Estamos inmersos en una complicada negociación que definirá el rumbo del país en las siguientes décadas. Es difícil porque del lado gringo el negociador principal es un patán que sabe lo que quiere y toma medidas para imponerlo a toda costa. Y de este lado hay un equipo que da palos de ciego, no entiende lo que se está negociando y sólo atina a aferrarse a la inercia de un modelo económico fracasado y obsoleto frente a los cambios del mundo. Son negociadores que hablan dos lenguajes muy diferentes.

 

Trump está negociando desde que le hizo cinco propuestas concretas a Peña Nieto en su malhadada visita. Su estilo de negociación es salvaje y como todas sus propuestas han sido rechazadas lo que hace ahora es lanzar torpedos bajo la línea de flotación del equipo gobernante de México para ablandarlo.

 

Se rechazaron sus propuestas porque en ese momento era candidato y no presidente electo. Pero después siguieron siendo rechazadas, sin la mera cortesía del análisis y la elaboración de contrapropuestas porque lo que pide Trump es que México modifique de manera radical su estrategia económica; de manera similar a como él pretende cambiar la estrategia norteamericana.

 

Del lado mexicano hay confusión. Trump se crece ante el desafío de los que lo rechazan y al recurrir a manotazos sobre la mesa y todo tipo de formas de intimidación ha creado gran confusión del lado mexicano que no acierta a visualizar lo realmente esencial. Es una incomprensión que genera fuertes riesgos. Podríamos caer en nacionalismos antagónicos agresivos en los que allá se ataque a mexicanos (ya ocurre) y aquí a turistas norteamericanos. Sería una pendiente muy peligrosa.

 

Necesitamos serenidad y disposición a negociar. ¿Hay de otra?

 

El güero tiene objetivos bien definidos; no le importa cómo conseguirlos sino hacerlo y lo cierto es que se encuentra en posición de fuerza. Su promesa básica, la que lo hizo ganar, es que preservará la producción de manufacturas y los empleos industriales, con salarios dignos, dentro de los Estados Unidos.

 

Propone reformar el TLC para equilibrar el comercio con México como parte de una estrategia general de reducir o eliminar el déficit comercial norteamericano. Estados Unidos le compra México cerca de 60 mil millones de dólares más de lo que nosotros le compramos.

 

Wilbur Ross, al que Trump propone como secretario de comercio, dice que su objetivo central es eliminar el comercio tonto para llegar a un comercio justo, equilibrado. Señala que su país es el principal país consumidor del planeta y que van a utilizar esa capacidad para conseguir que los países proveedores se conviertan en compradores de productos norteamericanos.

 

Eliminar el déficit puede hacerse de dos maneras. En este caso que México le compre más a los Estados Unidos, o que ellos nos compren menos. Lo cierto es que México emplea el superávit que gana con los gringos para… comprarle a China.

 

Es evidente que los Estados Unidos pueden, de manera unilateral y relativamente fácil, comprarnos menos. Eso es lo que Trump ha estado remachando con sus amenazas que han llevado a impedir algunas inversiones en México. Sin embargo, no parece que su verdadera solución sea comprarnos menos; los dos países saldrían perdiendo.

 

Lo que Trump le propuso a Peña en su visita fue otra cosa; solucionar el déficit por la vía de que México le compre más a los Estados Unidos. Habló de preservar las manufacturas y los empleos en nuestro hemisferio; ser aliados en el proteccionismo frente a China. Ese sería el sentido de renegociar el TLC; conseguir que México prefiera comprarle a los Estados Unidos y no a China.

 

Lo cierto es que el TLC ha fallado, y su falla esencial fue que los tres países firmantes lo traicionaron; en lugar de darse una decidida preferencia mutua, los tres países prefirieron comerciar e invertir en China. Los millones de empleos que el TLC debió crear aquí se fueron al oriente.

 

Estamos ante la oportunidad de cambiar este error histórico; hay que diseñar un TLC para el intercambio equilibrado y la decidida preferencia mutua. De ese modo Trump conseguiría eliminar el déficit y generar empleos allá; también nosotros tendríamos una enorme oportunidad substituyendo a China como gran proveedor de los Estados Unidos. Los dos países saldrían ganando mucho.

 

Un ingrediente adicional lo señaló Trump en su entrevista de esta semana; dijo que acabaría con la explotación abusiva de los trabajadores en México. Ya antes al hablar con Peña Nieto le dijo directamente que había que subir los salarios en México.

 

Las exigencias de Trump son radicales. Para cumplirlas habría que empezar por establecer barreras o aranceles a las importaciones de China para reducirlas a un nivel de equilibrio: comprarles tanto como ellos nos compran a nosotros. Eso permitiría que los dólares que obtenemos al vender en Estados Unidos los usemos para comprar en Estados Unidos. Esta es la esencia del comercio justo que pide Trump. Un comercio administrado y muy distinto al libre comercio que pregona el neoliberalismo.  

 

Lo segundo es elevar los salarios de manera substancial; lo que en realidad sería permitirles recuperar parte de lo mucho que han perdido en los últimos 35 años.

 

Pero la realidad de la negociación es otra. Nuestra dirigencia política prefiere envolverse en la bandera, darse por ofendidos y rechazar lo que propone Trump; cero negociación. Sus respuestas son absurdas: hablan de un tratado con China, en lugar de actuar para equilibrar el déficit; quieren que sigamos siendo adalides del libre comercio en lugar de buscar un TLC efectivo; alguno, en el colmo del no entender, propone diversificar importaciones; en lugar de concentrarlas en Estados Unidos para disminuir el superávit.

 

La religión neoliberal que domina el pensamiento de nuestra cúpula política los ha cegado y ensoberbecido. Buscan un arreglo de cuates para que nada cambie; pero el mundo ya cambió y ellos están fuera de lugar.

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR

 

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