Recordarán los más viejos del lugar el título de aquella canción rapera del grupo radical Def con Dos y que cargaba la culpa de todos nuestros males sobre los hombros de Yoko Ono y “el fantasma de Lennon que le sale por los poros”. Tras escuchar el discurso que el presidente Peña Nieto dio en la tarde del jueves, uno se queda pensando si el inquilino de Los Pinos no es también un seguidor del mencionado grupo. A un presidente derrotado en las encuestas, tan sólo le queda el liderazgo visionario, propio del estadista capaz de sacrificarse por la consecución de objetivos que la mayoría de la población no son aún capaces de valorar. Pero hete aquí que Peña nos salió con un discurso descacharrante no sólo por el tono impostadamente crispado del mismo, sino por su ponciopilatismo: ya paren de quejarse del PRI y busquen ustedes a los culpables del gasolinazo entre los enemigos de fuera (los consumidores y productores de petróleo) y los enemigos de dentro (el gobierno de Calderón). Le faltó mencionar a los profetas de la catástrofe (AMLO) para que la lavada de manos hubiera sido completa.

 

Qué gran decepción. Como es públicamente notorio, la Presidencia de Peña Nieto le puso todas sus velas a las reformas económicas. Con las nuevas leyes fiscales, de telecomunicaciones y energéticas, el país iba a ser capaz de superar sus finiseculares ineficiencias y por fin crecería a la mítica cifra del 5 por ciento. La previsible corrupción de la administración (y de sus gobernadores aliados) sería apenas un minúsculo borrón ante la deslumbrante cuenta de resultados económicos del gobierno.

 

Pero el milagro no ocurrió. El desplome del precio del petróleo, una mala política fiscal resuelta con inyecciones masivas de deuda, las tensiones cambiarias, la previsible batalla comercial con los Estados Unidos de Trump, el encallamiento de la reforma educativa y el absoluto descrédito de la administración en la lucha contra la corrupción, todos estos motivos han contribuido al fracaso del 5 por ciento. Hasta qué punto pesan más en ese fracaso los factores ajenos al gobierno o las malas decisiones del mismo, es pregunta que los economistas tendrán que resolver. Lo que sí está claro es que el principal proyecto ideológico del gobierno ha naufragado ante los ojos de la opinión pública, sin que se vislumbre una tabla de salvación que permita a sus integrantes sobrevivir al naufragio.

 

A pesar de todo esto, lo que uno nunca esperaría es el derrumbe ideológico del presidente. Si aceptamos que el presidente realmente cree en las reformas, su alocución del jueves era una oportunidad extraordinaria para decir a los ciudadanos que dentro del paquete de reformas aprobadas en su momento dentro del Pacto por México, algunas suponen sensibles mejoras para la ciudadanía (precios más bajos en telefonía y televisión, por ejemplo), mientras que otras buscaban garantizar la sostenibilidad de los programas sociales al subir los impuestos directos y, podría haber dicho el presidente, “reducir el subsidio gasolinero”. El presidente podría haber terminado diciendo que estas medidas limitarán el déficit y el recurso a la deuda y blindarán los programas para los más necesitados. Desde luego, si Peña hubiera hecho esto, sus tasas de aprobación no habrían mejorado al día siguiente, pero al menos habría tenido una oportunidad de oro para dejar claro cuál es su visión del futuro del país.

 

En vez de asumir el coste de sus decisiones e insistir en la necesidad de las reformas, el presidente salió con un confuso mensaje en el que parecía decir que el gobierno liberaliza los precios de la gasolina porque le obligan entre las fuerzas externas y la mala gestión de su antecesor. Incluso llegó a decir que el gasolinazo no tiene nada que ver con las reformas, cuando la liberalización de la venta de gasolinas debería ser un pilar fundamental de la inyección de competencia al moribundo mercado petrolero en el país. El recurso retórico a preguntar qué habrían hecho los ciudadanos enfrentados al dilema de subir la gasolina o recortar el presupuesto quintaesencia nítidamente el fallo gubernamental a la hora de transmitir la liberalización del mercado gasolinero como una estrategia de largo plazo tendente a garantizar más recursos a la hacienda pública y más opciones a los consumidores. Si tan sólo fuera un asunto de subir precios porque sube el precio del petróleo, el interpelado ciudadano pensará que la solución debería ser temporal, a la espera de que el barril baje de nuevo y vuelvan los subsidios.

 

Solemos clasificar a los políticos en dos categorías: los adversos al riesgo, que siempre buscan amoldar sus propuestas a las preferencias mayoritarias de los ciudadanos; y los visionarios, dispuestos a arriesgar su capital político en ofrecer propuestas que consigan cambiar las preferencias de los votantes. El primer tipo da más importancia al costo de no estar con la mayoría y menos al riesgo de ser criticado por veleta; el segundo da más importancia al costo de renunciar a sus principios y menos al riesgo de parecer demasiado rígido. El político ideal ha de combinar ambas categorías: ser capaz de mover las preferencias de la población a través de su agenda programática, y a la vez limitarse a seguir las preferencias ciudadanas en aspectos en los que estas son más estables. Un ejemplo es Obama, pues ha combinado políticas visionarias en la protección de derechos sociales con una política exterior dictada por las encuestas.

 

Pero en el otro extremo encontramos al político manejable, aquel que ni propone ni sigue, en pocas palabras: el político al que le dictan los otros. El mejor ejemplo posible es quizás el primer ministro español, Mariano Rajoy, quien al justificar su subida de impuestos, dijo aquello de que él prefería bajarlos, pero la Unión Europea le obligaba a subirlos. Por desgracia, el discurso del presidente Peña se desliza cada vez más por esa pendiente: ni hace lo que le piden los votantes, ni trata de convencerlos con un discurso visionario cuyas alas son cada vez más cortas.

 

@CIDE_MX

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