Supongamos que, a la hora de votar, los ciudadanos tenemos en cuenta la honestidad de los candidatos, sus resultados pasados y sus objetivos futuros, así como nuestra cercanía ideológica con ellos. Hubo un tiempo en el que las preferencias ideológicas de votantes y candidatos eran suficientes para predecir un resultado electoral: sociedades orientadas hacia las izquierdas, como las escandinavas o los países del cono sur Americano, votaban mayoritariamente a favor de opciones social-demócratas o cuando menos abiertamente redistributivas. La honestidad de los gobernantes no tenía mayor relevancia, se daba por supuesta. Pero ese tiempo se terminó. La demolición de las lealtades partidistas provocada por el huracán globalizador ha acabado con la certidumbre ideológica como cemento del edificio democrático.

 

Las izquierdas no han sabido lidiar con la globalización. Las que, por un lado, han aceptado la globalización como mecanismo de producción de riqueza y oportunidades meritocráticas, se han dejado atrás a sectores clásicos del proletariado más tradicional. Y las que, por otro lado, han rechazado la globalización y han optado por la autarquía comercial – como el chavismo– cerraron la puerta a las capas más dinámicas de la sociedad y han acabado redistribuyendo la escasez. Ante el retroceso de la izquierda, proliferan exitosos candidatos que rehúyen el corsé ideológico y pretenden identificarse sin más con “el pueblo” – como Marine Le Pen en Francia, Beppe Grillo en Italia, Duterte en Filipinas, Macri en Argentina o el mismo Trump en Estados Unidos.

 

Lo que caracteriza a estos nuevos líderes postideológicos no es sólo su capacidad para lanzar propuestas simples donde los partidos tradicionales permanecían paralizados – por ejemplo, la expulsión de inmigrantes como solución a los problemas internos de los países; lo que les caracteriza también es una impresionante capacidad de atracción personal sobre todo tipo de electorados. Si estos líderes no son apoyados por contar con la fuerza de unas siglas partidistas centenarias; si no son apoyados por sus resultados concretos en cargos políticos – pues muchas veces son outsiders sin experiencia previa; si no son apoyados por contar con unos conocimientos extraordinarios sobre los asuntos en juego – es más, normalmente reniegan del expertismo meritocrático; entonces no cabe otra que pensar que son apoyados porque muchos ciudadanos ven en estos líderes a personas capaces de solucionar sus problemas – independientemente de lo grotesco de sus propuestas. En otras palabras: depositan su confianza en los líderes postideológicos porque se sienten identificados personalmente con ellos, creen en su honestidad para resolver los asuntos públicos. Uno podría incluso llegar a escribir que para una parte relevante de la población, las vidas de estos líderes son ejemplares, porque suelen combinar un marcado rechazo al establishment partidista con unas carreras laborales más o menos exitosas.

 

Volvamos al principio. Si a la hora de votar no podemos confiar en los resultados observados (porque cada vez están menos influidos por las políticas del gobierno de turno) y tampoco podemos recurrir a las etiquetas ideológicas, nos queda el recurso a la honestidad, a la búsqueda de los “buenos” políticos, aquellos cuya vida es ejemplar, su comportamiento honesto por principio. Para el filósofo Javier Gomá, tenemos que buscar “el ideal de la ejemplaridad pública, igualitaria y secularizada, como principio organizador de la democracia en la convicción de que sólo la fuerza persuasiva del ejemplo virtuoso, generador de costumbres cívicas, es capaz de promover la auténtica emancipación del ciudadano”. Ese ejemplo virtuoso del que habla el filósofo podría encarnarse en Pepe Mujica, presidente de Uruguay en el período 2010-2015. A pesar de su pasado violento con los Tupamaros, muchos uruguayos se sienten orgullosos del presidente Mujica, no tanto por sus logros, como por sus formas: un político que lejos de renunciar a su vida austera, la convirtió en banda presidencial.

 

Lo que no esperábamos en este inicio de siglo es que la ejemplaridad más al alza en las encuestas, lejos de ser “ejemplo virtuoso”, es espejo de las más bajas pasiones. Ahí tenemos al presidente Duterte de Filipinas, quien insulta a otros colegas y no pone freno a la hora de amenazar públicamente con asesinar a todos los drogadictos y narcotraficantes del país. Tras un año de cumplir lo prometido, su popularidad está por las nubes, y es apreciado hasta en aquellas familias que han sufrido la ejecución de miembros sin relación alguna con las drogas.  Y un poco más cerca, tenemos a Donald Trump. Lo que deslumbra en Trump es su ausencia de escrúpulos, su matonismo tuitero, su chabacanería, todo lo cual le acerca al votante con pocos recursos, precisamente a pesar de su lejanía. Tras la victoria del personaje, los periódicos salieron en busca del votante trumpiano, y lo más que encontraron fueron aquellos ciudadanos que decían haberlo votado con la nariz tapada. Pero andando el tiempo, se ve que no fue así: lo que gusta de Trump es su naturaleza impertinente.

 

Seguramente no es casual que Trump aprendiera el oficio de la comunicación pública en la televisión, porque es en este medio donde el fenómeno de la “empatía invertida” cobra su máxima expresión. Las parrillas televisivas están llenas de programas donde supuestas celebridades se dedican a convencernos de que sus problemas son nuestros problemas. Lejos de preocuparse por los hogares que no llegan a fin de mes, quieren que comprendamos por qué a ellos no les alcanza para la vidorra que se merecen. Es el mundo al revés, pero funciona. Parafraseando a Kennedy, no se trata de ver qué puede hacer un político por los ciudadanos, sino más bien, qué pueden hacer los ciudadanos para satisfacer el ego del presidente.

 

La empatía invertida es la cara oscura de la ejemplaridad. Si bien sus efectos están cada vez más presentes en el universo democrático, no deberíamos renunciar a la búsqueda de “ejemplos virtuosos” que regeneren la delicada salud de la esfera pública. Nuestras elecciones presidenciales de 2018 están a la vuelta de la esquina. ¿Seremos capaces de distinguir entre la ejemplaridad virtuosa y la subordinación carismática? 

 

@CIDE_MX

@OpinionLSR

 

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