Las grandes intereses económicos, políticos y de diferente naturaleza que se agrupan en torno al PRI y al PAN siempre han añorado un sistema electoral parecido al anglosajón en el que las contiendas se dan en un contexto bipartidista de alternancias deseables. Desean un esquema de demócratas y republicanos en la versión mexicana.

 

Más allá de los pleitos de coyuntura o las desavenencias concertadas (el voto en contra del PAN al aumento del IVA en la frontera por ejemplo), ambos partidos son parte del orden establecido y no representan ninguna "amenaza" al status quo que ha expandido la corrupción, la desigualdad, la pobreza y las violaciones a los derechos humanos. Por esa razón firmaron el pacto por México y empujaron una agenda de derecha en el primer tramo del gobierno de Enrique Peña Nieto, junto con el PRD, que ahora se ha convertido en un aliado menor del PAN, en el Verde del blanquiazul dirían algunos.

 

Más allá de la estridencia y la teatralidad de las campañas o de las victorias, está fresca la imagen del dirigente del PAN, Ricardo Anaya, como presidente de la Cámara de Diputados operando las reformas de Enrique Peña Nieto, en especial la reforma energética. En los grandes intereses que tienen postrado al país en una grave crisis económica, política, social y de derechos humanos no hay contradicción ni diferencia entre el PRI y el PAN, sus desacuerdos son por quien ocupa el poder gubernamental en cada ocasión. Dependiendo las tendencias electorales o posibilidades de los candidatos inclinan la balanza de uno lado u otro.

 

De igual manera, cuando los costos de la crisis se le cargan al PRI buscan que el PAN sea quien capitalice el descontento. Recordemos la década de los noventa cuando en plena crisis económica en el periodo de Ernesto Zedillo y ante el costo político para el PRI con el aumento al IVA del 10 al 15 por ciento (con la Roqueseñal como símbolo) el PAN empezó a cosechar triunfos hasta culminar con la victoria de Vicente Fox en el 2000.

 

Evidentemente este esquema prianista se concretó a partir de la llegada de Carlos Salinas de Gortari al poder (1988) de manera fraudulenta y cuando el PAN decidió legitimar a su gobierno. De entonces a la fecha está alianza se ha mantenido inalterada.

 

A veces se pelean priistas y panistas en temas coyunturales, pero luego vuelven a la reconciliación. Muchas veces en los debates de las reformas estructurales en la pasada legislatura federal les señale en retiradas ocasiones que se asemejaban a un mal matrimonio donde se pelean los cónyuges en el día y duermen juntos en la noche.

 

Este análisis, sin embargo, no resta mérito a la lucha democrática que el PAN abanderó por décadas desde su fundación en 1939 y a los liderazgos cívicos que a nivel local han surgido. Asimismo, no regateo méritos a candidatos triunfantes como José Rosas Aispuro en Durango y Javier Corral en Chihuahua, a quienes reconozco su trayectoria y tenacidad opositora.

 

No obstante, lo importante a resaltar en este escrito es que a nivel de la elección presidencial hay intereses que superan el dilema partidista PRI - PAN y la lógica es mantener incólumes los intereses que ambos partidos defienden y evitar que llegue a la presidencia alguien que pueda modificar el entramado de corrupción y el esquema económico, político y social imperante.

 

Por esa razón en dos ocasiones impidieron la llegada de una coalición de izquierda encabezada por López Obrador y pretenden hacerlo en una tercera ocasión, ya sea en contra del tabasqueño o de algún candidato independiente o ciudadano que pueda constituir un desafío al PRIAN.

 

En el 2006 cuando se desploma la candidatura de Madrazo en el PRI, gobernadores del norte de origen tricolor operaron a favor de Calderón y en contra de AMLO, y no es de dudarse que de continuar la tendencia a la baja del Revolucionario Institucional la élite ligada a Peña Nieto pudiera pactar con el blanquiazul, como ya lo señalan algunos y la experiencia histórica lo muestra.

 

No es casual como en los últimos días se ha venido insistiendo por parte de algunas voces interesadas en el paso ascendente del PAN rumbo al 2018 y es evidente que tuvo un triunfo notable el pasado 5 de junio, pero también para ponerlo en frente de la posibilidad de un triunfo de la izquierda en el 2018.

 

El reto para las fuerzas progresistas y ciudadanas es construir una alternativa al bicéfalo PRIAN que pueda triunfar en el 2018. Todo indica que el PRD, controlado por los chuchos, optará por seguir con Acción Nacional, de tal manera que Movimiento Ciudadano, Morena y las opciones independientes y sociales tienen un reto político mayúsculo que deberá ser resuelto con apertura, generosidad, inteligencia y sentido histórico. Esperamos que prevalezca el interés del país por encima de cualquier diferencia menor que pudiera haber y la alternancia sea verdadera y gire hacia las fuerzas progresistas y ciudadanas.

 

 @RicardoMeb

@OpinionLSR



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