‘Si Juárez no hubiera muerto, todavía viviría’ dice el danzón cubano originalmente dedicado a José Martí. Pero, bueno, no es un asunto de ver quién vive más sino de quién permanece más. Es el caso de Benito Pablo Juárez García que el 21 de marzo cumplió 211 años de haber nacido en ‘Noche honda’ (Guelatao) Oaxaca, para luego ser presidente de México por catorce años…

 

No es para menos la fecha ni el recordatorio. Sobre todo en estos días en los que el presidente de Estados Unidos,  el republicano que se pasa de republicano, Donald J. Trump decidió arreglar al mundo a su manera, que es decir, a muestras de venganzas, desahogos, imposiciones, ignorancia; de golpes en la mesa, majaderías, abusos y extremos;  y a México clavarle las uñas hasta dejarnos exhaustos, por lo que se ve en sus negras intenciones…

 

Don Luis González y González, el gran historiador mexicano de Michoacán, decía que a los hechos como a los hombres hay que analizarlos en sus propios términos, que es decir, en su momento, sus circunstancias y en sus condiciones históricas. Aplicar criterios actuales a hechos del pasado es un error y, por lo mismo la comprensión de aquello se contamina y engaña.

 

Juárez era un hombre muy inteligente. Su carrera escolar y académica fue de diez y dieron lustre a su generación. Antonio Salanueva, su protector, Franciscano terciario, quería hacerlo cura, pero Benito se resistió porque desde entonces sentía, digamos, cierta aberración al sacerdocio y a muchos de quienes se ostentaban como sacerdotes en una iglesia católica marcada en aquellos años, por la ambición, inmoralidad, la inyección de temor social y el sometimiento del ser y la fe…

 

Esto no iba con Juárez liberal y transformador. Por supuesto estudió derecho, que era su vocación y la alternativa de estudios superiores en Oaxaca y de ahí en adelante inició una larga y complicada carrera en la administración y función pública. Casi siempre vinculada con lo legal y con la implementación de leyes en tiempos de contradicciones y desencuentros nacionales.

 

Así que después e avatares a veces incomprensibles por la madeja de tensiones, impulsos, traiciones en un tiempo de reconstrucción de lo mexicano, en 1858 Juárez se convirtió en presidente de la República Mexicana. Antes había sido gobernador de Oaxaca y Ministro de la Corte. Así que ya tenía experiencia de gobierno y de sus leyes.

 

Por entonces a Juárez le importaba el reconocimiento del gobierno de Estados Unidos, que significaba que le dejaran gobernar, que no hubiera agresiones, que acaso inversión de capital estadounidense como ya había acordado con el ex secretario de Estado, Siward y, sobre todo, requería dinero, contante y sonante.

 

Los conservadores mexicanos le hacían la guerra y no lo dejaban gobernar. El país en absoluta crisis económica y con confrontación era francamente ingobernable. Esos mismos conservadores sabían del estado de la situación y menguaban aún más al gobierno liberal juarista…

 

Estados Unidos tenía interés en México. Previo habían sugerido que México cediera la Baja California, a lo que Benito Juárez y su gabinete se negaron de forma rotunda. Pero había alternativas. Y éstas eran la de abrir paso a los estadounidenses y sus intereses tanto militares como comerciales a través de territorio mexicano…

 

El 14 de diciembre de 1859 se firmó en Veracruz el Tratado McLane-Ocampo. Así llamado por el nombre de los negociadores: Robert McLane, entonces embajador de Estados Unidos en México y Melchor Ocampo, representante mexicano del gobierno de Juárez.

 

‘El tratado vendería a perpetuidad el derecho de tránsito por el istmo de Tehuantepec a los Estados Unidos, por un pago de cuatro millones de dólares, desde el puerto de Tehuantepec en el sur, hasta Coatzacoalcos en el golfo de México, y con la responsabilidad de México de emplear fuerzas militares para la seguridad de las personas que lo transitaran…

 

… ‘Ceder a perpetuidad el derecho de tránsito a favor del vecino país del norte, desde la ciudad de Guaymas hasta el Rancho de Nogales u otro punto conveniente de la frontera entre la República Mexicana y los Estados Unidos; ceder a perpetuidad el derecho de tránsito a la Unión Americana, desde cualquier punto entre Camargo y Matamoros, u otro punto conveniente de la frontera de Tamaulipas, vía Monterrey, hasta Mazatlán…

 

‘México mantenía su soberanía sobre los tres pasos y soberanamente podía modificar el tratado. Es decir, el término "perpetuidad" no significaba para siempre sino sin fecha de terminación definida.’ De los 4 millones de dólares que entregaría el gobierno de EUA-James Buchanan Jr., aportarían 2 millones a la firma y los 2 millones restantes los reservarían para pago de reclamos y demandas de ciudadanos estadounidenses que se vieran afectados por el Tratado…

 

A Juárez le urgía el dinero para la administración y para la defensa de su gobierno de los conservadores inagotables y ambiciosos. No obstante debido a que Estados Unidos estaba en plena guerra de secesión, el Senado estadounidense no ratificó el Tratado porque esto podría fortalecer a los estados separatistas del sur… No hubo Tratado.

 

En México: División interna. Guerra de conservadores contra liberales. Falta de recursos para la mínima administración de gobierno. Espejo de discordias. Falta de trabajo. Pobreza extrema. Campo en desahucio… Improductivo y sin apoyo de nadie.

 

Todo caldo de cultivo para que el gobierno de Estados Unidos aprovechara la ocasión de hacerse de la soberanía mexicana… No pudo ser por circunstancias históricas, pero ahí está la lección: la debilidad de un gobierno puede ser aprovechada fácilmente por otro envenenado.

 

@joelhsantiago

OpinionLSR


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