La joven administración de Donald Trump se encuentra sujeta a una seria investigación sobre los contactos que varios de sus colaboradores cercanos tuvieron con agentes rusos a lo largo de su campaña como candidato a la Presidencia. Esto se ha ido descubriendo poco a poco e incluso a partir de negaciones iniciales que en un caso obligaron a renunciar, por mentir, a su recién nombrado asesor de seguridad nacional.

 

Las agencias de inteligencia norteamericanas han dicho claramente que Rusia se entrometió en el proceso electoral norteamericano mediante el hackeo y divulgación de correos electrónicos de Hillary Clinton y de su equipo de campaña. Eso está probado. Lo que está en juego ahora es si Trump y su equipo lo sabían, o si incluso hubo algún tipo de acuerdo con los rusos. Probar eso sería una bomba política que podría destruir su Presidencia; la sola sospecha ya le ha causado bastante daño.

 

Trump ha reaccionado con bombas de humo, es decir, distractores. Acusó directamente a Obama de espiarlo, pero lo hizo sin consultar a las agencias de inteligencia que ahora dirige y no pudo aportar ningún tipo de prueba y lo dicho quedó como otra de sus mentiras. Su administración se encuentra ahora en niveles record de baja aprobación y es cada día menos creíble. Los motivos de descontento creciente son muchos.

 

Su plan de reforma del sistema de salud fracasó; llevaba a que 24 millones de norteamericanos perdieran su seguro de salud. Sus propuestas de cambios impositivos consisten básicamente en quitarles impuestos a gentes súper ricas como Trump mismo, elevar el gasto militar, y en cambio reducir el gasto en salud, educación y medio ambiente. Recién eliminó una orden de Obama que les prohibía a las empresas de internet vender información de sus clientes; ahora las páginas visitadas por cada quien; es decir, los historiales de navegación pueden ser comercializados a pesar de que la gran mayoría de la población se opone.

 

Trump viaja cada fin de semana a su lujosa residencia en su campo de golf en Florida, a un costo de tres millones de dólares por vez, sobre todo por motivos de seguridad. Viajecitos que en dos meses les han costado a los norteamericanos más de 15 millones de dólares. Su esposa decidió quedarse a vivir en la Torre Trump de Nueva York y por ese motivo el costo de seguridad es de 127 mil dólares cada día. Esto a pesar de que Trump destacó por atacar los gastos de Obama cada vez que salía de la Casa Blanca o le dedicaba unas pocas horas a una actividad recreativa.

 

Además las quejas de los vecinos, e incluso de las autoridades locales de Florida y Nueva York son fuertes. Cada visita presidencial o los desplazamientos de la primera dama implican cierre de calles y suspensión del tráfico que causan embotellamientos y desalientan a los clientes de los comercios locales que alegan fuertes pérdidas. En contraste los videos del presidente jugando golf parecen comerciales de su negocio inmobiliario.

 

El equipo de Obama dejó en herencia documentos de investigación y lo hizo listándolos de manera tal que no los fuera a desaparecer la nueva administración. Una precaución que por sí misma dice mucho sobre el posible contenido de esa información confidencial. El caso es que ahora hay dos comisiones de investigación, una del senado y otra de la cámara de representantes. El presidente de la segunda, un republicano activo en la campaña de Trump, obtuvo documentos confidenciales que corrió a compartir con el actual presidente sin darlos a conocer a sus compañeros de la comisión de investigación. El escándalo ha sido mayúsculo y tuvo que renunciar.

 

Para los norteamericanos, y para el congreso en particular, es de la mayor importancia que la investigación sea llevada a cabo de manera independiente de la Presidencia y con un enfoque bipartidista. Lo que está en juego es enorme, una posible colusión con agentes extranjeros para determinar quién ganaría la Presidencia.

 

A lo largo de la campaña Trump manifestó en numerosas ocasiones su simpatía por Vladimir Putin y dijo que era mejor tener relaciones de amistad con Rusia que lo contrario. La situación apuntaba a que su administración levantaría las sanciones económicas impuestas a Rusia a resultas de su anexión de la península de Crimea. No es un asunto menor; esas sanciones le han costado a Rusia más de 100 mil millones de dólares.

 

Otro gran perdedor ha sido la petrolera norteamericana Exxon Mobil que calcula pérdidas por más de mil millones de dólares. No olvidemos que el nuevo secretario de estado norteamericano, Rex Tillerson, era precisamente el presidente de la petrolera y tenía un excelente trato, a nivel de recibir medallas, con Putin. Eliminar las sanciones subiría enormemente el valor no sólo de Exxon Mobil, sino de su socia Gazprom, la también gigantesca petrolera rusa.

 

No se sabe por qué Jared Kushner, el yerno de Trump, se entrevistó con el presidente del banco estatal ruso de desarrollo, Sergey N. Gorkov, en diciembre pasado, cuando ya su suegro había ganado las elecciones. Ese presidente del Banco ruso es un graduado de la academia de seguridad de su país (de nueva cuenta espionaje y contraespionaje) y fue colocado al frente del banco directamente por Putin.

 

A fines del año pasado, Gazprom vendió el 19.5 por ciento de sus acciones por un monto de 10.2 mil millones de euros a compradores extranjeros cuyos datos Rusia no revela. Del lado norteamericano Trump se niega a dar a conocer sus declaraciones de impuestos. ¿Podrían estos dos hechos estar conectados? O podría haber conexión con Kushner; no olvidemos que el poderoso joven primer yerno cuenta con unos 750 millones de dólares y su única experiencia laboral previa es haber administrado la fortuna, también inmobiliaria, de su padre durante el tiempo en que este último estuvo en la cárcel.

 

En medio de estos negros nubarrones que asedian a Trump, el gobierno de Siria hizo una estupidez absurda, de atacar y asesinar con gas internacionalmente prohibido a unas 70 personas, muchos de ellos niños. Los terribles sufrimientos de las víctimas fueron captados en video y difundidos en la televisión norteamericana. Estados Unidos no sólo acusa al gobierno sirio sino al de Rusia que se había comprometido a que Siria se desharía de las armas químicas. Algunos sostienen que el gobierno sirio no podría haber hecho esta cruel estupidez sin consultar con Rusia.

 

Esto ocurrió en un país en el que ya hay más de 200 mil muertos y en una región en la que en las últimas semanas los bombardeos norteamericanos mataron a más de 200 civiles, pero en este caso fue un error sin mala intención.

 

El punto es que Trump dio un giro de 180 grados y contra lo que siempre declaró, y lo que dijo su secretario de estado una semana antes, lanzó un bombardeo de represalia contra el aeropuerto militar sirio del que habría salido el avión que lanzó el gas. De manera comedida el gobierno norteamericano le avisó a ruso que iba a bombardear, para limitar daños personales (siete muertos al parecer), procuró cuidadosamente no dañar las pistas y atacó solo los hangares de reparación. Así que el aeropuerto sigue en servicio.

 

Rusia, es decir Putin, se declara indignado por la agresión a una nación soberana y todavía no se sabe si hará algo más.

 

Del lado norteamericano surge una oleada de patriotismo que lo recalifica como un presidente decidido y fuerte, que continúa las estrategias de siempre. Pero su verdadera gran ganancia es que ante la opinión pública se borran las sospechas de complicidad con los rusos. Y eso puede salvar a una administración que se hundía. 

 

Ahora Trump y Putin son felices enemigos; pero la investigación no se ha acabado.

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR

 

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