El desastre electoral y de oferta política del PRD son hechos evidentes y confesos por parte de su dirigencia nacional. Después de la renuncia de su presidente, lo que observamos es un singular proceso de autopostulaciones por parte de perredistas que se han destacado en el Poder Legislativo y que básicamente cuestionan los mecanismos internos de su partido. Su diagnóstico es que el PRD se alejó de la sociedad y que la operación de las llamadas corrientes impidió contar con buenos candidatos. Hipótesis plausible; sin embargo, las causas fundamentales de la debacle perredista son otras.

 

La principal causa del fracaso del PRD es la cercanía con un gobierno del PRI que se desprendió de toda liga con la ideología nacionalista y que se asume francamente como conservador. El PRD decide dejar de ser oposición al gobierno en un momento en que la desigualdad y la pobreza crecen, los derechos humanos no son prioridad de las autoridades y el crimen organizado avanza en el control del territorio. El PRD decidió alejarse de sus figuras históricas para acompañar un proyecto de reformas que no surgen ni de la propuesta, ni del diagnóstico del país de la izquierda. El PRD renunció a construir un proyecto de país distinto al liberal, diferente al que básicamente busca mantener el estado de las cosas y solamente atender en el margen la enorme desigualdad e injusticia en México.

 

México no es la España de los años 90, cuando hacia sentido que los socialistas se incorporarán a un régimen que garantizaba crecimiento y la construcción de un estado de bienestar. México es América Latina en la segunda década del siglo XXI, en donde la violencia y el poco dinamismo económico se combinan con la exigencia de políticas de igualdad que garanticen los derechos de las personas. Para lograrlo se requiere una agenda de cambios sociales que no son los de la agenda de reformas del “Pacto por México”. Con su participación en el acuerdo el PRD acompaña la idea de que lo que el país requiere esencialmente es una mayor liberalización de los mercados para ganar eficiencia económica.

 

Se deja un lado la idea de construir instituciones estatales capaces de promover la igualdad, el crecimiento y el bienestar de las personas. El PRD del “pacto” no solamente falló en la tarea de introducir elementos socialdemócratas en las reformas, sino que además diluyó la crítica a al gobierno federal. Ni la Casa Blanca, ni Ayotzinapa, ni Tlatlaya, nada demasiado crítico a la administración federal fue parte central del discurso perredista. En cambio, el PRD ocupó con mayor frecuencia pomposos e inútiles cargos en las mesas directivas de las cámaras y se empeñó en acompañar al presidente en cuanto acto público fuera posible.

 

El PRD despreció la posibilidad de que Cárdenas, su fundador y verdadero pionero de la democracia mexicana, ayudará como dirigente a detener su caída. Con él al frente se hubiera ganado credibilidad e independencia. Se impidió también la posibilidad de que Marcelo Ebrard siguiera participando en ese partido, por lo que se alejó a la figura que mejor había articulado la agenda progresista y de libertades civiles. Con Marcelo el PRD hubiera tenido un dirigente con una impresionante capacidad de ganar el debate político. A López Obrador, el candidato que había llevado los votos para llenar de perredistas cámaras y gobiernos locales, se le tachó de populista e incapaz de presentar una alternativa moderna de gobierno para el país.

 

Sin Andrés, el PRD pierde al dirigente político que mejor ha podido recoger los reclamos de cambio en una sociedad profundamente injusta. Se decía que ellos se iban pero que millones se quedaban, cuando en realidad se inflaba de manera artificial el padrón y dejaba de hacer política con la sociedad. El PRD se apartó de sus figuras pero tampoco construyó nuevos liderazgos, mucho menos un proyecto articulado que sirviera de plataforma para que la izquierda gobernará el país. Se creyó que con la franquicia sería suficiente.

 

Por su puesto que la política interna del PRD, en la que las corrientes internas sustituyen a la vida partidista, llevó a este partido al escenario actual. Eso explica la cascada de candidaturas absurdas y la renuncia a toda actividad política distinta a ganar elecciones internas. Pero no nos confundamos, el problema del PRD es que en los hechos decidió acompañar un proyecto de país que no se plantea cambiar el estado de las cosas ni en materia de seguridad, ni económicamente, ni en la relación que el Estado establece con los ciudadanos. Lo hizo, además, en acuerdo con un gobierno particularmente omiso en el respeto a los derechos humanos, que regatea todo intento por construir mejores instituciones y que plantea la privatización de los recursos nacionales como la gran palanca para el crecimiento económico nacional.

 

Cualquier intento de restablecer la credibilidad de la oferta política perredista debería pasar por la autocrítica de haber dejado a una lado la crítica y la propuesta alternativa a un gobierno y una forma de gobernar que ha profundizado la desigualdad, la pobreza y la injusticia en el país. Lo demás es francamente anecdótico.

 

@vidallerenas



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