Detrás de cámaras

A principios de los noventa, una joven argentina universitaria me contó la anécdota con la que se hizo viajera. Resulta que quiso ir a un partido del Boca, que se enfrentaría contra su rival acérrimo: El River. Al consultarlo con su padre, éste no solo derramó el mate sobre la mesa, sino que un rotundo ¡no!, comenzó un rosario de advertencias sobre el peligro de acercarse siquiera por allí.

 

El padre le dijo que eso era más que ¡una boludez!, un acto de irresponsabilidad inadmisible. El intercambio de opiniones, hizo que el padre le dijera que pidiera otra cosa, menos esa locura. Pese a que se privó de conocer el estadio de la Boca, su recompensa fue ir de vacaciones a la playa por una semana.

 

Su anécdota, en ese entonces, me resultó inaudita.

 

En ese entonces hablar de violencia en las tribunas en el futbol mexicano, era algo menos que entendible para un aficionado que recibía permiso para ir al futbol con la estricta condición materna de que llevara papel de sobra por si tenía alguna contingencia estomacal por mi irremediable afición a los tacos de canasta. Pero muchas cosas han cambiado.

 

Expúlsalos pero no me dejes sin juego

El fin de semana del 10 al 12 de marzo de 2017, fue raro. El futbol mexicano no cumplió con el ritual de lo habitual: saciar al espectador con partidos y programas de televisión sobre la jornada casera.

 

Sin embargo, esa pausa pudo servir para pensar sobre algo central para los consumidores. Las violencias dentro y fuera del estadio parecen un síntoma de algo que se ha salido de las manos. Si vemos la caldera por dentro, en los estadios las violencias a la carta ya son parte de las especialidades de la casa y es algo que se sigue naturalizando.

 

Antes, los estadios estaban enjaulados. Imágenes sobran para ejemplificar a los aficionados trepados sobre las rejas con la mirada clavada sobre algún jugador en específico, enjuiciando su accionar dentro de la cancha o recordándole al árbitro quién, según ellos, lo parió.

 

Ahora ya sin rejas, el hecho de que los árbitros del futbol mexicano pararan la liga en la jornada 10 de la liga MX, fue algo inaudito. ¿Por qué parar si están en juego millones de pesos, perdón, de emociones? ¿Un secuestro con factura para las audiencias y los aficionados?

 

Primero, si un árbitro es agredido en cualquier estadio del mundo, en principio cuenta con un grupo de seguridad que está destinado a resguardar su integridad física. Pero aun así, están en peligro latente por simple aritmética ya que junto con sus auxiliares y los suplentes, son cuatro, cinco. Su mayor defensa son las tarjetas para frenar la embestida. Pero como vimos, su autoridad no está a prueba de explosiones de cabezazos de despecho e impotencia.

 

Segundo, los árbitros cargan con ese extraño oficio de nazarenos en una cazuela con miles de peregrinos rodeando el césped y listos para maldecirlos. Durante el partido son interpelados; les gritan y juzgan su trabajo con tal obsesión que parece que lo que está en juego es la vida misma de los que pierden, como en el juego de pelota mesoamericano.

 

Ellos tienen un pito negro para silbar, y como escudos, las tarjetas para detener a los machos alebrestados y echar del campo a los más violentos y tramposos; aunque nunca se ha visto que se dirijan a los palcos de los reyes del coliseo.

 

Tercero, Eduardo Galeano describe al nazareno:

 

(…) con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad en el futbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden (…)

 

Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla.

 

Como sujeto anti héroe del cuento, él tiene la facultad de decidir cuándo es gol y cuándo el jugador debe irse a las regaderas antes de que acabe la riña.

 

Tiempo añadido

Pese a que la calidad del arbitraje en México puede y debe estar a discusión, los nazarenos al parar la liga mandaron un mensaje que rebasa los terrenos del estadio y llega de primera a las canchas de polvo de las ligas llaneras en todo el territorio mexicano.

 

Al parar para pedir que se respetara lo que dos de ellos habían escrito en la cédula arbitral, no solo exigieron que se respetara el reglamento, sino que visibilizaron los acuerdos meta-legales en la liga mexicana y lo más importante, le mandaron un mensaje a la afición y a los cientos de miles de futbolistas que juegan en las ligas de los barrios, pueblos y demás lugares donde hay torneos: que no se puede atacar a un árbitro sin que esto tenga consecuencias.

 

La violencia en México no ha escapado a las canchas de juego. Pero la vulnerabilidad de los árbitros en las canchas de futbol amateur ha llegado al exceso de que uno de ellos en meses recientes perdiera la vida en Hidalgo, por el cabezazo de un jugador que había expulsado. 

 

Juan Villoro señala que “el juego se juega dos veces, en la cancha y en la mente del público”. En esta ocasión, solo jugaron los fantasmas en los estadios, y en la mente del público, ojalá esta parada obligatoria nos haga pensar que las palabras de la mujer hñahñú Estela Hernández, también aplican para el futbol: “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

 

 

Que la dignidad se haga costumbre

 

Detrás de cámaras

A principios de los noventa, una joven argentina universitaria me contó la anécdota con la que se hizo viajera. Resulta que quiso ir a un partido del Boca, que se enfrentaría contra su rival acérrimo: El River. Al consultarlo con su padre, éste no solo derramó el mate sobre la mesa, sino que un rotundo ¡no!, comenzó un rosario de advertencias sobre el peligro de acercarse siquiera por allí.

 

El padre le dijo que eso era más que ¡una boludez!, un acto de irresponsabilidad inadmisible. El intercambio de opiniones, hizo que el padre le dijera que pidiera otra cosa, menos esa locura. Pese a que se privó de conocer el estadio de la Boca, su recompensa fue ir de vacaciones a la playa por una semana.

 

Su anécdota, en ese entonces, me resultó inaudita.

 

En ese entonces hablar de violencia en las tribunas en el futbol mexicano, era algo menos que entendible para un aficionado que recibía permiso para ir al futbol con la estricta condición materna de que llevara papel de sobra por si tenía alguna contingencia estomacal por mi irremediable afición a los tacos de canasta. Pero muchas cosas han cambiado.

 

Expúlsalos pero no me dejes sin juego

El fin de semana del 10 al 12 de marzo de 2017, fue raro. El futbol mexicano no cumplió con el ritual de lo habitual: saciar al espectador con partidos y programas de televisión sobre la jornada casera.

 

Sin embargo, esa pausa pudo servir para pensar sobre algo central para los consumidores. Las violencias dentro y fuera del estadio parecen un síntoma de algo que se ha salido de las manos. Si vemos la caldera por dentro, en los estadios las violencias a la carta ya son parte de las especialidades de la casa y es algo que se sigue naturalizando.

 

Antes, los estadios estaban enjaulados. Imágenes sobran para ejemplificar a los aficionados trepados sobre las rejas con la mirada clavada sobre algún jugador en específico, enjuiciando su accionar dentro de la cancha o recordándole al árbitro quién, según ellos, lo parió.

 

Ahora ya sin rejas, el hecho de que los árbitros del futbol mexicano pararan la liga en la jornada 10 de la liga MX, fue algo inaudito. ¿Por qué parar si están en juego millones de pesos, perdón, de emociones? ¿Un secuestro con factura para las audiencias y los aficionados?

 

Primero, si un árbitro es agredido en cualquier estadio del mundo, en principio cuenta con un grupo de seguridad que está destinado a resguardar su integridad física. Pero aun así, están en peligro latente por simple aritmética ya que junto con sus auxiliares y los suplentes, son cuatro, cinco. Su mayor defensa son las tarjetas para frenar la embestida. Pero como vimos, su autoridad no está a prueba de explosiones de cabezazos de despecho e impotencia.

 

Segundo, los árbitros cargan con ese extraño oficio de nazarenos en una cazuela con miles de peregrinos rodeando el césped y listos para maldecirlos. Durante el partido son interpelados; les gritan y juzgan su trabajo con tal obsesión que parece que lo que está en juego es la vida misma de los que pierden, como en el juego de pelota mesoamericano.

 

Ellos tienen un pito negro para silbar, y como escudos, las tarjetas para detener a los machos alebrestados y echar del campo a los más violentos y tramposos; aunque nunca se ha visto que se dirijan a los palcos de los reyes del coliseo.

 

Tercero, Eduardo Galeano describe al nazareno:

 

(…) con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad en el futbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden (…)

 

Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla.

 

Como sujeto anti héroe del cuento, él tiene la facultad de decidir cuándo es gol y cuándo el jugador debe irse a las regaderas antes de que acabe la riña.

 

Tiempo añadido

Pese a que la calidad del arbitraje en México puede y debe estar a discusión, los nazarenos al parar la liga mandaron un mensaje que rebasa los terrenos del estadio y llega de primera a las canchas de polvo de las ligas llaneras en todo el territorio mexicano.

 

Al parar para pedir que se respetara lo que dos de ellos habían escrito en la cédula arbitral, no solo exigieron que se respetara el reglamento, sino que visibilizaron los acuerdos meta-legales en la liga mexicana y lo más importante, le mandaron un mensaje a la afición y a los cientos de miles de futbolistas que juegan en las ligas de los barrios, pueblos y demás lugares donde hay torneos: que no se puede atacar a un árbitro sin que esto tenga consecuencias.

 

La violencia en México no ha escapado a las canchas de juego. Pero la vulnerabilidad de los árbitros en las canchas de futbol amateur ha llegado al exceso de que uno de ellos en meses recientes perdiera la vida en Hidalgo, por el cabezazo de un jugador que había expulsado. 

 

Juan Villoro señala que “el juego se juega dos veces, en la cancha y en la mente del público”. En esta ocasión, solo jugaron los fantasmas en los estadios, y en la mente del público, ojalá esta parada obligatoria nos haga pensar que las palabras de la mujer hñahñú Estela Hernández, también aplican para el futbol: “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

 

@jorgemenecs1

@OpinionLSR

 

Jorge Alberto Meneses Cárdenas

Es profesor-investigador en La Universidad del Mar, en Huatulco. Estudió antropología social en la ENAH y sociología política en el Instituto Mora. Realizando la investigación doctoral sobre Juventudes indígenas universitarias en México y Colombia (UNAM). Entre sus cursos impartidos están los de antropología del futbol. Ha publicado artículos de opinión sobre la relación entre futbol,  política y cultura. Sus intereses de investigación giran en torno a las juventudes, la cultura digital, la antropología del deporte, la migración y la cultura popular. jorgemenecs@hotmail.com

 

@institutomora

www.mora.edu.mx

 

> Lee más sobre el autor


Debe iniciar sesión para poder enviar información

Debe iniciar sesión para poder enviar información