El Instituto Nacional Electoral estrenó ayer algunas de las complejas atribuciones que le impone la nueva legislación en la materia. Se acercó a organizar, con pinzas, la elección interna del Partido de la Revolución Democrática.  La jornada confirmó que el perredismo puede ser muchas cosas y haber realizado aportaciones valiosas al país, pero carece de vida interna democrática.

 

El INE volteó hacia otro lado e informó haber recibido sólo reportes de incidentes aislados en unos comicios que militantes y ciudadanos observaron plagados de irregularidades.

 

Las elecciones perredistas fueron una galería de las viejas artimañas inventadas originalmente por el PRI y luego repetidas en todo nuestro espectro partidista: robo y quema de urnas, sustracción de boletas, compra de votos, amenazas por parte de gente armada, vehículos intimidatorios que transportaban a operadores y propaganda… Demasiado alarde y gasto, se diría, para que al final del día sólo haya un puñado de líderes sentados a una mesa donde todo mundo ya sabe quién es quién y qué representa. 

 

Porque a final de cuentas de estas elecciones no depende nada. De las más de 8 mil urnas instaladas este domingo no surgirán ya no digamos dirigentes sino ni siquiera los nuevos miembros de consejos municipales, estatales o el consejo nacional. La conformación de estos órganos estará sujeta en los próximos días a negociaciones y componendas internas, de las que el INE quedará al margen, afortunadamente.

 

Una vez pactada la nueva correlación de fuerzas, ésta derivará en la designación de los liderazgos, primero, y después de los candidatos para los comicios del próximo año. El próximo presidente del partido, previsiblemente Carlos Navarrete, recibirá el mandato no de la militancia sino de la nomenklatura de su partido y, en especial, de su corriente dominante, “Los Chuchos”, que tendrá así su tercera presidencia sucesiva, una permanencia que según todas las evidencias, cierra espacios de participación, favorece intereses enquistados y manda señales de descomposición interna.

 

Naturalmente, las elecciones perredistas –de alguna manera hay que llamarlas- cobraron mayor intensidad en aquellos entidades del país en donde el partido del sol azteca es alternativa real de poder, como en el Distrito Federal y Guerrero, o en menor medida, Tabasco y Oaxaca.  En la capital del país, donde el PRD gobierna desde que hay comicios locales –hace 17 años-, el perredismo mostró su rostro más preocupante: caciquismos, nepotismo, listas amañadas, acarreos, manipulación. Signos todos de un cuerpo político carente de oxigenación interna.

 

Sin duda las figuras del proceso interno del PRD en la capital del país fueron el jefe del Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, y su operador político, el secretario general de Gobierno, Héctor Serrano. Es complejo determinar si parte de las maniobras operadas por el señor Serrano fueron ordenadas o avaladas por su jefe, el señor Mancera, y cuáles tienden a convertir al propio Serrano como un polo propio en la vida interna del partido.

 

Prácticamente todos los 14 jefes delegacionales del PRD en el DF –la oposición ocupa sólo dos delegaciones- armaron planillas para contender por la integración de los consejos estatal y nacional. No las integraron con militantes probados, con figuras de la sociedad civil, intelectuales o artistas; con representantes de los jóvenes o de las mujeres. No, lo hicieron inscribiendo a funcionarios locales, a empleados y colaboradores cuyo único mérito en caso de ganar, será que representan a un jefe partidista, y en esa misma  medida su postura será la que le ordenen.

 

La voluntad de los jefes delegacionales fue un reflejo de las corrientes partidistas a las que pertenecen y en particular, al peso de los grandes factores de fuerza en la capital del país: el ex jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard –en pugna permanente con su sucesor y correligionario-; René Bejarano, rostro impresentable de la política pero al parecer imbatible en el perredismo, y el grupo de Mancera, con Héctor Serrano al frente.

 

El señor Serrano no es muy innovador a la hora de construir su presencia política. Pese a que nunca ha tenido un liderazgo partidista, un día surgió al frente de su propia corriente, que bautizó “Vanguardia Progresista”. En clara lógica burocrática, afilió a todos sus colaboradores, choferes y secretarias incluidos. Seguramente le sobraban credenciales y ambiciones, por lo que incorporó siguió a miembros de su familia, hermanos, hijos y cónyuges, propios y los de su equipo de trabajo.  

 

Cuando llegó la hora de integrar las planillas con rumbo a los comicios, toda esa casta burocrática del gobierno Mancera en el DF fue registrada como militantes en pos de mayores espacios en la vida partidista. Es posible que muchos de ellos ni siquiera estén enterados de semejante privilegio.  

 

El señor Serrano tuvo el cuidado de incluir a su parentela en las planillas de otros dirigentes diferentes a él, en un afán de asegurar espacios en los consejos que tomarán decisiones clave en el futro cercano.

 

Su hermano, Alejandro Serrano, figura en la principal lista surgida en la delegación Miguel Hidalgo, que encabeza Víctor Hugo Romo, quien no participa en “Vanguardia Progresista”, tampoco es ubicado como aliado político de Héctor Serrano, antes quizá al contrario. La inclusión del citado don Alejandro sólo puede entenderse como una imposición de Serrano, en nombre propio o en nombre de Mancera.

 

Lo mismo ocurre en Iztapalapa. En este caso el beneficiado es Héctor Serrano Azamar, hijo del secretario general de Gobierno del DF.  Muchos de estos protegidos laboraban desde antes en las delegaciones capitalinas, en algunos casos devengando sueldos cercanos a los 100 mil pesos mensuales. Todo con tal de no  contrariar al poderoso secretario Serrano, al que se le atribuye ser un enemigo implacable y vengativo. 

Si las cosas sale bien para él, Serrano será una especie de nuevo René Bejarano, controlando candidaturas y cargos públicos. Si salen mal, pasará a la historia como una caricatura, y el costo político deberá ser asumido por su jefe, Miguel Ángel Mancera, el cada vez más atribulado jefe de Gobierno en el DF y al que su equipo parece haber convencido de que va bien, y que el 2018  está ya al alcance de su mano.

 

robertorock@lasillarota.com



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