El domingo 12 de febrero fue un día de fiesta para 20 mil personas en la capital del país. Ese día se congregaron en el Paseo de la Reforma, a concluir en el Ángel de la Independencia, para gritar con el corazón en la mano que repudian a Donald J. Trump, presidente de Estados Unidos; repudian su política racista y sus agresiones en contra de México; exigen respeto y trato digno, pero también…

 

…Estaban ahí muchos, para recriminar al presidente Enrique Peña Nieto sus fracasos como gobernante, hoy más impopular que nunca; sus fracasos en su política económica que ya toca fondo; sus fracasos en su política social inexistente y porque simple y sencillamente no es quien merece gobernar a México en tiempos revueltos…: “no lo sabe hacer”, decían ahí.

 

De esto y más hubo ese domingo 12. Mucha algarabía e indignación; mucho Cielito Lindo y colores de la bandera; mucho Himno Nacional y patriotismo y nacionalismo y mexicanismos por todos lados. Bien. Todo eso estuvo muy bien… pero…

 

¿Y qué fue lo que pasó? ¿Fracasó la marcha según las expectativas? ¿20 mil son suficientes para mostrar músculo mexicano? ¿Deveras estamos unidos los mexicanos en tiempos de necesaria unidad? ¿Unidad nacional, para qué?... o ¿de plano se cumple la regla del “Muchos Méxicos”?

 

Por lo pronto a la marcha acudieron pocos mexicanos si se considera que el país entero en sus casi ciento veinte millones están indignados por los agravios del señor Trump y su pandilla en la Casa Blanca, de Washington; y no sólo por los insultos está molesto el país: también porque se presagian odios y aun desquites de un hombre que está desquiciado y que tiene sed de venganza…

 

Todo esto hubiera sido suficiente para que los mexicanos marcharan en multitud y expresaran su coraje del día a día en este país en el que al mismo tiempo que se aprieta una tuerca se lanzan desquites; en este país que en las redes sociales desgranan consignas y frases célebres respecto de todo y que al final no se expresa en hechos firmes y en obras concretas de acción y de pasión.  

 

¿Por qué acudió tan poca gente si se sabe el estado de ánimo nacional? ¿Por qué tantas divisiones entre grupos? ¿Quién iba de buena fe y quién quería llevar agua a su molino? ¿Por qué millones no salieron a las marchas de la capital o a las que hubo en estados de la República?...

 

De todo esto ya toman nota los sistemas de inteligencia de Trump y ya se frotan las manos porque suponen a un país irremediablemente dividido y sin impulso para enfrentar las decisiones más extravagantes y dañinas inimaginables. Sí. México es un país cansado por todo lo que hemos vivido en los años recientes: pero también un país con ímpetu y rabia aun contenidos.

 

Una cosa sí es: Trump ha unido a los mexicanos en su contra. Se lo merece. Y que no hayan acudido a la marcha del domingo no significa que no exista el resquemor y la indignación por sus formas y por sus odios en contra nuestra. Sí: Trump ha unido, pero también ha mostrado otra cara de una moneda que todavía está en el aire…

 

Es la de la unidad nacional sin guía y sin ruta; la unidad nacional sin fraseo ni contenido nítido. La unidad nacional sin la idea objetivo de la dignidad, el orgullo y la defensa. La unidad nacional sin liderazgo y sí la del reproche a un gobierno federal que no se entiende mexicano y que no se entiende con los mexicanos; que miente; que oculta; que acusa; que señala; que endosa errores, que machaca a gusto políticas económicas dañinas y que no está aquí, aunque esté ahí… “que no es protección ni abrigo”.

 

Por ambas cosas están enojados los mexicanos y por lo mismo está en un dilema: Por eso no fue la población en masa a expresarse el domingo. Porque no se entiende con su gobierno para apoyarlo, porque no está a gusto con la Presidencia de Peña Nieto y porque no hay un líder nacional que merezca tener en sus manos a esa unidad nacional que ya existe.

 

Y sí, Peña Nieto consiguió que la mayoría no fuera a la marcha porque se temía que su presencia sirviera de apoyo a su gobierno. Esa fue la gran lección de la marcha del domingo 12.

 

Por otro lado –y es bueno recordarlo—en el pasado los mexicanos hemos sido derrotados por falta de unidad nacional. Ocurrió durante la guerra de Independencia entre independentistas y moderados pro monarquía española, lo que favoreció que la lucha durara once años; ocurrió durante el siglo XIX cuando el país fue mutilado; ocurrió durante el imperio de Maximiliano; ocurrió durante la Revolución en el que la guerra civil enfrentó a ideales distintos…

 

Pero hoy la madurez social y lo que ocurre o pueda ocurrir debiera hacernos mostrar talante para esa unidad tan necesaria. ¿Cómo? ¿Con quién a la cabeza? ¿Cuál será la estrategia y la defensa?

 

Los gobiernos de los estados también tienen responsabilidad y a ninguno se le ve piernas de jinete para cabalgar con la situación actual, a pesar de que muchos podrían recibir a sus migrantes maltratados y vejados en avalancha.

 

Así que Unidad Nacional ¿para qué? o mejor ¿por qué? Por nosotros, por lo que pasa, por lo que ocurre, porque hay límites en el agravio y se sabe guardar silencio para conocer al otro, pero después habrá respuestas dignas y orgullosas.

 

Defender a nuestra nación es indispensable; dignificarnos; enorgullecernos; mirar y defender a los mexicanos que están en tierra ajena sufriendo en sus propias carnes la malquerencia, eso habrá de unirnos y, sobre todo, para preservar a México, nuestro país: que es el único que tenemos. 

 

@joelhsantiago

@OpinionLSR

 

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