Opinión

Crónica catalano-purépecha I

Esencia de las culturas catalana y purépecha en nombres y apellidos. | Elvira García Mora

  • 07/02/2019
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Al iniciarme en el estudio de una lengua extranjera no me parecía natural adentrarme en el conocimiento de la cultura de la región geográfica de ese idioma. Tal vez porque tal “culturización” parece tener su excepción en el idioma inglés. Existe una preocupación a nivel de gobiernos, instituciones educativas y padres de familia para que los niños dominen el inglés, que en el afán se ha tratado de una práctica técnica alejada de la cultura, la vida y las costumbres. También puede ser escaso el legado, el inglés solamente actúa como una lengua vehicular para encontrar un medio de comunicación entre idiomas tan lejanos y poco coincidentes. Los profesores cuya lengua nativa es diferente al idioma que presentan a su grupo torna artificial la práctica. Se percibe la lejanía, esa falta de experiencias dentro de una casa de habla inglesa. Sin mencionar los errores de interpretación. Con esta dinámica sobre el estudio de lenguas extranjeras, existe también la complicación asociada a la falta de “sentido de utilidad”, que es un impedimento para el aprendizaje según lo reporta el Consejo Nacional de Profesores de Matemáticas en Estados Unidos, pero que se adapta perfectamente a otros ámbitos.

En los tantos cursos de inglés en los cuales fui alumna: seis años en el colegio de monjas y otros seis en tres diferentes escuelas de idiomas nunca tuve la inquietud de conocer Estados Unidos ni Reino Unido para vivir sus tradiciones. Fue hasta que me inscribí al curso de francés cuando por primera vez sentí esa inmersión en la lengua y la cultura. Ahora entiendo que es natural valorar y vivir una cultura a través de su lengua porque el profesor, un parisino nacido en Madagascar llenaba sus cátedras de vida y pasión por Francia, su historia moderna, su actualidad política, su cocina y sus detalles cotidianos. ¡Cuántas ganas tenía de conocer Francia!, ¡de vivir algo de todo eso en primera persona! Pero antes llegué a Cataluña. Hice un primer curso sobre lengua y cultura catalanas, que más que una clase de idiomas era una guía turística y gastronómica calendarizada. ¡Impresionante! Ya estaba en Cataluña, ahora sabía que quería visitar el Delta del Ebro, la casa de Salvador Dalí en Cadaqués, pasear por las cercanas playas de Sitges, y comer castañas y panelets en el otoño. Además, deseaba recibir una rosa roja y devolver la atención al regalar un libro el 23 de abril, el día de los enamorados en Cataluña que coincide con la fiesta de su patrono Sant Jordi (San Jorge).

¿Por qué el estudio del inglés no había producido ese efecto de “culturización” en mí? En parte lo justifico con la presencia constante de tradiciones reconocidas como anglosajonas en la sociedad mexicana: el día de San Valentín con sus múltiples “I?U”, el Halloween, Santa Claus. La estructura de los libros de texto. En inglés empezábamos por el tiempo gramatical presente centrado en la persona: I am, you are, etcétera. Entonces, ese enfoque antropocéntrico de la situación actual lo hace una herramienta de comunicación para identificarnos con los demás y conocernos. En contraste, el estudio del francés comenzaba con la francofonía y las nacionalidades. ¡Qué diferencia! Se inicia por conocer dónde se habla francés y a identificar a las personas según su país de procedencia. Podría interpretarse desde un punto de vista negativo: xenofóbico, que se hace diferencia por nacionalidades; o positivamente: que se reconocen las culturas de los sitios de procedencia. Esta visión geográfico-cultural se reproduce en el estudio de la lengua catalana. Pero, y es un gran pero, el aprendizaje del catalán dentro de Cataluña y de la mano de un catalán sí que marca una diferencia enorme.

Amor a una lengua y una cultura

Hasta esta línea he realizado una amplia introducción de la “Crónica I”. En mi primera participación hice una misiva a Pompeu Fabra, EL Lingüista de la gramática catalana. Después de buscar una estructura que para mí fuera lógica para explicar cómo veo México desde mi residencia catalana, elegí organizar a partir de los temas de discusión de la clase de catalán que dejan en mí dudas o simplemente la inquietud de compartir o profundizar en algunas cuestiones. Así llegó esta primera crónica catalano-purépecha, porque en el descubrimiento del catalán haré una comparación o un enlace con la cultura y la lengua purépecha que se ubica en la región central de México, donde nací y crecí: Michoacán, que significa “lugar de pescadores” en náhuatl y “lugar junto al agua” en purépecha (INAFED, 2018).

La pregunta inicial del curso de invierno era: ¿conoces nombres y apellidos catalanes? Con sorprendente facilidad hicimos una amplia lista entre todos los compañeros del grupo. Quedaba claro que conocíamos a un Père (Pedro), una Mercè (Mercedes), un Jordi (Jorge), una Núria, o Lídia, Sònia y otros más. Y en lo particular recordaba una anécdota simpatiquísima sobre el énfasis por la actuación de los nombres “Soc Sònia, amb accent obert, el accent català” (Soy Sònia, con acento abierto, el acento catalán). Meses antes, por curiosidad personal había revisado una lista de alumnos de una escuela y más de un 80% se trataba de nombres catalanes, ¡claro! ¡estamos en Cataluña! Además, los apellidos catalanes también eran de inspiración patronímica, troponímica, apódica, naturalista y de oficios: Puig (monte), Pujol (colina), Torrent (afluente), Roig (rojo), Ros (rubio), Conill (conejo), Fuster (carpintero), Moliner (molinero), Sabater (zapatero), entre otros. Reconozcamos que el apellido poco tiene de contribución en lo que a la defensa y conservación de la lengua se refiere, no tenemos opción, lo llevamos o lo llevamos. Que las nuevas legislaciones permitan ordenar a disposición personal los apellidos paterno y materno no cambia que a través de éstos se pueda reconocer el origen catalán o no catalán de las personas. Pero los catalanes lo llevan más allá, desde el nombre reivindican su lengua y su cultura, no esconden su identidad catalana detrás de nombres en lenguas extranjeras. Existe un orgullo que se muestra al elegir un nombre en su propio idioma.

Después de esta lección de cultura catalana vino la terrible pregunta: ¿cuáles nombres y apellidos son originarios de tu país? ¡recordé tan pocas palabras! Había sido muy fácil en catalán, la lengua que apenas comienzo a aprender porque conozco a una Antònia, a un Vicenç (Vicente), a una Roser (Rosario) con sus apellidos Mas (casa de campo), Font (fuente)... Pero en la lengua materna, esa en la que se supone que soy experta: el castellano, no tenía esa memoria visual ni el reconocimiento facial de personas con nombres y/o apellidos purépechas. Mi nombre y apellidos son tan castellanos, nada de raíz mazahua ni purépecha. Recordé el orgullo que mostraba mi madre al decirme que mi abuela paterna era una rubia de bonitos ojos azules con antepasados en Bélgica, y cómo menospreciaba el apellido indígena de mi abuelo materno Estrella. Alguna vez escuché “Era tan indio que se apellidaba Estrella”. Sin fingirlo, al día de hoy no me causa ofensa el origen de mi abuelo, por el contrario, me encantaría tener al menos un apellido como legado. Entonces, esa pregunta que tan mal respondí en clase se quedó en mi pensamiento, ¡tenía que conocer nombres y apellidos indígenas! En una mayor sinapsis empecé a recordar que tengo una querida amiga llamada Citlali (“estrella”, en náhuatl), que también conozco a una Erandi (“bello amanecer”, en purépecha), una Ireri (“la flor más bella que nace en primavera”, en purépecha y además una palabra palíndroma), una Atziri (“maíz”, en purépecha), una Itzel (“lucero del atardecer”, en maya), una Atzimba (“cabeza de familia”, en purépecha), una Eréndira (“risueña”, en purépecha) y varias con el nombre Yunuén (“isla hermosa”, en purépecha). En el caso de los hombres, también he conocido a un Irepan (“ir viviendo”, en purépecha), un Janitzio (“flor de trigo o de maíz”, en purépecha), un Zirahuén (“espejo de los dioses”, en purépecha), un Curicaueri (“gran fuego”, en purépecha), un Tonatiuh (“dios del Sol”, en náhuatl), un Nezahualcóyotl (“coyote que ayuna”, en náhuatl) y varios Cuauhtémoc (“el águila que baja”, en náhuatl). Con el recuerdo más fresco vinieron también los apellidos: Zizumbo (“algo bueno”, en purépecha), Nambo (“nada o nadie”, en purépecha), Equihua (“guerrero del rey”, en náhuatl), Moctezuma (“el que se muestra enojado”, en náhuatl).

Estaba un poco más satisfecha, ahora la cuestión era: en una región de alta migración como Cataluña, ¿cómo logran conservarse las raíces catalanas en los nombres y los apellidos? Primero, la gente ama su cultura y elige nombres en su lengua. Segundo, desde 1998 el Decreto 208 legaliza la corrección lingüística de nombres y apellidos, pero aún mejor, dicho trámite puede realizarse por medios telemáticos desde el 2002. Por lo tanto, hay una genuina preocupación ciudadana y una decidida acción legislativa para cuidar de la lengua y la cultura. En contraste, nuestro Registro Civil Mexicano muestra una franca tendencia de incorporación de anglicismos y lenguas extranjeras con los tantos Brians, Britanis, Kevins y otros nombres de incorrecta ortografía tanto en el idioma de origen, el inglés, como el castellano. En el pasado, la influencia de la iglesia católica dictaba tomar los nombres del santoral según el día de nacimiento del niño, pero el descontento parecía generalizado y había una gran cantidad de personas con nombres que les avergonzaban por años (me incluyo, por años no estaba conforme con mi nombre, me parecía en desuso o que era adecuado para gente mayor, tal vez ya llegué a esa edad porque ya no me molesta). Pero ¿por qué rechazamos o relegamos nuestras lenguas indígenas? Pensaba que el purépecha había sido desplazado por el castellano, pero en realidad, los michoacanos (como muchos mexicanos) elegimos dejar esta lengua de lado para abrazar culturas extranjeras. Lo seguiremos discutiendo, por lo pronto diosï meyamu (“muchas gracias”, en purépecha).

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