Manlio Fabio Beltrones deberá decidir en las próximas semanas si intenta impulsar un liderazgo en el PRI con el alcance que no pudo, no quiso o no lo dejaron protagonizar como dirigente de su partido, al que en junio pasado acompañó en una amarga derrota electoral.

 

Ese episodio colocó al Institucional con una rodilla en el piso y manchó con marca de fuego la trayectoria del sonorense, una de las más relevantes y rica en matices entre la clase política mexicana.

 

De acuerdo con el testimonio de aliados políticos, Beltrones Rivera analiza emprender un activismo al interior del PRI con vistas a su próxima Asamblea Nacional, que representará la última oportunidad para sacudir al partido oficial, si no desea ser echado nuevamente de Los Pinos en el 2018.

 

Es difícil imaginar que el nuevo dirigente, Enrique Ochoa Reza, tenga el margen de maniobra para conducir esa transformación que, para ser eficaz, debería afectar la lógica y los intereses de aquellos que lo colocaron en el cargo.

 

Algunos de quienes han conversado en privado con Beltrones Rivera en las semanas recientes, lo describen reservado e introspectivo, tomando distancia de factores que actuaron en contra a su partido a la hora de las urnas, especialmente el mal desempeño de la economía, errores en la definición de candidaturas y el mediocre trabajo de gran parte de los gobernadores priístas, en particular su injerencia desatada en el proceso de elegir al candidato oficial para sucederlos.

 

Pero Beltrones dejó correr las cosas, y su silencio de entonces lo hace responsable de las consecuencias. Así lo hizo pese a que tuvo siempre a la mano un referente histórico que le pudo haber inspirado para buscar un camino alterno. No construyó esa opción, por lo que está en deuda con aquellos que pensaron que el PRI iba a poder ser diferente con él al frente.

 

Ese referente tiene ahí más de 40 años, y se generó durante la dirigencia priísta de Jesús Reyes Heroles, un periodo de tres años (1972-1975) en el que condujo un partido capaz de contener los excesos del entonces presidente de la República, Luis Echeverría, en una época en la que nada, o casi nada, ocurría sin la voluntad presidencial.

Frente a Echeverría, del que se decía entre bromas y veras que no dormía para no dejar de ejercer su poder,  Reyes Heroles no dudó en decir no, que es como cada quien construye su libertad y cuida una trayectoria personal, que en este caso arrancaba en 1939.

 

El politólogo Federico Reyes Heroles publicó recientemente un libro que evoca a su padre, “Orfandad. El padre y el político”, en el que refiere conversaciones centrales de esa etapa sustantiva.

 

Detalla por ejemplo, la determinación de Reyes Heroles para frenar una candidatura al gobierno de Veracruz que habría generado una crisis para el PRI. Se trataba de Manuel Carbonell de la Hoz, funcionario estatal al que impulsaba el mandatario en funciones, Rafael Murillo Vidal, quien contaba –le confió don Jesús a su hijo Federico en esos días- con “un aliado en Los Pinos”, que resultó ser el propio presidente Echeverría.

 

En un discreto coloquio poco antes de una visita del Presidente a Veracruz, Reyes Heroles le habría dicho: “Si el candidato es Carbonell, me voy”. Los operadores echeverristas filtraron sin embargo a la prensa que Carbonell era el bueno. Don Jesús le anticipó a su hijo: “Me voy, pero me lo llevo conmigo”. En las siguientes horas dio una entrevista al reportero Ángel Trinidad Ferreyra en “Excélsior”, con una frase que era una lápida política: “Yo, como veracruzano, no he votado por él”.  

 

Rafael Olivares, quien fue secretario particular de Carbonell, publicó años después su testimonio de esos días: “Tuvimos la candidatura 72 horas”. El anuncio oficial otorgó finalmente la postulación a Rafael Hernández Ochoa.

 

Su tiempo de dirigente partidista le alcanzó todavía a Reyes Heroles para pronunciar un discurso en otro contexto más delicado aún: una pieza plena de reflexiones sobre la temporalidad de los políticos y su obligación de respetar el estado de derecho, una crítica indirecta, pero demoledora, a las aspiraciones del mismo Echeverría para ser reelecto en el cargo o, en su defecto, dirigir a las naciones del tercer mundo desde la Secretaría General de la ONU. Fracasó en ambos propósitos.

 

En septiembre de 1975 Reyes Heroles dejó efectivamente la dirigencia del partido, y fue relevado por Porfirio Muñoz Ledo. Conquistó para siempre el rencor de Echeverría, lo que no le impidió ser el primer secretario de Gobernación de su sucesor, José López Portillo. Todavía en el siguiente sexenio Miguel de la Madrid lo hizo secretario de Educación, tarea que desempeñaba cuando murió en 1985, a los 63 años.  

 

¿Cuántos aspirantes fallidos hubo a la gubernatura de Veracruz este 2016? Media docena al menos. ¿Cuántos Murillo Vidal en los estados en donde el PRI fue derrotado en junio pasado? ¿Quiénes fueron sus “aliados” en Los Pinos?

 

Jesús Reyes Heroles tenía claro que siendo hijo de españoles, no podía aspirar a la Presidencia de la República –la reforma constitucional respectiva tardaría décadas en llegar. No era un experto en temas electorales, no había controlado ejércitos de operadores. Pero honraba su profesión de abogado, conocía la historia del país y tenia una visión liberal sobre la misma.

 

Manlio Fabio Beltrones sí quiere ser presidente de la República, o trabajaba para ello antes del desastre electoral de junio que le ha sido cargado sobre la espalda por muchos de sus “aliados” que mostraron ser temporales.

 

Es probable que el político sonorense intente una reivindicación de frente a quienes lo siguen y ante su propia historia personal. Es probable que sea cierto que no va a aceptar ningún cargo en la administración Peña Nieto.

 

Es posible que haya un camino de regreso para Beltrones. Pero ese camino tendría una aduana ineludible: explicar por qué decidió no ser, en su tiempo al frente del PRI, el Reyes Heroles que su partido y su país siguen necesitando.

 

rockroberto@gmail.com

 @OpinionLSR


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