Un poco de historia

Hacia los años veinte del siglo pasado, el gobierno mexicano hizo algunos intentos, modestos pero exitosos, por incursionar en la industria petrolera que, en ese entonces, se encontraba prácticamente en manos de compañías estadounidenses y anglo holandesas.

 

De tal forma en el año de 1923 se fundó el Departamento del Petróleo, el cual sería transformado en la Administración del Petróleo Nacional. Hacia 1932 (es decir hace 85 años), el ingeniero Trinidad Paredes, director de esta filial gubernamental, dio a conocer “El problema del petróleo en México”, memoria muy documentada en la cual señalaba la necesidad de una mayor participación del Estado en esta industria.

 

En parte la argumentación se originaba en los altos precios que el país debía pagar por las gasolinas, su creciente consumo y el estado de indefensión nacional ante las compañías extranjeras. Mediante datos comparativos se demostraba cómo los precios de la gasolina en el extranjero eran más bajos que los pagados en nuestro país.

 

Desde entonces la presencia nacional aumentó en la refinación del petróleo, lo cual se convirtió en un objetivo de distintas administraciones. Para ello se compró una pequeña refinería en las cercanías de Ciudad Madero. A partir de 1938, se repararon y actualizaron las instalaciones nacionalizadas, otro tanto se hizo en la construcción de oleoductos, plantas de almacenamiento, se realizaron labores de exploración y, por si fuera poco, se creó un Instituto para formar cuadros profesionales especializados en esta rama. El resultado de tales políticas fue que, al cabo de algún tiempo, hacia los años 70, se alcanzó prácticamente la autosuficiencia en la producción y consumo de gasolinas.

 

Pemex, la empresa nacional surgida del proceso nacionalizador, proveyó entonces de combustibles suficientes y baratos que coadyuvaron a la industrialización del país, generaron empleo y eventualmente crearon infraestructura en las plazas petroleras.

 

Un poco de actualidad.

En los primeros días del presente año, el gobierno mexicano decretó un aumento del orden del 16.8 al 21.7% a los precios de la gasolina (dependiendo del tipo de combustible) reconociéndose que, por lo menos en parte, ello se debe a la dependencia de la producción internacional, toda vez que actualmente poco más del 60% de los combustibles que se consumen en México son importados del extranjero, particularmente de los Estados Unidos. Esto propició que por primera vez Pemex presentara un balance deficitario ya que las importaciones de gasolina entre enero y noviembre del 2016 significaron una erogación de 15 mil 376 millones de dólares mientras que el monto de las exportaciones de petróleo crudo ascendió a 14 mil 38 millones de dólares en el mismo periodo. Los datos son en sí escandalosos para un país que se encuentra entre los máximos productores de petróleo del mundo y que en otro tiempo fue autosuficiente en la producción de refinados. Somos ahora un país petrolero que importa petróleo.

 

Sin embargo, esto no debe extrañar si se toma en cuenta que, en los últimos años se siguieron políticas que han desactivado la industria petrolera.

 

Algunas de las razones de esta debacle las encontramos en una constante disminución en la exploración y perforación de pozos. De acuerdo a datos de Pemex entre enero y noviembre del 2016 sólo se hicieron 105 perforaciones de pozos, lo cual representa la menor cantidad en 20 años. [Nayeli González “La perforación de pozos cae casi 60%”, en Excélsior 16 de enero del 2017, p.10 sección Dinero].

 

La consecuencia lógica ha sido, por una parte, que las reservas (probadas, posibles y probables) han disminuido en su conjunto. Por otro lado ello ha redundado en una importante baja de producción. En este punto los datos oficiales son igualmente alarmantes, por ejemplo en el 2016 la producción fue de 2.154 millones de barriles diarios, una caída sensible si se toma en cuenta que en el 2004 se alcanzó un record de 3.383 millones de barriles diarios.

 

En cuanto a la transportación de los combustibles la situación no es mejor, se observa ya como un problema grave la llamada “ordeña” a los oleoductos de Pemex, lo cual ha significado una importante y creciente merma a los combustibles transportados por esta vía creándose un mercado negro sin que las autoridades hayan podido, hasta el momento, detener este problema.

 

Por si fuera poco desde la Secretaría de Energía se ha admitido que el país sólo tiene capacidad para almacenar gasolinas por dos o tres días [Véase Alemán Vanessa, “Insuficiente capacidad para almacenar: SENER”, en Excélsior 14 de enero del 2017, p. 6], ya que sólo se cuentan con 89 terminales de almacenamiento y 8,958 kilómetros de ductos.

 

De manera más directamente relacionada con la producción de las gasolinas está el hecho de que el país, durante décadas, aumentó su capacidad de refinación, al punto de llegar a un millón 620 mil 500 barriles diarios en el año de 1982, actualmente, debido a circunstancias como falta de inversión, falta de cumplimiento en el compromiso de construir nuevas instalaciones, etcétera; se ha propiciado que esa capacidad no se vea aprovechada ni remotamente. A ello habrá que agregar el hecho de que en México no se ha construido una refinería por décadas (la última en abrir operaciones fue la de Salina Cruz en 1980), bajo la argumentación de que es más barato comprar la gasolina y otros combustibles en vez de producirlos. Hoy la realidad se ha empeñado en demostrar lo contrario. En el 2016, de acuerdo a datos oficiales de Pemex, se produjeron 325.3 mil barriles diarios de gasolinas, la menor cantidad desde 1985, ello en un contexto en el que la demanda de éste y otros derivados va en ascenso.

 

Como se puede observar el abandono de las tareas propias de la industria petrolera, en sus distintas fases (exploración, extracción, refinación y transporte) han dado como resultado una clara involución.

 

Lo que se observa son dos políticas básicamente opuestas, una que propiciaba la mayor intervención del Estado en la promoción de la economía (incluso con un sentido social), y otra que ha privilegiado el ascenso de las reglas del mercado y la eficiencia administrativa. Los resultados de ambas tendencias, ahora que se han completado las reformas económicas, están a la vista. Desde luego cabe la pregunta ¿Usted que hubiera hecho?

 

@institutomora

www.mora.edu.mx

 

*Héctor Luis Zarauz López.

Es doctor en Historia de México, por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM (2005), ha realizado investigaciones sobre formaciones regionales en los años del porfiriato, también ha realizado también trabajos de historia económica. Otra de sus líneas de trabajo está vinculada a la historia del petróleo de lo que han derivado trabajos sobre sindicalismo, políticas estatales e historia de las empresas del Estado.


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