Por fin empezó el partido. Juró Trump y mandó a parar: “Los Estados Unidos de América van primero, contratemos primero a nuestros trabajadores, compremos primero nuestros productos”. Difícilmente se habrá escuchado en el hemisferio occidental un discurso tan proteccionista y simbólicamente xenófobo en décadas. Incluso si dejamos a un lado la naturaleza bufonesca del personaje, su discurso no admite dudas sobre el viraje aislacionista de nuestro vecino del norte. Para hacer a los Estados Unidos de nuevo un país grande, la receta del presidente es caza de brujas interna contra el llamado establishment, cierre de fronteras a productos y personas provenientes del extranjero y finalmente políticas brumosas y egoístas en el escenario internacional. ¿Será exitosa la receta?

 

La Presidencia de Trump tendrá que ser juzgada en esas tres dimensiones: la interna, la de vecindad y la internacional. Dejo para una próxima entrega esta última y me centraré aquí en las dos primeras. Con respecto a la política interna, Trump fue capaz de movilizar una amplia mayoría del voto blanco resentido con el revés de sus expectativas económicas, deterioradas por la mecanización de las cadenas industriales fordistas. El mensaje simple y directo del candidato republicano tuvo mucho éxito en estados tradicionalmente demócratas en los que votantes blancos de clase trabajadora se sintieron abandonados por unos líderes aparentemente más obsesionados por la diversidad cultural del partido que por defender a su núcleo clásico de trabajadores industriales. Aunque insuficientes para garantizarle a Trump la victoria en votos, esos apoyos inesperados le alcanzaron para llevarse estados clave que le dieron la Presidencia en el colegio electoral. Para gran parte de estos votantes blancos sin estudios universitarios, el mensaje (muros más altos contra los inmigrantes y los productos importados) pudo más que la perversión sin complejos del mensajero.

 

Ahora bien, la pregunta que todo el mundo se hace es si esta nueva mayoría trumpiana es flor de un día o si supondrá un nuevo realineamiento en el panorama sociopolítico estadunidense. Los politólogos especializados en política electoral americana destacan dos grandes momentos en los que porcentajes relevantes del electorado cambiaron una lealtad partidista por otra de forma repentina, pero con consecuencias de largo alcance. El primer momento de realineamiento se corresponde con la finalización de la guerra civil, tras la cual el partido republicano fue barrido del Sur por su apoyo a la abolición de la esclavitud. El segundo momento de realineamiento tuvo lugar en los años 1960, cuando las leyes de derechos civiles supusieron la práctica desaparición de los demócratas en los estados sureños y la creación de una sólida mayoría republicana aún visible en los mismos. ¿Es la victoria de Trump el punto de quiebre de la primacía demócrata en la zona de los grandes lagos? ¿Será capaz el presidente de generar una coalición entre conservadores rurales, blancos urbanos y sin estudios y los superricos? El éxito de esa coalición tendría consecuencias dramáticas para el partido demócrata, encerrado en las costas e incapaz de ganar fuera de ellas (los apologistas del magnate repiten el dato: sin California y Nueva York, ¡Trump habría ganado el voto popular por tres millones de votos de ventaja!).

 

Con el partido recién comenzado, es difícil saber cuál será el resultado final, pero parece que no será fácil para Trump consolidar electoralmente la coalición que le llevó al poder. Las prioridades de los republicanos en el Congreso son nombrar a un ultra-conservador para el Tribunal Supremo, rebajar los impuestos a los ricos y revocar Obamacare. Por su parte, las prioridades de Trump son revocar Obamacare, expulsar inmigrantes (y construir muros) e imponer nuevos acuerdos comerciales a China y México. Las dos agendas coinciden principalmente en la revocación al vapor de la ley sanitaria que ha garantizado la cobertura de unos 20 millones de personas sin seguro médico previo. Pero esa revocación golpeará a parte de los votantes del presidente, sin que esté claro que pueda ofrecerles empleos con seguro médico a cambio. Si los republicanos revocan Obamacare sin ofrecer algo a cambio, sufrirán electoralmente en 2018.  

 

En el fondo, el gran debate de esta presidencia es si los Estados Unidos pueden contener las tendencias autorreforzadoras de la globalización o no. El porcentaje que el comercio exterior representa en los Estados Unidos en relación a su producto interior bruto es del 28 por ciento. Esa cifra es alta, si la comparamos con el 10 por ciento de hace cincuenta años, pero es sin duda muy baja si la comparación se hace con el 83 por ciento de la Unión Europea, el 73 por ciento de México, o el 58 por ciento del promedio mundial actual. Esto apunta a que las guerras comerciales podrían no asustar al grupo dirigente de Estados Unidos, dada la autosuficiencia económica del país. Sin embargo, el proteccionismo no regresará los empleos perdidos en el sector manufacturero por la innovación tecnológica, generaría ineficiencias económicas y seguramente dañaría la reputación del país como centro atrayente del talento nacido en cualquier rincón del mundo.

 

En este debate, a nosotros no nos va bien. La debilidad del mercado interno ha empujado a la economía mexicana a concentrarse en el mercado exterior, y principalmente en Estados Unidos, que nos compra alrededor del 70 por ciento de nuestras exportaciones. Una guerra comercial con ellos supondría una recesión casi garantizada. Por eso, el objetivo de Videgaray es salvar los muebles: reajustar el tratado para que nuestro saldo comercial quede en tablas (de hecho, nuestro superávit es relativamente bajo, en comparación con el chino).

 

Ojalá funcione esta estrategia, pero me temo que tiene dos problemas. El primero es que Trump puede aprovecharse de la debilidad mexicana para ganarse la reputación de jugador inteligente y aguerrido, y utilizarla para doblar la mano de los chinos, que son los que tienen un superávit comercial gigante con los estadunidenses. Y segundo, quizás no sea casualidad que Trump ha hablado repetidamente de mexicanos y chinos, sin apenas mencionar que alemanes y japoneses tienen balanzas comerciales positivas mayores que la mexicana con Estados Unidos. ¿No será que para Trump perder comercialmente con estas últimas dos naciones es aceptable porque son pueblos privilegiados, mientras que te ganen chinos o mexicanos es indignante porque son pueblos gobernados por pícaros y ladrones? He ahí el dilema de Videgaray: si se comporta como un pícaro, reforzará el estereotipo que alimenta a los duros dentro del equipo negociador de Trump; pero si se comporta de forma conciliadora, México se convertirá en una pieza fácil en la batalla contra China. Buen momento para ponerse a aprender el oficio.

 

@CIDE_MX

@OpinionLSR


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