Desde hace tiempo las explicaciones económicas y de los economistas sobre los fenómenos políticos dejaron de ser populares. Se asumió que eran otros factores, distintos a la estructura económica, más no el comportamiento de la economía,  lo que determinaba el comportamiento electoral. Sin embargo, la reciente e intensa discusión sobre desigualdad ofrece explicaciones económicas a lo que sucede en Estados Unidos y en el Reino Unido.

 

Branko Milanovic (2016), en Global Inequality A New Aproach for the Age of Globalization, relaciona el incremento de la desigualdad en Europa y Norteamérica con el surgimiento de movimientos políticos de extrema izquierda. La desigualdad generó el empobrecimiento de sectores que antes apoyaban alternativas políticas de centro y los llevó a movimientos ultra nacionalistas. Los partidos llamados populares se movieron más a la derecha y los socialdemócratas al centro. La desigualdad también empoderó a los individuos más ricos de la sociedad, que fueron capaces de promover políticas que los ha beneficiado, en lugar de las que se enfocan a redistribuir los ingresos. Es decir: la desigualdad convirtió a las democracias en plutocracias.

 

El resultado ha sido un círculo vicioso en el que la mayor desigualdad generada por factores tecnológicos y los fenómenos de globalización se reforzó con políticas nacionales que debilitaron las redes de protección social y deterioraron la calidad de los servicios públicos. Lo que ha generado en sectores amplios de esas sociedades incertidumbre, deterioro del empleo y empobrecimiento, mientras que los más ricos han sido capaces de acumular mayores ganancias. Eso explica fenómenos aparentemente irracionales como el apoyar de manera masiva la salida del Reino Unido de la comunidad europea o el triunfo en las primarias republicanas de un personaje xenófobo e incoherente en cada una de sus propuestas como lo es Donald Trump.

 

La mayor desigualdad tiene hoy un enorme costo en términos de estabilidad democrática en las dos grandes naciones sajonas. De acuerdo con los datos de Milanovic entre los primeros años de la década de los 80 y el 2010 el porcentaje de la población considerado como clase media se redujo del 40 al 30% en Reino Unido y del 32 al 26% en Estados Unidos. En el mismo periodo el porcentaje total del ingreso del 5% de la población más rica creció del 14 al 18% en el caso del Reino Unido y del 16 al 20% en los Estados Unidos.

 

Fenómenos políticos como el Brexit, apoyado por el Partido Nacionalista Británico y la ala más derechista del Partido Conservador, o la candidatura republicana de Trump, se asemejan a lo que hemos visto en Europa con votaciones cercanas al 20% de partidos como el Frente Nacional Francés, el Partido de la Libertad de Austria o el de los verdaderos Finlandeses. Es preocupante que así como se aprobó algo potencialmente desastroso como la salida británica de la comunidad europea, sin plan alguno de por medio, no estamos lejos de un gobierno de extrema derecha en alguna de las grandes democracias occidentales.

 

La polarización del ingreso y de las oportunidades, así como el poder de agenda de la población más rica está llevando a indeseables decisiones colectivas de extrema derecha. Urge, si lo que se quiere es estabilidad democrática y una convivencia social sana, retomar políticas redistributivas y las que ofrecen seguridad económica a la población. Occidente logró consolidar en la segunda mitad del siglo 20 democracias estables y prósperas, ahora en riesgo por la desigualdad.

 

La hipótesis que defiende el economista Milanovic sobre los fenómenos políticos en Occidente es que la vida democrática plena, estable y próspera está en grave riesgo frente a escenarios de desigualdad extrema. De eso tenemos mucho que aprender en la construcción de la democracia mexicana. Podemos diseñar mejores reglas e instituciones políticas, eso seguramente ayudará. Sin embargo, la vida democracia solamente será sana y funcional cuando los ciudadanos perciban que las instituciones de gobierno sirvan para mejorar la calidad de los servicios públicos, igualar las oportunidades de vida y ofrecer mínimos de ingreso universales. Eso requiere que en la agenda nacional ganen espacio las propuestas que buscan reducir la desigualdad y redistribuir el ingreso.

 

Hoy reducir las brechas de desigualdad no solamente debe ser una preocupación de los progresistas, que vemos en las sociedades igualitarias un valor en sí mismo, sino de todos los demócratas que deben ver el riesgo de la plutocracia y la extrema derecha. Hoy ser demócrata significa estar en favor de reducir la desigualdad.

 

@vidallerenas

@OpinionLSR

Hoy reducir las brechas de desigualdad no solamente debe ser una preocupación de los progresistas



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