilidad e inestabilidad en la universidad, con fines que parecieran ir más allá del fenómeno de la equidad de género y el combate a la violencia, rumbo a objetivos políticos que responden a una agenda ajena a la propia de la institución.

No se trata de querer callar las voces de denuncia y protesta ante los inaceptables eventos de acoso y violencia de género; al contrario, estas deben expresarse y atenderse. Es prudente reclamar que sus expresiones busquen contar con legitimidad entre la población universitaria, que no se extremen y, sobre todo, que se impida la acción violenta de grupos ajenos a la propia universidad.