Ese es, por su puesto el nombre del partido-movimiento español que hoy puntea en las encuestas de aquel país. La situación de España y el resto de la Europa Mediterránea es evidentemente distinta a la de México. Se trata de países que consolidaron su democracia en los años 80, lo que se reflejó en la calidad de vida y el respeto de los derechos de las personas, pero que hoy presenta agotamiento, por la necesidad de mayor participación ciudadana y principalmente ante draconianas políticas de ajuste económico. Estas decisiones no se toman ni en Lisboa, ni en Madrid, ni Roma, ni Atenas, si no en Berlín, en Paris y en Washington.

 

México vive, después del brutal ajuste económico de los años ochenta, décadas de estancamiento, lo que no ha permitido reducir la pobreza, ni la desigualdad. Como los recursos del Estado siguen siendo escasos y su productividad pobre, las políticas sociales apenas ayudan a contener los enormes niveles de marginación del país. La reforma económica consistió en equilibrar las finanzas públicas y en abrir la economía, eso trajo estabilidad, pero no desarrollo. La transición democrática hizo posible la competencia electoral y la alternancia. Sin embargo, el desarrollo de instituciones democráticas de gobierno ha sido lento, exitoso en áreas como transparencia, pero escaso en los mecanismos de rendición de cuentas y de procuración de justicia. Esto ha generado espacios enormes para la corrupción, para la ineficiencia gubernamental y un archipiélago de feudos locales. A todo eso se sumó la captura de regiones enteras del país por parte del crimen organizado y una enorme  escalada de violencia.

 

Contrasta la sensación de vulnerabilidad que viven las instituciones y la economía del país con la fragmentación y la poca claridad del discurso de la izquierda. La izquierda mexicana tiene dos problemas. Uno es el de no poder articular, dialogar y sumar a la enorme masa crítica de organizaciones, intelectuales, empresarios, movimientos y líderes de opinión que quieren un cambio progresista en el país. Eso implica transformar y transcender las organizaciones partidistas para que sean ágiles, transparentes, horizontales, conectadas con las redes de la sociedad, que atraigan a los que tienen la intención de cambiar su entorno, que recojan demandas y las transformen en nuevas agendas. Hoy la izquierda no es capaz de plantear nuevas formas de participación y acción política para los millones de mexicanos que no están conformes ni con sus condiciones de vida, ni en como funcionan las instituciones sociales.

 

Si queremos un cambio profundo en la sociedad no podemos hacer política como la hace el PRI, como la hacen los demás, hoy la gente tiene nuevas maneras de interacción, de comunicación, demanda ejercer su carácter de ciudadano no de sujeto gobernado. Nuestro poder de convocatoria tiene que estar en los ideales, en activismo político real con respecto a las causas progresistas, en ideas inspiradoras que generen entusiasmo  fuera de los públicos tradicionales. La tarea es transformar nuestros partidos en el tipo de organización política que funciona en el siglo XXI.

 

El segundo es que tenemos que definir con claridad que nuestra prioridad son dos temas: igualdad y justicia. El primero requiere de cuestionar las políticas económicas de los últimos 30 años. Urge retar el paradigma de que los que va a hacer que el país crezca son las reformas de liberalización mercado como las aprobadas recientemente. La política fiscal sigue favoreciendo a las grandes empresas, no simplifica el pago de tributos y no genera los recursos que el Estado requiere para promover el desarrollo. Sin recursos y sin una banca de desarrollo sólida la inversión en infraestructura no ha servido ni para generar empleo, ni para atraer inversión. Además, como el gasto no siempre es progresivo y es frecuentemente desperdiciado, su efecto en mejorar la distribución del ingreso y los servicios es limitado.

 

El Banco de México tiene un mandato de promover estabilidad pero no crecimiento. Lo mismo pasa el sistema financiero, persiste la concentración, los altos cobros de comisiones, los bajos intereses al ahorrador y altos al acreedor. La economía se abrió desde hace tiempo, pero debido a la falta de una política industrial que fortalezca ventajas comparativas y genere nuevas, los beneficios son menores a los potenciales y los costos altos. Se quiere formar individuos y empresas capaces de absorber tecnología, integrarse a los procesos productivos de alto valor, tanto en los servicios, como en la manufactura, eso necesariamente va a incrementar los salarios. Eso requiere de inversión en tecnología y en construir vínculos productivos entre gobierno, empresas y centros educativos. Medidas que ofrezcan acceso universal al internet tendrían un impacto enorme en ese aspecto.

 

La igualdad y el crecimiento sólo se pueden lograr con un estado de bienestar que ofrezca una red de protección y genere en las personas capacidades para salir adelante. Todos los mexicanos deben tener el derecho a una renta mínima como resultado de un sistema que contemple salario mínimo suficiente, seguro de desempleo, pensión mínima universal, un amplio sistema de becas y transferencias en efectivo a la población marginada. Eso repercutiría de manera radical en la desigualdad y reactivaría el mercado interno.

 

Esto también implica servicios universales de salud, con criterios mínimos aceptables, para todos, en lugar del sistema fragmentado que tenemos. Se requiere establecer metas claras para lograr la cobertura universal en preparatoria, acelerar el uso de la tecnología y la enseñanza del inglés en la educación básica, así como multiplicar la obertura, la calidad y la oferta de opciones para la educación superior. Toda persona con la voluntad de formarse debe contar con las condiciones para tener acceso al sistema educativo. La igualdad, por supuesto, también pasa por instituciones del Estado que garanticen la equidad de género, los derechos de los jóvenes, la diversidad sexual y realicen políticas de acción afirmativa y combatan la discriminación de los indígenas en México.

 

La justicia es la otra tarea pendiente y, por supuesto, causa también de la desigualdad. Son variables dependientes una de la otra. La primera forma de ofrecer justicia es garantizar seguridad y esa es nuestra principal falla. La prioridad debe ser reducir delitos de alto impacto, cualquier otra cosa tiene que ser secundaria. Eso se puede si construimos policías confiables, pero también si la prioridad en la persecución y en el castigo del delito es esa. Eso requiere de un nuevo sistema en el que cada individuo, Independientemente, de su posición en la sociedad cuente con mecanismos para denunciar los delitos que se cometen en su contra y con una investigación, juicio y pena justa cuando  comete alguno.

 

Esto parece obvio, pero para la mayoría es casi un sueño en una nación en donde algo tan simple como la defensoría de oficio no existe. Millones de mexicanos viven hoy bajo un régimen de extinción del crimen organizado y la incapacidad o complicidad de quien debería protegerlos. Millones son criminalizados por ser pobres, mujeres, indígenas, consumidores de drogas, jóvenes, etcétera. Tenemos un sistema de impartición de justicia que no es ni fiscalizado, ni evaluado. Gastamos crecientes y enormes cantidades de recursos en cuerpos policiacos a los que no pedimos resultados, y prácticamente no actuamos en el tipo de políticas de cohesión social que funcionan para reducir la incidencia delictiva.

 

El programa de Podemos y de otras expresiones similares de Europa, como el de otros partidos progresistas en el sur del continente no es muy distinto. Se trata de regresar a la agenda una serie de causas que nos habían dicho que eran imposibles de lograr. Lo que tenemos que lograr es convencer y convencernos de que podemos tener una sociedad más justa e igualitaria. Eso lo podemos hacer sólo si cambiamos nuestras formas de hacer política, de comunicarnos, de hacer vida partidista, de abrir nuestros partidos a los colectivos progresistas, de encontrar formas más auténticas y horizontales de hacer activismo político.

 

Eso es lo que está despertando el interés de la política en el mundo cuando aquí lo estamos perdiendo. Este es el tiempo de la izquierda y de su agenda, falta buscar otros espacios, además de los electorales, para ganar el debate y apoyo de la sociedad. El PRD un partido que debe servir para poder articular esta estrategia, sus programas, sus principios, su historia, sus logros son los del progresismo en México. En el futuro, la meta es transformar el partido, sus formas de hacer política, y construir un frente con las otras izquierdas y una red social que haga  posible la agenda de justicia y equitativa. Sí, nosotros podemos.

 

@vidallerenas



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