El viernes pasado tomó posesión como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en un augurio poco alentador por su mensaje de distanciamiento de la clase política que ha gobernado su país.

 

En su primer discurso como presidente puso énfasis en la seguridad, el empleo, el combate a la pobreza, entre otros, en una muestra que desea una relación bajo la premisa ganar – ganar.

 

Además de eso, ha mandado mensajes que tienen preocupados a líderes del mundo, por el contenido del discurso con una narrativa poco amigable y en un afán proteccionista a su economía. La lógica de su discurso podría transportarnos a líderes de otras épocas y que no encontraron respuesta a un llamado en un tono poco diplomático.

 

Estas adversidades que se presentan para la política exterior y economía mexicanas, deben ser transformadas en ventanas de oportunidades para orientar esfuerzos de la diplomacia y economía mexicana, a nuevos horizontes de convivencia, que fortalezcan los vínculos con nuevas economías en un marco de globalidad y que algunos insisten en no entender.

 

Algunos de los elementos de la relación bilateral con el vecino país lo constituye, el tema de la seguridad y el tema de la economía.

 

Sobre el primero, en un acto de sensatez de la nueva administración, al gobierno de Trump le conviene seguir estrechando vínculos con agencias mexicanas de seguridad, que le garanticen el fortalecimiento de la frontera, sus políticas de seguridad, migratorias y algunas otras medidas preventivas, dada la cantidad de frentes de crisis que tienen nuestros vecinos, con el Estado Islámico, con Siria, con Rusia, y en general, con todo movimiento político, ideológico y social al que haya vulnerado con su política exterior o de defensa.

 

A lo largo de su historia, los Estados Unidos han generado más que intereses, rencores en muchos países del mundo, al intervenir en su política interna, ya sea de manera discreta, o bien, haciendo uso de la fuerza, mediante su Ejército. En la actualidad probablemente los gobiernos sudamericanos de izquierda, como Bolivia, Ecuador o Venezuela estarían dispuestos en generar nuevas oportunidades políticas con el gobierno mexicano, para establecer ventanas de oportunidad y controles de daños mutuos.

 

Por la parte económica, la relación bilateral con Estados Unidos representa varias decenas o centenas de miles de millones de dólares diarios de intercambio comercial para ambas partes, en el que intervienen fuerzas económicas y grandes intereses, quizás a la par o superiores que el poder político o económico que tenga el mismo Trump o su emporio comercial.

 

No es tan fácil cambiar modelos económicos derivados de tratados comerciales, como el TLCAN con Estados Unidos y Canadá. Si Trump cree que el TLCAN no le favorece a la economía de su país, un Tratado comercial consiste en la suma de voluntades políticas y económicas para generar impactos en la sociedad. La cadena productiva o de valor generada los sectores de la economía que se han beneficiado del TLCAN, no es fácil de modificar.

 

Para México, es el momento idóneo de generar nuevas oportunidades comerciales y económicas, con los tigres del pacífico y con Europa, que substituya una dependencia cargada de un mensaje de desprecio irracional.

 

Sólo en estas dos consideraciones que hizo en parte de su discurso, la seguridad y la economía, el mensaje de la administración Trump debería estar en condiciones de valorar las desafortunadas y majaderas formas con las que se ha dirigido a México y modificar el tono y la narrativa en su discurso, para reencaminar una relación de respeto entre ambas naciones. 

 

Se desprecia nuestra relación por el motivo que sea, lo hace también con su seguridad y economía, que son puntos torales del pensamiento político norteamericano.

  

@racevesj

@OpinionLSR

 

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