Ya hemos comentado en este espacio que las ciudades mexicanas se han caracterizado por seguir uno de los peores patrones de crecimiento imaginables: en primer lugar, muy ineficiente, pero también desordenado, estéticamente reprobable, inequitativo, y en muchas ocasiones, inseguro.

 

Una explicación que suele escucharse tanto en las aulas como en reuniones sociales es que eso se debe a “una falta de planeación”, cuando a decir verdad es precisamente debido al sistema de planeación urbana vigente que nuestras ciudades han podido reunir y acumular una buena parte de sus lamentables calamidades, al menos las que tienen que ver con la ineficiencia, la iniquidad, el deterioro ambiental y algunos problemas de inseguridad local.

 

La parte estética merece una pequeña aclaración: no nos referimos por supuesto a los centros coloniales, la mayoría de los cuales mantienen a la fecha un alto valor estético, histórico y patrimonial, sino a las zonas de crecimiento postcolonial que, salvo excepciones puntuales, han sido construidas con un especial desánimo por la estética urbana. De entre muchos ejemplos posibles de esto último, sobresalen dos conjuntos palpables: las ciudades fronterizas del norte y las ubicadas en los municipios mexiquenses que forman parte de la Zona Metropolitana del Valle de México.

 

En ambos casos la combinación de dos factores -la urbanización de tipo americano y la escasez de recursos propia de un país no desarrollado- ha generado la construcción de desangelados páramos urbanos de bajas densidades de población y empleos, en los que reina la inaccesibilidad a muchos bienes y servicios tanto públicos como privados, y en donde el automóvil se convierte en el más preciado y anhelado salvoconducto para satisfacer las necesidades elementales de sus habitantes.

 

Pero el diseño suburbano que caracteriza este tipo de páramos tiene muchas otras implicaciones. Por ejemplo, la zonificación excluyente de los usos del suelo con criterios de baja densidad forma vialidades intransitables a pie, porque las distancias exigen el uso del auto o de algún medio de transporte público, y las convierte en corredores altamente inseguros para las personas que tienen que recorrerlas caminando.

 

En el caso particular del estado de México, una preocupación importante es la inseguridad latente que caracteriza a los municipios conurbados, lo cual se manifiesta en la permanencia de altos índices de criminalidad. Si bien hay que decir que este fenómeno responde a causas más profundas, el diseño urbano de las ciudades de la zona conurbada contribuye decididamente a incrementar la inseguridad por varias vías, por ejemplo, a través de la construcción de largas vialidades atrapadas por fachadas impermeables, solitarias y muchas veces con iluminación deficiente; construcción de bloques o manzanas grandes que reducen la densidad de intersecciones; y una falta absoluta de facilidades de interconexión modal entre medios de transporte, que complica mucho los transbordos y extiende todavía más los tiempos de los trayectos cotidianos.

 

La enorme extensión de la mancha urbana ocupada por los municipios conurbados es el resultado de un patrón de crecimiento que privilegia el desparramamiento horizontal, lo cual incrementa los costos de la infraestructura y la provisión de todo tipo de servicios tanto públicos como privados.

 

Por ejemplo, mientras más extendida es la mancha urbana son mayores los costos de servicios como la provisión de agua potable, el desagüe de aguas residuales y la recolección de basura. La misma causa crea asimismo las condiciones que incrementan los riesgos de criminalidad: más área, más recovecos y más vialidades solitarias que vigilar por patrulla de seguridad pública. Y para las empresas privadas, los costos de transporte de insumos y distribución de mercancías son también más altos, lo cual acaba, finalmente, por incrementar los precios al consumidor.

 

La capital del estado no se salva de esta inercia derrochadora de recursos. De entre todas las zonas metropolitanas del país, la de Toluca es la zona metropolitana que más ha incrementado su mancha urbana en los últimos 16 años, pues creció en un sorprendente 249%, cuando la zona metropolitana del Valle de México lo hizo en 140% durante el mismo periodo. Toluca representa, hoy por hoy, el desparramamiento urbano en su máxima expresión.

 

Aunque la gente se acostumbra a vivir de una u otra manera, lo cierto es que la calidad de vida de muchas personas que habitan en los municipios conurbados del Valle de México es muy baja, debido entre otros factores, al pésimo diseño urbano que los caracteriza. Ante esta situación que no tiene visos de mejorar en un futuro cercano, son lamentablemente millones de personas las que tendrán que seguir padeciendo las mexiquenses ciudades en donde les tocó vivir.

 

@lmf_Aequum 

@OpinionLSR


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