El entusiasmo despertado en el PRI tradicional por la llegada de Manlio Fabio Beltrones a la presidencia del partido se agota muy rápidamente. Desde las regiones del país surge un desencanto por la falta de señales que permitan suponer que realmente el control del partido y sus decisiones se hallan, como en los “buenos tiempos”,  sólo en Los Pinos y en el despacho del sonorense.

 

La anulación de los comicios celebrados en Colima ha tenido el impacto de un golpe en estómago para un segmento muy importante del partido oficialista. La reposición del proceso estatal, programada para diciembre, anticipa la derrota de Ignacio Peralta, quien abanderó no únicamente al tricolor sino que fue el aspirante a mandatario estatal más cercano al presidente Enrique Peña Nieto.

 

En este mismo orden de ideas, el pasado lunes fue difundido un audio por redes sociales y en múltiples medios, según el cual el ex gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, festeja entre risotadas y palabrotas, las maniobras para imponer al senador Eviel Pérez Magaña como candidato del PRI a la gubernatura. 

 

Durante su conversación con un complaciente interlocutor, éste le sugiere acudir con Beltrones para que “baje” o descarte a otros aspirantes y procese internamente la postulación del protegido de Ruiz.  Se deja por sentado en quien escucha el audio que el ex mandatario oaxaqueño tiene esa capacidad de influencia sobre el presidente de su partido, con quien efectivamente se le liga.

 

A una semana de lo ocurrido, Ruiz no se ha deslindado de dicho audio ni existe reporte alguno de que la dirigencia nacional priísta lo haya llamado al orden a él ni a otros implicados en el creciente jaloneo por la sucesión oaxaqueña.

 

La señal se multiplica en muchos de los otros estados en donde habrá cambio de gobernador el próximo año. El mensaje parece ser el veterano principio de “dejar pasar, dejar hacer”, donde gobernadores, cacicazgos y grupos de poder, funcionarios federales e incluso mafias de diverso corte creen encontrar espacio para influir en el futuro político de regiones completas de la República.

 

En las semanas previas, desde el primer círculo de Beltrones Rivera surgió la expectativa de que las candidaturas en los estados que acudirán a las urnas en junio del próximo año serían definidas en diciembre, pese a que en la mayoría de los casos el registro oficial está programado hasta febrero.

 

Lo anterior, se aseguraba, perseguiría la intención de conciliar con eficacia a las partes involucradas, apuntalar a quien resultara designado y desarrollar con margen de maniobra la tradicional “operación cicatriz” donde los no favorecidos obtienen un espacio en el nuevo núcleo de poder. Una operación, por cierto, que estuvo ausente en la mayor parte de los casos de las nueve gubernaturas este año.

 

Esta visión, para prosperar, obliga a concentrar en pocas manos la toma de decisiones, así como la definición de un árbitro que todos reconocen y al que todos se someten. El modelo acostumbraba funcionar con el Presidente como “fiel de la balanza”, como establece el lugar común, y con el dirigente del partido como correa de transmisión de la voluntad presidencial y operador hacia dentro y hacia fuera de su partido.

 

El PRI de este momento sin embargo, cabalga con triple montura: hay un Presidente priísta que deja sueltos a varios de sus colaboradores para empujar a aspirantes sin pasar por la aduana del partido. Existen gobernadores que se consideran llamados a colocar a sus protegidos, y hay un partido cuyos dirigentes se hallan a la espera de reglas del juego claras sobre las cuales hacer funcionar a la organización.

 

Otra realidad imperante es que el régimen da claras señales de que a diferencia de lo que ocurrió en el pasado, no puede gravitar en un solo partido, que por otro lado sigue perdiendo base política y social. Hace tiempo ya que el PRI habría sido desplazado del control de Cámara de Diputados si no contara con la suma de votos de partidos tan poco presentables como el Verde o Nueva Alianza.

 

Para sostener su proyecto político, el presidente Peña Nieto está teniendo que construir un modelo en el que pacta con otras agrupaciones partidistas y acompaña la construcción de candidaturas de oposición a su partido, incluso aquellas perfiladas  hacia el 2018, con excepción obvia de Morena, al que se busca cerrar el paso.

 

En este nuevo modelo el PRI del carro completo, o incluso el de las visiones unánimes, tendrá escenarios muy incómodos. Nuevas realidades le salen al paso cunado las viejas formas no acaban de morir. Pero un error de cálculo llevará al partido de Beltrones a un ciclo de fracasos electorales como no se ha visto en la historia moderna del país, y puede arrojarlo de Los Pinos nuevamente en 2018.

 

rockroberto@gmail.com

 



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