Pasado el vendaval electoral y cuando aún no concluye el recuento de daños e impugnaciones por parte de los partidos políticos, en especial los más representativos y que además fueron quienes resultaron seriamente afectados por este nuevo ciclo político en el que se estrenó la reforma electoral con nuevas autoridades, reglas y actores en un ambiente enrarecido por la tensión social, la parálisis económica y el crispamiento político, se advierte la necesidad de una revisión a fondo de las estructuras partidistas y del sistema electoral en su conjunto; con la salvedad de que hay muy poco tiempo para hacerlo antes de que se presenten nuevos fenómenos con fuertes vientos de abajo hacia arriba de las estructuras políticas y gubernamentales, sometidas a presión por los anticipados ánimos sucesorios y que amenazan con convertirse en un torbellino del que parece difícil podamos escapar.

 

Respecto al proceso, lo primero a resaltar es que pese a la amenaza del boicot electoral por parte de grupos disruptivos y violentos incrustados en la insurgencia magisterial, hubo elecciones en paz, salvo incidentes focalizados siempre lamentables y que los resultados se dirimen en los órganos electorales en el cauce institucional.

 

Con relación a la participación ciudadana hay que señalar que tuvo un comportamiento marginal, pese a que fue superior al 40% y que comparativamente con otras elecciones intermedias no se ve tan mal, lo cierto es que se atomizó con el incremento de la oferta política y se refleja negativamente en la representatividad, medida por los bajos porcentajes con los que se alza el ganador.

 

Sin duda los grandes perdedores son los partidos más representativos, unos más otros menos, el PRI, el PAN y el PRD reflejan bajas en sus porcentajes de aceptación y un serio cuestionamiento de los ciudadanos a su desempeño en el gobiernos o en las campañas. Así se deduce de la pérdida de curules federales y de gubernaturas emblemáticas como Sonora, Nuevo León, Michoacán y Guerrero. Entre estos el PRD parece el más afectado pues además de reportar la pérdida del 50% de sus posiciones en la Cámara de los Diputados, se desdibujó en el Distrito Federal, su bastión más poderoso durante los últimos tres sexenios.

 

Mención especial merece el PRI, que enfrentó la elección intermedia con los índices más bajos de aceptación debido a los escándalos de corrupción en la casa presidencial y por el pésimo manejo de la economía. Pese a todo, logró contener una pérdida que pudo ser mayor pero lo que le hizo falta lo compensó con un intrincado mecanismo de alianzas con el PVEM, el PANAL y últimamente el PES.

 

Un ángulo inevitable para observar la elección es el poder asignado a MC y MORENA, cuyos protagonistas fueron aliados en otro momento y que ahora se distinguieron por su confrontación electoral. MC alcanza por sí solo un número mayor de diputados y logró triunfos regionales en Jalisco y Nuevo León. MORENA por su parte avanza en el Distrito Federal en delegaciones y en la Asamblea Legislativa y, aunque no logró arrebatarle al PRD la bandera de la izquierda, se posiciona hacia el 2018 con López Obrador, quien de inmediato anunció su tercera postulación a la presidencia. Junto con esto, también es de considerarse la aplicación de las nuevas reglas para conservar el registro de los partidos políticos, obligados a alcanzar el 3% de la votación emitida, por lo que todo apunta hacia la desaparición del PT y del PH, con la consiguiente redistribución de curules en el Congreso.

 

Sin embargo, la verdadera novedad la representan los candidatos independientes quienes al margen de su origen partidista y de qué tan independientes son, asumen el papel de anti-sistémicos y logran encarnar la alternativa frente al hartazgo y desprestigio de los políticos tradicionales, los partidos y la política. Con su advenimiento al panorama electoral, se abre la posibilidad de contar con un candidato independiente en las elecciones presidenciales del 2018, situación que ya es analizada por influyentes gabinetes económicos y políticos, incluidos aquellos aspirantes que hoy enfrentan adversidades y desventajas al interior de las férreas estructuras de sus partidos. Los independientes son desde ahora todo un desafío al actual sistema de partidos y competencia electoral, situación que deberá ser analizada al momento de revisar la ley electoral y de emprender una nueva reforma que dé respuesta, con justicia electoral, a la nueva realidad en la participación política en nuestro país.

 

Para procesar estos cambios y asimilar las lecciones de la elección hay muy poco tiempo; el timing político se convierte en la variable estratégica antes de que nos alcance la elección de las doce gubernaturas en el 2016 y la anticipada carrera por la silla presidencial. Así lo indica el acelerado calendario político que ya tiene, por lo pronto, dos anotaciones en su santoral, Margarita Zavala y López Obrador.

 

Mientras esto sucede, mucha agua correrá  aún bajo los puentes de los partidos políticos, quienes como en el caso del PAN, vivirán intensos procesos de cambio de dirigencia tal y como se ha anunciado con la inminente publicación de la convocatoria y la participación de Ricardo Anaya en búsqueda de la jefatura nacional. Otros partidos enfrentarán los cuestionamientos de su militancia por los resultados electorales y eventualmente sufrirán cambios en su estructura y posición para resolver las presiones internas y adecuarse de mejor forma al tiempo de la sucesión presidencial.

 

En cualquier caso, estamos ante un nuevo ciclo político, marcado por el hartazgo ante la corrupción y degradación de la política y de los partidos y ante la falta de solución a las grandes demandas ciudadanas; y por el des-dibujamiento de las estructuras partidistas verticales, triunfalistas, monolíticas y autoritarias. Es tiempo de mayor apertura y diversificación en la participación ciudadana y de mayor relevancia de las propuestas alternativas e independientes. La adecuación al nuevo ciclo es uno de los mayores desafíos que enfrenta nuestro sistema político y electoral, de la manera como este proceso se desarrolle y de su desenlace depende la consolidación de nuestra democracia.

 

@MarcoAdame

 

 

 



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