Un reporte simultáneo del sitio de internet Aristegui Noticias y la revista Proceso difundido el pasado fin de semana, fue presentado como la “historia secreta” de la boda del presidente Enrique Peña Nieto con Angélica Rivera, en noviembre de 2010. Las redes sociales ardieron con señalamientos en contra del mandatario, pero dejaron casi en la marginalidad a los actores realmente esenciales de ese episodio: Norberto Rivera y la Iglesia mexicana.

 

Datos aportados a este espacio sugieren que la fuente esencial de la información en la que se basaron ambos reportajes son integrantes de la Compañía de Jesús en México; es decir, los jesuitas, la corriente eclesial a la que pertenece el Papa Francisco. El verdadero objetivo de quienes filtraron esa información no eran Peña Nieto y su esposa,  sino exhibir una pugna creciente en la jerarquía eclesiástica en México, una guerra que libran “vaticanistas” contra “mexicanistas”, lo mismo que progresistas contra conservadores.

 

El misil dio en el blanco, sobradamente: En su discurso en la Catedral metropolitana, donde se reunió con los casi 180 obispos que integran la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM), Francisco hizo un repaso de los pecados que se le atribuyen a la Iglesia en México,  cuyos dirigentes se sintieron cómodos por décadas con pontífices que, como Wojtyla y Ratzinger,  tenían un discurso de apertura pero una práctica doctrinaria, cerrada y conservadora.

 

El reporte periodístico sobre la boda Peña Nieto-Rivera aporta sin duda novedades sobre la persecución decretada por la facción eclesial ligada con Rivera Carrera en contra de un sacerdote cercano a los jesuitas, la corriente que se le ha enfrentado por años.

 

Este sacerdote fue José Luis Salinas Aranda,  quien singularmente no fue el que casó a Angélica Rivera con su primer esposo, el productor de televisión José Alberto “El Güero” Castro, hermano de la actriz Verónica Castro, en diciembre de 2005. La ceremonia respectiva corrió a cargo del sacerdote Ramón García López, y fue celebrada en el templo de Nuestra Señora de Fátima, en la colonia Roma de la ciudad de México.

 

El referido presbítero Salinas Aranda era un sacerdote afectado por el cáncer, que acudió a Acapulco 11 días después de la boda formal para oficiar una misa de gracias, sin carácter sacramental, solicitada la pareja, la que se divorciaría por la vía civil en 2008.

 

Cuando la señora Rivera solicitó la disolución de su matrimonio religioso, Rivera Carrera y sus abogados determinaron que podían emprender una acción con doble efecto benéfico para su causa: congraciarse con la pareja Peña Nieto-Rivera y golpear a los jesuitas mexicanos por la vía de una  figura cercana, el padre Salinas.

 

Este último fue suspendido en sus funciones en forma arbitraria, con el falso alegato de que había impartido el sacramento del matrimonio en una ceremonia de playa, irregular. La anulación fue dictada. Tiempo después las autoridades del Vaticano cancelaron el castigo contra Salinas, pero la jerarquía de la Iglesia mexicana archivó la resolución y no lo reinstaló en su ministerio. Cuando la presión creció ya era inútil. El padre Salinas  había muerto por el cáncer que adolecía. Murió expulsado de su condición, humillado y utilizado en una pugna de poder que le era ajena.

 

En la defensa del padre Salinas Aranda tuvo una tarea esencial el sacerdote jesuita Enrique González Torres, una de las figuras más relevantes en la Compañía de Jesús a nivel mundial  y ex rector  de la Universidad Iberoamericana, quien entre otras acciones, envió una carta a Roma denunciando el atropello.

 

La revancha de los jesuitas mostró la paciencia y la discreción proverbiales que distinguen en el mundo a esa agrupación de la Iglesia.

 

Apenas el sábado pasado, ante los integrantes de la CEM, el papa Francisco les impuso una reprimenda en dimensiones no conocidas en la historia reciente de la Iglesia, mexicana o de cualquier país.

 

Frente a Norberto Rivera, en su casa formal, la Catedral, Francisco llamó a los obispos a evitar las componendas “debajo de la mesa”, a mostrar transparencia en su desempeño y “coraje” ante el narcotráfico. Les urgió a no someterse a la voluntad de los “nuevos emperadores”, un eufemismo para no hablar del príncipe, que describe siempre a los hombres en el poder.

 

Suponiendo que podía no quedar suficientemente claro, Francisco dejó el texto de su discurso a un lado y llamó a los obispos a expresarse “de frente, como hombres” para señalar quejas y denunciar desviaciones.

 

Con lo que fue descrito como un llamado a la unidad, Francisco podría haber  más bien desatar una pugna mayor entre quienes siempre se han asumido como un apéndice del poder político en México y aquellos que, desde varias corrientes eclesiales, están buscando seguir la directriz papal de rescatar la agenda social de la Iglesia en favor de los menos favorecidos.

 

Es posible que estemos presenciando el inminente retiro de Norberto Rivera de su calidad de cardenal de la ciudad de México y arzobispo primado de la capital del país. Si ello se consuma, y si el discurso de Roma pasa de las palabras a los hechos, podemos estar frente a un ciclo con una Iglesia mexicana mucho más sonora y actuante.

 

robertorock@hotmail.com

 



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