A dos semanas de que se cierre el periodo de campañas, las #Elecciones2017 están dominadas por la incertidumbre. Con base en las encuestas publicadas en los últimos días, la competencia está muy cerrada en los tres estados en que se elegirá gobernador/a.

Hoy, resulta imposible hacer un pronóstico certero.

Los altos porcentajes de indecisión y los márgenes de error de las investigaciones impiden que alguno de los contendientes piense que tiene el triunfo asegurado.

El “laboratorio” del 2018 no será el mejor modelo prospectivo.

Las inercias de los viejos modelos de operación y las estrategias tradicionales de #ComunicaciónPolítica se convirtieron en lastres. En ningún caso se aprovecharon las oportunidades que se abrieron con el nuevo ecosistema mediático.

La desconfianza entre los partidos terminó por imponerse.

El marco legislativo no se modificó y difícilmente se darán los cambios que aún se requieren para entrar de lleno a la modernidad tecnológica.

La experiencia reciente no generó ningún punto de inflexión.

Mucho menos el golpe de timón que muchos desearon, tal y como sucedió en las pasadas elecciones presidenciales de Francia. Desafortunadamente se mantendrán las campañas sucias, la violencia verbal, el discurso antisistema y el debate intrascendente.

Por si fuera poco, la denuncia estará en el centro de la atención.

La compra del voto, el desvío de recursos públicos y la promoción personal en los millones de spots a los que tienen derecho unos cuantos dirigentes, ocuparán espacios significativos en las instituciones que integran el sistema electoral.

Los procesos electorales seguirán bajo sospecha.

Y la sospecha acentuará la desconfianza. También el alejamiento de un amplísimo porcentaje de la sociedad, que hoy no ve en la política la solución a los grandes problemas que aún aquejan a la nación.

Las campañas convencionales no funcionaron.

Tampoco los ataques que se transforman en guerra sucia ni las guerras sucias que se convierten en campañas negras. Un número importante de partidos y personajes políticos siguen sin darse cuenta de que lo único que están incrementando es el hartazgo, el cansancio y la confusión en la ciudadanía.

Las batallas estériles se han trasladado a las #RedesSociales.

Las conversaciones auténticas, creativas y horizontales fueron disminuidas —o se quedaron atrapadas— en medio de la “guerra de lodo” y los mensajes verticales dominados por las acusaciones y descalificaciones contra los adversarios, o en la similitud de las propuestas que hicieron a la ciudadanía todos los partidos.

Con este tipo de acciones, la democracia se debilita.

Si bien la incertidumbre es uno de los rasgos distintivos de la democracia, la forma en que se han llevado a cabo las campañas nos complican el diseño de escenarios confiables que nos ofrezcan la posibilidad de enriquecer la competencia, el debate de altura y el posicionamiento de la imagen personal de las/os candidatas/os y sus propuestas.

¿Quiénes ganarán, entonces?

Tal vez no los mejores. Las sociedades también se equivocan. Y el riesgo es mayor cuando quienes deben tomar la decisión, por medio del voto, no cuentan con la información suficiente y de calidad porque los emisores no se comunican con ella de manera eficaz.

México vive tiempos de volatilidad política.

Una de las consecuencias de esta situación es que las casas encuestadoras no pueden anticipar los resultados finales con la precisión debida. Sin embargo, lo que sí están aportando son datos significativos para comprender el origen del problema.

Las causas de la desconfianza ciudadana son claras.

La inseguridad, los problemas económicos, la violencia desatada por el crimen organizado, la pobreza y la corrupción se mantienen entre los temas más sensibles. La baja aprobación a los gobernantes, la lejanía con los partidos tradicionales y el incumplimiento de sus promesas han acentuado la crisis de liderazgos que vive el país.

El sistema de partidos tradicionales está muy desgastado.

Sin embargo, el proceso electoral de este año confirmó que aún no se ha abierto el espacio para los liderazgos emergentes o las fuerzas políticas innovadoras que podrían surgir en momentos de desánimo o decepción. Sin duda están dadas las condiciones para generar un cambio profundo de nuestro sistema político. Pero es evidente que algunos grupos o personajes poderosos no lo quieren.  

¿Qué podemos esperar?

A menos que ocurra un conflicto de enormes dimensiones —me refiero a uno que en verdad remueva conciencias y genere movilizaciones importantes desde la sociedad—, seguiremos en la inercia del gatopardismo: pretender cambiar todo para que las cosas sigan iguales.

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