El PRD ha hecho grandes contribuciones a este país, fue el partido que resistió (y para eso puso los muertos) el brutal proyecto Salinista, que pretendía liberalizar la economía sin democratizar la política, aceitado por la corrupción y la protección de los grandes intereses. El PRD entendió la vocación de demócrata de Ernesto Zedillo, pactó una reforma que ofrecía condiciones de competencia política y se enfocó a ganar su principal bastión, la capital del país.

 

En el DF, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador implementó una agenda de bienestar social que efectivamente incide en reducir la pobreza de sectores amplios de la población, como los adultos mayores. Marcelo Ebrard, fue capaz de impulsar una agenda de libertades sin precedentes para las mujeres y la comunidad de la diversidad sexual y consolidar el sistema de bienestar con un seguro de desempleo y becas universales para la preparatoria.

 

El PRD ha sido un promotor real y comprometido con la reducción de la desigualdad, el respeto a los derechos de las personas y la construcción de la democracia del país. Es por eso que soy militante de ese partido, miembro de su grupo parlamentario en la ALDF y fui funcionario público en el gobierno capitalino.

 

Entiendo la salida de Andrés Manuel López Obrador del partido. Me parece que sus diferencias en buena medida corresponden a que él mantiene  una visión de lo público  distinta a la socialdemócrata, que es la que me parece debe corresponder al PRD.

 

Lo que nunca entendí fue la razón por la que, en lugar de buscar las condiciones que facilitaran las coaliciones electorales y de gobierno con esa otra izquierda, la estrategia del PRD fuera la de imposibilitarlas. Lo indicado hubiera sido la formación de un frente amplio, tipo uruguayo, en la que dos o más partidos con concepciones distintas de la izquierda acordaran programas y mecanismos de acción electoral. La exigencia perredista en las mesas de reforma política debió de haber sido la de establecer condiciones que facilitaran la coexistencia y la llegada al poder de un proyecto de izquierda condensado, apoyado por distintos partidos. La unidad ya no era posible dentro de un partido, pero sí viable en un frente.

 

Entiendo que después del muy buen resultado electoral de la coalición de izquierda el PRD planteara al gobierno una mesa de diálogo. Creo que ahí comenzaron los problemas. El Pacto y la manera de procesarlo fue aceptar una serie de prioridades que en realidad correspondían al gobierno de Enrique Peña, si que en realidad se tuviera la posibilidad de incidir en los fundamental o introducir las demandas históricas de la izquierda. La reforma fiscal que se votó mantiene privilegios fiscales y no mejora el gasto, la financiera no ayuda a la bancarización ni detona el crédito, la de telecomunicaciones no crecerá mayor oferta en televisión, la educativa es inaplicable, la política no permite la participación ciudadana, ni ayuda al combate a la corrupción, ni amplía las libertades políticas de los capitalinos.

 

El Pacto fue negociado por una parte del PRD, sin mayor intención de lograr consensos internos, y parecería que en el mismo estaba implícito el facilitar que ese sector perredista asegurara la dirección del partido.

 

Al final, ya sin el PRD, el gobierno logra una reforma energética mucho más ambiciosa de lo que inicialmente plateó, que no tendrá que ser sancionada por una consulta ciudadana.

 

Posteriormente viene un proceso de elección interna del partido.  La capacidad de movilización de votantes es la que marca el ganador. Sorprendentemente sufragan más de dos millones de perredistas cuando en la elección anterior no se superaron los 700 mil. Eso hace posible un consejo nacional si contrapesos.

 

Luego viene el caso Abarca. La evidencia de que, como los otros partidos, el PRD, en su afán de posiciones a toda costa es capaz de postular a cualquier personaje. El PRD no reacciona como corresponde, exigiendo al gobierno una nueva y eficaz estrategia de protección ciudadana. El PRD tampoco pide cuentas a un gobierno que comienza a ser seriamente cuestionado por la ciudadanía. Las movilizaciones, su intensidad, su tamaño, dejan fuera a la izquierda y en particular al PRD como uno de sus actores, ya no es el partido que puede llevar sus demandas a la arena de las instituciones políticas.

 

La salida de Cárdenas es el resultado de todo lo anterior. En un partido nadie es indispensable, pero los líderes y los referentes políticos siempre son requeridos. Cárdenas es uno de los personajes políticos más coherentes, valientes y consecuentes de la vida política mexicana de las últimas décadas.

 

Algo está mal en un partido cuando el instinto es deshacerse de quienes han marcado diferencia. El PRD se construyó de la brillantez intelectual de la maestra Ifigenia, de la genialidad  de Porfirio como legislador, de la tozudez democrática de Cuauhtémoc, del compromiso con igualdad social de Andrés Manuel, de la visión moderna y socio-liberal de Marcelo.

 

El PRD no es un partido que ha logrado institucionalizar ni un programa claro, ni mecanismos eficaces para construir agendas. La gravedad de la salida de una figura de la magnitud de Cárdenas se agranda ante la pequeñez institucional perredista.

 

No nos engañemos, el PRD no es el partido que está encabezando las causas que puede lograr nuestro objetivo, el hacer un país más justo, de eso se trata la izquierda. No se va uno más, se va quien tuvo la visión de construir un partido que lograra revertir la enorme desigualdad social de este país, se va porque está seguro de que ya no servimos para eso.

 

@vidallerenas 

 



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