Por entonces había que preparar las cosas. Estar dispuestos. Dejar todo listo, ropa, aseo y comida, porque se acercaban ‘los días de silencio, de comunión con uno y con todos… También de reflexión profunda’, decía mi abuelo. Esto era así por costumbre antigua. No sé cuánto antes, pero venía de lejos. Era cosa de mirar con sorpresa uno a uno los pasos que como en cámara lenta se daban en la casa y en el pueblo, porque al tiempo habría que darle un descanso por esos días.

 

Como niño veía aquello con azoro; me molestaba porque se suspenderían actividades, juegos, escapadas, pero al mismo tiempo con intensa emoción porque era como romper la rutina, era como…, sí, como escapar hacia el interior de nuestra propia casa, hacia nuestras intimidades individuales y colectivas, a nuestras necesidades y expectativas y hacia nosotros mismos. Aunque a mis seis años en mí mismo no encontraba nada interesante.

 

Y se decía por aquí o por allá: “Son días de abstinencia y de ayuno”. En lo del ayuno yo ya tenía experiencia, pero no sabía qué era eso de “abstinencia”… Abstinencia-abstinencia-abstinencia… preguntaba a los grandes qué era eso; me miraban, sonreían y guardaban silencio. A los de mi edad les pasaba lo mismo. Tardé algún tiempo antes de saberlo… Qué malo eso.

 

Por esos días, a partir del jueves de la Semana Santa, se suspendían actividades en todos lados. Nada de hacer ‘quehacer’, nada de lavar o planchar o guisar o jugar o correr o cantar y mucho menos oír música. Con lo que me gustaba aquella de: “Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo…”: Todo era en calma y en silencio… ‘Silencio que están durmiendo, los nardos y las azucenas’.

 

Así que eran casi tres días en los que el mundo se detenía y nuestras vidas estaban en vilo. El eje central era la vida, el dolor y la muerte del Profeta.

 

Y como en casa o fuera de casa no había actividades prácticas, que se dice, entonces sí que los llamados a misa eran la constante. A lo largo del jueves y viernes de tiempo en tiempo las campanas de la iglesia tocaban a lamento y clamaban oración. Al escuchar las campanas los viejos se detenían en donde estuvieran y se santificaban, los jóvenes guardaban silencio y los niños brincábamos en desesperación.

 

Lo que más gordo me caía era que, por esos días, también se suspenderían las tardes de lectura bajo el gran laurel que presidía el patio de la casa. Eso de lectura es mucho decir. Al abuelo le gustaba leer en voz alta el periódico. Y yo abstraído lo escuchaba decir las noticias de lo que pasaba en lugares cercanos y distantes.  Por entonces yo creía que nuestro mundo eran muchos mundos. Uno que se llamaba Argentina. Otro que se llamaba España. Otro más era Francia o Estados Unidos. Luego supe que sí, que aunque sea un mundo, también son otros mundos.

 

Y así, desde la tarde del miércoles. Luego el jueves en los que había una representación de la crucifixión de Jesús hecha por los muchachos del pueblo oaxaqueño del que soy y al que pertenezco. Lo mejor era que al término ya estaban dispuestos por ahí los vendedores de dulces o de agua de limón. Mi madre compraba para mis hermanos y para mí, pero eran ‘para después de comer’… grrr… El viernes igual. Era el de Dolores, así que la intensidad de lo religioso rebasaba nuestra pequeña vida llena de días de mañana por llenar.

 

Y así eran los Días de Guardar que yo recuerdo en mi infancia. Nada del otro mundo. Sí, todo de este mundo en el que había que reconocer los pecados y pedir  perdón. Yo no sabía qué pecados había cometido, a lo mejor cuando me robé una toronja del árbol de la casa de la Pajarita, una señora buena que me veía y no decía nada. O como cuando me fui, sin permiso, con los muchachos más grandes a la pesca en el río que todavía por entonces pasaba a orillas del pueblo…

 

… Pecados, así como pecados, como los que luego vinieron, pues no, por entonces no: pero había que reconocerlos y pedir perdón.

 

El Sábado de Gloria ya era otra cosa. Comenzaba a escucharse música por aquí o por allá. Los muchachos salían a las calles para mojarse en guerras de agua con cubetas. Las campanas de la iglesia tocaban con alegría y el pueblo se volcaba a las a las calles para respirar sus propios aromas y sus propios suspiros. El Sábado de Gloria podíamos comer de todo. Y a mí me dejaban ir a ‘por ahí cerca’ para ver cómo se transformaba la vida de sepia a color en cinemascope.

 

Ya pasaron muchos años desde entonces. Ya no está el laurel que presidía la casa. Las calles están pavimentadas, las bardas son de ladrillo. Los que éramos niños entonces ya somos ‘los grandes’ de ahora y ya sabemos que es eso de ‘abstinencia’ y si hubiera que pedir perdón por los pecados cometidos a lo largo de la vida, no alcanzarían diez años completos antes de conseguir el perdón y la absolución. Fausto, el de Goethe, consigue el perdón porque pide perdón y se arrepiente.  

 

Hoy los Días de Guardar son más de fiesta que de silencio. Está bien. No tienen por qué ser igual los de entonces a los de ahora. La gente cambia y cambian las costumbres, las formas de ver las cosas y de entenderlas…Ya se sabe: ‘la vida no es un block cuadriculado’.

 

Pero hoy en medio del ruido, de la fiesta, del descanso y la algarabía, me hace falta aquella sombra del viejo laurel, la sombra que hubiera querido que me protegiera toda la vida; me hace falta el silencio, me hace falta el sonido lento y suave de las campanas, me hace falta la mano del abuelo y el abrazo de quien ya no está… Me hace falta todo eso que ya no es. Pero que sí es. Porque me acuerdo de todo ello.

 

“…Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo…”

 

@joelhsantiago

@OpinionLSR


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