La virtual destitución de Carlos Navarrete como presidente del Partido de la Revolución Democrática (PRD) no marca el derrumbe de la dirigencia del guanajuatense.  Anticipa el fin de un largo periodo de dominio de ese organismo político por parte de la facción Nueva Izquierda (NI) –Los Chuchos-, que encabeza Jesús Ortega y que ha impuesto a los suyos en los últimos tres relevos en el control de la agrupación.

 

Con Jesús Ortega mismo inicialmente, luego con Jesús Zambrano y finalmente con Navarrete Ruiz, NI configuró un PRD que tuvo en el control de las estructuras y en la negociación con el gobierno federal –fuera del PAN o del PRI- su principal esquema de fortaleza. Los Chuchos se han enfrentado al dilema de mantener el control o abrir el partido a nuevas voces y expresiones. Siempre optaron por el primero.

 

La consecuencia, denunciada por voces múltiples dentro y fuera del PRD, ha sido un aniquilamiento progresivo de la vida interior del partido, una reducción de espacios para el debate político e ideológico y un pragmatismo que deriva en pactos a los que se les atribuye ocultar complicidades y negocios.

 

Cuauhtémoc Cárdenas, fundador del PRD y protagonista de algunas de sus etapas más importantes, abandonó la agrupación con discreción, pero con eficacia para denunciar que ese partido iba en vías de convertirse en una franquicia sin eficacia electoral, carente de voz opositora e inútil para la ciudadanía. Muchos más han seguido el camino del ingeniero Cárdenas.

 

Los resultados de los comicios de junio pasado, cuando el PRD fue desplazado por Morena, el nuevo partido de Andrés Manuel López Obrador, confirmaron los peores augurios de personalidades de la izquierda ante un organismo que parecía sufrir mala oxigenación en su vida interna y encaraba el riesgo de una muerte prematura.

 

Carlos Navarrete era el rostro formal de este estado de cosas. Ello provocó su derrumbe, pese a tratarse quizá de uno de los políticos más sofisticados dentro de Nueva Izquierda, el primer líder de izquierda en conducir el Senado de la República. Pero ello no le alcanzó para frenar el desastre interno y externo.

 

En las horas finales de su presidencia, probó la amargura del abandono. Su grupo, Los Chuchos, lo dejó solo. Jesús Ortega ni siquiera interrumpió sus vacaciones; Zambrano no lo apoyó con una sala frase; Guadalupe Acosta Naranjo, otro “chuchista” de primera línea, vive su propio proceso de distanciamiento pues reclama para sí la coordinación de la próxima legislatura en Diputados, que disputa con el citado Zambrano.

 

En los días previos a la reunión de vienes y sábado del Consejo Nacional perredista, Los Chuchos buscaron impulsar a otro de ellos como relevo de Navarrete, pero ante la falta de cuadros de nivel entre ellos mismos, voltearon a ver a su segunda división. Surgieron así los nombres de Fernando Belaunzarán y de Beatriz Mujica, ésta última derrotada en junio pasado como candidata al del PRD al gobierno de Guerrero.  Ninguno de los dos ha logrado generar el consenso mínimo –antes al parecer lo contrario- para lograr este objetivo.

 

En esa indefinición sistémica, con un futuro incierto, el PRD decidió tomar algunas semanas para discutir internamente cuáles son sus alternativas. Es probable que intente una apuesta que puede sacudir su imagen: Impulsar a un dirigente ajeno a las corrientes pero con prestigio en la sociedad. Puede ser el caso de Agustín Basave, diputado federal electo, ex priísta.

 

Seguramente este político regiomontano, cercano amigo de Luis Donaldo Colosio, estará en una reducida lista de quiénes pueden recibir tan espinosa encomienda. El que sea seleccionado tendrá ante sí dos escenarios: rescatar al PRD de una extinción inminente, u otorgarle la debida sepultura.

 

robertorock@lasillarota.com



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