La derrota electoral del 5 de junio arrodilló por igual al gobierno del presidente Peña Nieto, a la dirigencia de Manlio Fabio Beltrones, en el PRI, y a una parte central de la clase política del partido oficial. Para el priismo, se trata de un punto de quiebre sólo comparable con la debacle del 2000 en la Presidencia de la República.  Pero el Institucional no está solo en este revés ante las urnas. 

 

En las horas y días posteriores al “domingo negro” priista se ha ido abriendo paso la certeza de que se vive un fin de ciclo en los estilos de la política mexicana en general, que experimenta un agotamiento muy evidente en los ámbitos del oficialismo, pero cuyas prácticas y desprestigio se han extendido a espacios gobernados por otros partidos, notablemente el PRD, tanto en la ciudad de México, con Miguel Ángel Mancera, como en en Oaxaca, con Gabino Cué.

 

Esos estilos, que en sus rasgos esenciales se pueden distinguir también en el PAN, exhiben su mayor crisis en administraciones estatales y municipales, con gobernantes que no se someten a mandato alguno, que asumen el erario como patrimonio personal y de grupo, desempeñándose de espaldas a la población.

 

Por si hiciera falta, estos virreyes estatales también se muestran incompetentes para conducir una administración con los mínimos necesarios de eficacia en materia de seguridad pública, empleo y equidad social. Son pues, autócratas, cínicos, impunes, miopes  y, encima, inútiles.

 

Ante este panorama, del que se derivan escenarios sombríos para PRI y PRD en el 2018, dentro de ambos partidos crece el reclamo de que se abran espacios no sólo a nuevos rostros y nuevas generaciones, sino también para otras visiones sobre la política. Si ese recambio no ocurre pronto, lo que vendrá será otro grito: “¡Que se vayan todos!”

 

Por el lado de las dirigencias partidistas las cosas no lucen mejores.

 

Las historias de las semanas previas a la convulsión electoral dan cuenta de la voracidad y miopía de políticos de todo corte. Ya se anticipaba una jornada desastrosa para el PRI y el PRD, pero personajes que se ostentaban como cercanos a los dirigentes respectivos presionaban a los candidatos y sus equipos de campaña para contratar servicios absurdos, en una lógica que sólo puede describirse como de pillaje y rapiña.

 

Fue el caso de empresas que obligan a candidatos a comprar a precios por encima de mercado material electoral (camiseta, pendones, plásticos), ligadas con Jesús Ortega, fundador de la facción perredista “Los Chuchos” y quien conserva amplias cuotas de poder bajo la actual dirigencia de Agustín Basave. Ortega y su operador financiero, Luis Cházaro,  han logrado apilar bienes y fortunas como pálidos émulos del priismo más voraz.

 

Al mismo tiempo,  mercaderes que se presentaban como “operadores” de la estrategia de Manlio Fabio Beltrones en el PRI intentaban su propia cuota de negocios. Uno de ellos fue el señor Antonio Ramos, presunto experto en operación de campañas radiofónicas, incluidas las “guerras sucias”, que pedía –más bien, exigía- al menos 10 millones de pesos a los respectivos candidatos en cada uno de los 12 estados donde hubo contiendas para renovar gubernaturas.

 

Mucha tinta ha corrido en estos días dando cuenta de la magnitud de las derrotas del PRI no sólo en gubernaturas, sino también en las contiendas municipales y en el control de diputaciones para los Congresos locales. Pero el repudio de los votantes llevó al PRD a infiernos parecidos, como en Oaxaca, donde era gobierno y ahora cayó al cuarto lugar como fuerza electoral, o en la ciudad de México, donde fue superado nuevamente por Morena en el proceso para formar el Constituyente.

 

Por lo que se refiere al PRI, desde el Estado de México surgió el sábado pasado un primer ejercicio serio de autocrítica en la voz del gobernador Eruviel Ávila,  justo uno de los personajes cuyas oportunidades para el 2018 están limitadas por el círculo de acero construido por funcionarios y dirigentes partidistas en torno al presidente Peña Nieto.

 

Ávila convocó a dos centenares de líderes partidistas, legisladores e incluso a personajes singulares como Francisco Guzmán Ortiz, el relevo de Aurelio Nuño en la Oficina de la Presidencia de la República. Todos ahí eran conscientes de que si el PRI pierde en la elección del próximo año para la gubernatura, ya se puede ir despidiendo otra vez de Los Pinos en 2018, y esta vez quizá por más tiempo.

 

Por parte del PRD los vientos de cambio no se anticipan con claridad. Si en el Institucional Beltrones Rivera ya ofreció a Peña Nieto su renuncia como el rostro más visible de la derrota, en el perredismo Basave no logró hacerse realmente de los controles del partido para intentar una renovación que en este momento se antoja todavía remota.

 

En el PAN se anticipa una guerra civil entre el dirigente triunfador, Ricardo Anaya –cuyas arengas buscan ocultar que la mayor parte de los candidatos ganadores le son adversos, con excepción del veracruzano Miguel Ángel Yunes Linares-, y la otra figura de la organización, también con buenas cuentas en las votaciones: Rafael Moreno Valle, gobernador de Puebla.

 

El telón de fondo de todo este panorama lo ofrece uno de los principales ganadores de la jornada electoral, Andrés Manuel López Obrador, presidente de Morena, con un avance notable en todo el país que lo coloca como aspirante competitivo, por tercera vez consecutiva, en la búsqueda de la Presidencia en 2018.

 

rockroberto@gmail.com

@OpinionLSR



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