Dos efemérides se han cumplido en apenas unas semanas: dos años de la caída en prisión de Elba Esther Gordillo (febrero 26 de 2013), defenestrada como presidenta del SNTE, y una década (enero 30 de 2005) de que el Partido Nueva Alianza (Panal) fuera creado por aquélla como alarde en su momento de mayor poder, cuando se imaginó con capacidad para dirigir en forma vitalicia al sindicato más grande América Latina, crear su propia central obrera, su propio brazo electoral e imponer a un presidente de la República.

 

De frente a un nuevo proceso electoral, desde la administración Peña Nieto se tomó la decisión de soltar de la mano al Panal con el aparente cálculo de una extinción política. Tomará apenas unos meses saber si tal destino se cumple y Nueva Alianza pierde su registro, o si sobrevive y se demuestra que la apuesta resultará cara al gobierno, ante la volatilidad de las corrientes magisteriales y los hilos que se tejen ya hacia el 2018.

 

El destino del Panal, cualquiera que vaya a ser, deberá ser contrastado con lo que ocurra con la franquicia familiar y de negocios denominada Partido Verde, cuya alianza con el PRI le garantizará al menos medio centenar de diputaciones federales y cientos más de posiciones en comicios locales en todo el país. El pacto con el Verde ha quedado evidenciado con los privilegios otorgados a éste en la televisión y su condición de intocable ante el INE, lo que atrajo ya una crisis interna en el organismo que preside Lorenzo Córdova.

 

Ahora se repite lo ocurrido en enero de 2012, cuando tras la convulsión en el PRI que costó la cabeza de su presidente Humberto Moreira, el Institucional –ya bajo la directriz de Peña Nieto-  consideró “incómoda” su alianza con el Panal, que fue orillado a ir solo a los comicios tras formalizar una ruptura “suave” con el nuevo dirigente Pedro Joaquín Coldwell, actual secretario de Energía. Pero Gordillo aún conservaba fuerza en todo el país, y en las elecciones de ese año el Panal alcanzó sus actuales 10 diputaciones federales y una senaduría de mayoría.

 

Mucho agua ha corrido bajo el puente que forjó la relación entre la dirigencia del SNTE -de donde emergió el Panal- y el equipo del presidente Peña Nieto, a varios de cuyos integrantes el gremio acompañó en su encumbramiento. Entre ellos destaca Miguel Ángel Osorio Chong, actual secretario de Gobernación. Por años, Osorio expresó no solo gratitud sino lealtad a la profesora Gordillo por haberlo apoyado en su carrera, especialmente en la conquista de la gubernatura de Hidalgo (2005-2011).

 

De acuerdo con múltiples testimonios, en enero de 2013, con apenas semanas en el cargo,  Osorio se reunió en privado con la señora Gordillo, a la que advirtió que lo hacía por última vez en condición de su amigo, pues en adelante le hablaría como secretario de Gobernación.  Le reclamó haber incumplido un compromiso para perfilar su retiro de la dirigencia del SNTE; antes al contrario, meses antes, en octubre de 2012, en un congreso en Cancún, ella se había hecho reelegir en forma ruidosa, por seis años más, del que no cumplió siquiera el primero.

 

La caída de la lideresa dio paso a Juan Díaz como nuevo dirigente y dotó al Panal de una mayor autonomía relativa, bajo la conducción de Luis Castro. En la “sana cercanía” que supuso el actual orden de cosas, tanto Nueva Alianza como el PRI arribaron a un principio de alianza electoral, que volvió a topar con directrices personificadas en la directiva del Institucional, en esta ocasión encabezada por César Camacho.

 

Fuentes cercanas al líder mexiquense y al Panal aseguraron a este espacio que la oferta priísta de pacto garantizaba no más de nueve diputaciones federales para el Panal contra las 10 de que dispone actualmente. Para ese entonces, hacia diciembre pasado, el acuerdo con el Verde suponía 25 diputaciones, mismo número que reclamó Nueva Alianza, sin éxito, lo que derivó en una nueva ruptura.  Al final del proceso el Verde encareció  aún más la negociación –y lo hace cada día, al parecer-, pues acabó garantizando para sí al menos 43 curules en San Lázaro.

 

Durante los últimos dos meses Nueva Alianza estará haciendo cálculos sobre los escenarios que le permitan no sólo sobrevivir a la aduana electoral de julio sino conquistar un espacio que le asegure capacidad de interlocución con el gobierno Peña Nieto. Se trata sin duda un momento complejo no sólo para ese partido sino para la dirigencia del SNTE, acosada por una disidencia desafiante personificada por la CNTE, con presencia ya en al menos 20 estados del país.

 

Dos noticias disponibles ofrecen perspectivas variopintas para el Panal. Por un lado, gobernadores priístas han buscado al dirigente Luis Castro para establecer alianzas en comicios locales, lo que le garantiza fuerza local y, puede suponerse, cierto respaldo en candidaturas a diputaciones federales, el ámbito donde debe obtener el porcentaje mínimo de votación para conservar su registro y disponer de su propia bancada.

 

Si se equivoca en este nuevo ciclo de negociaciones, el Panal corre el riesgo de conquistar presencia regional (actualmente tiene más de medio centenar de diputados locales), pero ello no le garantizará presencia nacional. Sin bancada en San Lázaro, adiós relevancia nacional.

 

Pero no sólo los mandatarios priístas buscan sumar a sus activos a los operadores electorales del Panal y por extensión del SNTE.  Destaca el panista poblano Rafael Moreno Valle, engendro nato de la maestra Gordillo, a quien ha logrado sobrevivir tras mostrar una subordinación inmediata y absoluta al presidente Peña Nieto.

 

Moreno Valle, viejo aliado del Panal y del SNTE, fue hecho a un lado por ambos cuando las nuevas circunstancias impusieron una cercanía con el PRI y el gobierno.  Pero el poblano cree ver ahora una nueva oportunidad  de retomar una presencia en el sector que le es vital para que sigan teniendo oxígeno sus ambiciones rumbo al 2018.

 

robertorock@lasillarota.com

 

 



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