De acuerdo con laTercera Encuesta Nacional de Cultura Constitucional del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la #UNAM, nuestra democracia "está cimentada sobre una débil cultura de la legalidad”. La situación amerita más que una profunda reflexión, pues si se mantiene o acentúa la tendencia, el futuro del país está en un verdadero riesgo.

 

Los datos son un fuerte llamado de atención.

 

Uno de cada cuatro de los mil 200 encuestados está de acuerdo con la frase “Violar la ley no es tan malo; lo malo es que te sorprendan”. Casi la mitad opinan que los integrantes de una comunidad tienen “el derecho de tomar justicia por propia mano”. Y uno de cada cuatro está de acuerdo con que “un funcionario público puede sacar provecho de su puesto si hace cosas buenas por la sociedad”.

 

Estos hallazgos no son novedosos.

 

De una u otra manera los conocemos todos. Los estudios de opinión y sociológicos lo han confirmado desde hace algunas décadas. Lo relevante hoy es observar la velocidad con que está creciendo la tendencia negativa y las razones que “justifican” dichas actitudes.

 

La cultura de la legalidad podría derivar en una crisis.

 

Destacan tres razones. La primera, porque no se percibe como una responsabilidad personal. Según el estudio, “es algo exigible a los políticos o poderosos”. Segunda, porque no se identifican elementos vinculantes de las leyes con nuestra vida cotidiana.

 

Y tercera, porque es “un ideal deseable, pero inaccesible”.

 

Lo que impera en el fondo es “la desconfianza de los ciudadanos hacia sus instituciones”. También el hartazgo y la sensación de indefensión. La difícil situación económica, el incremento de la inseguridad, la violencia y la percepción de que está creciendo la impunidad han llevado a la sociedad “a encontrar caminos informales, y en ocasiones ilegales, para el arreglo de sus conflictos”.

 

Por todo lo anterior, es urgente que demos un golpe de timón.

 

La responsabilidad no es exclusiva del Gobierno de la República. Es de todas las instituciones de los tres poderes. Es de los medios de comunicación. De las universidades y en general de todo el sistema educativo. De las autoridades electorales. De todas las organizaciones de la sociedad civil.

 

Por supuesto que nos corresponde a cada uno de nosotros.

 

El reto principal no solo consiste en identificar cuál es la misión que debemos cumplir para fortalecer nuestra cultura de la legalidad. La sabemos. Lo más importante es definir cómo lo vamos a hacer.

 

El discurso oficial sigue atrapado en el diagnóstico.

 

El presidente Enrique Peña Nieto (@EPN) lo ha sintetizado con claridad: “Los sentimientos de frustración, temor e incertidumbre se han extendido y agudizado en todos los continentes ante un contexto cada vez más volátil y más complejo”.

 

Vivimos “en un ambiente de desencanto y preocupación”, agregó.

 

Y aunque ha reconocido en diversas ocasiones que “son tiempos de decisiones”, muchos no alcanzamos a comprender cuál es la #Estrategia política y de #ComunicaciónPolítica más conveniente para poner freno a esta situación.

 

Los llamados a la unidad no son suficientes.

 

Aún cuando algunos riesgos vienen de afuera (no debemos menospreciar nunca lo que podría hacer #DonaldTrump), tampoco podemos minimizar lo que hay detrás de la realidad que reflejan los estudios como el que presentó la #UNAM.

 

En el día a día estamos viendo señales delicadas.

 

El enojo, susceptibilidad y violencia están dejado de ser noticias “amarillas” o “rojas” de los medios de comunicación para convertirse en apología de la violencia. Los comentarios y opiniones negativas o de violencia verbal en las #RedesSociales son apenas la punta de un iceberg que se ha formado desde hace mucho tiempo.

 

Sin embargo, el cambio que necesitamos no lo veremos en el corto plazo.

 

La prioridad de la clase política está en las #Elecciones2017 y #Elecciones2018. Los intereses particulares de muchos grupos de poder seguirán dominando. Lo que pocos no se han dado cuenta es que el realineamiento hacia la cultura de la legalidad puede facilitar el acceso al poder o la permanencia en el poder.

 

El potencial que tiene el tema es enorme.

 

Se necesitan líderes valientes y visionarios que den el “golpe de timón” que necesita el país. Cuando una abrumadora mayoría de ciudadanas y ciudadanos estemos comprometidos e inmersos en dicha cultura, el futuro como Nación dejará de ser un sueño o una promesa de campaña demagógica y poco creíble.

 

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