Supongamos que, en este mundo, en este país, en esta sociedad, a la mujer “no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, que ser mujer “es lo más maravilloso del mundo” porque tenemos la capacidad de procrear, educar y cuidar, porque somos multitask, porque estamos conformes con la manera en la que se nos representa en los medios, porque siempre se nos desea y siempre estamos bellas, porque nuestros salarios son justos y porque podemos evitar ser violadas y asesinadas con sólo cambiar nuestra manera de vestir y no salir “solas”. Supongamos, porque nada de eso es cierto… lo cual quiere decir, que no hay nada que celebrar.`+

 

Supongamos que usted, antes de intentar regalarnos una rosa para celebrarnos, o antes de tener el generoso gesto de asignar el 30% de descuento en los productos del departamento de electrodomésticos a su cargo por ser el Día Internacional de la Mujer, se informa y sensibiliza acerca de las razones por las cuáles el 8 de marzo es una fecha histórica y clave para las luchas de las mujeres. Pero para poder suponer todo esto, hay que explicar primero por qué este día no es una celebración, ni mucho menos un festejo, sino una conmemoración. Y por qué sucede en este día de marzo.

 

Existen varias versiones acerca del incendio en el que murieron alrededor de 140 trabajadoras, la mayoría de ellas jóvenes inmigrantes, en una fábrica de Nueva York. El incendió sucedió, o mejor dicho, fue provocado, en un acto de represión policial solicitado por los dueños de la fábrica, esto para obligar a dichas trabajadoras a permanecer en sus labores y no unirse a la huelga que estaban llevando a cabo otras 40 mil obreras. La versión más documentada apunta a que el incendio sucedió el 25 de marzo de 1911, tan sólo unos días después de la primera celebración del Día Internacional de la Mujer en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

 

En marzo también, pero de otros años, otras huelgas, marchas y manifestaciones protagonizadas por mujeres trabajadoras visibilizaron la labor y las condiciones de explotación a las que las obreras se enfrentaban: la manifestación de las costureras en 1857, la de las planchadoras en 1867, y la de 1908, conocida como la marcha de “Pan y rosas”, en la que 15 mil mujeres de la clase obrera tomaron las calles de la ciudad para exigir igualdad salarial, disminución de la jornada laboral a 10 horas y tiempo para poder dar amamantar a sus hijos e hijas.

 

De la misma forma que desde hace tantas décadas, las exigencias de las mujeres se mantienen y se han agregado muchas más al listado: el Derecho a la Educación, a la Salud, a la Participación Política, a los Derechos Sexuales y Reproductivos, así como a una vida Libre de Violencia en todo sentido. Por muy increíble que parezca, aunque estos Derechos están declarados por leyes, políticas y tratados desde marcos nacionales e internacionales de diversos países, todavía no son una realidad. Pregúntele usted a las mujeres del mundo que aún no tienen acceso a poseer propiedades y tierra, o a las que son más vulnerables a la trata de personas debido a sus condiciones económicas y sociales. A todas aquellas que son discriminadas de alguna forma por el simple hecho de ser mujeres.

 

También vaya y pregunte a las que viven o han vivido violencia de género de algún tipo: física, emocional, económica, patrimonial, sexual, laboral, académica, política. A las mujeres que aún no pueden tomar decisiones sobre sus cuerpos y sus deseos porque son tomadas por criminales o son estigmatizadas. Indague también con aquellas cuya fuerza de trabajo no es pagada de manera justa, o a las que incluso no se les reconoce su labor por desarrollarse en el ámbito del hogar y la familia. Pregunte a todas las mujeres que aun tienen que luchar por su espacio público y a las que tienen que lidiar con el acoso sexual normalizado en las calles. Vaya y pregunte a una “luchona” cómo le va por vivir su maternidad fuera del estándar establecido. A las únicas que no podrá preguntarle es a las víctimas de feminicidios y transfeminicidios.

 

El 8 de marzo es una fecha de dignificar las luchas de aquellas mujeres que se atrevieron a gritar y a exigir. Es una fecha para continuarlas. Es un día de homenaje, de reflexión profunda, de retrospección: ¿qué se ha logrado? ¿cuáles de esas condiciones se siguen reproduciendo en 2017 y de qué manera las condiciones de desigualdad por cuestiones de género que se han adaptado a nuestra sociedad actual? ¿Qué luchas se han reivindicado y cuáles se han olvidado? ¿En qué lugar de la cadena de producción se encuentra el trabajo de las mujeres y en qué lugar su remuneración económica y reconocimiento social?

 

Con base en estos cuestionamientos tal vez lleguemos al punto en el que el Día Internacional de la Mujer sea, año con año, una fecha para reivindicar, evaluarnos, marchar, manifestarnos, generar acciones concretas y cotidianas desde la retrospección y desde el análisis crítico de nuestra realidad. Que sea más un ejercicio de encuentros, memoria y reconstrucción de la historia que de flores y bendiciones por ser la luz de la vida, y que sea menos un día de burlas y quejas sobre por qué no hay un Día del Hombre.

 

A las compañeras del mundo que nos leen, les pedimos unión, comunidad, sororidad: todos los marzos, todos los años, todas las marchas. Si pueden este 8 de marzo, paren, y si no, otras pararemos, porque independientemente de nuestras condiciones y experiencias, tenemos opresiones en común y estamos unas para las otras. Aún nos queda mucho camino por recorrer, juntas.

 

Compañeros del mundo, nombren sus privilegios, porque esto no es una competencia de opresiones, sino el reconocimiento de nuestras condiciones de existencia.

 

@AleCaligari

@OpinionLSR


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