Banxico acaba de subir medio punto la tasa de interés de referencia como medida preventiva ante el riesgo de una inflación que proclama inexistente y con una argumentación que perfectamente habría sustentado la decisión contraria.

 

Su boletín del 30 de junio señala que: a) Es previsible que la inflación general anual se ubique en tres por ciento; dentro de su objetivo; b) en abril se acentuó la atonía industrial por el comportamiento adverso de las exportaciones manufactureras; c) la inversión sigue siendo débil; d) no hay presiones de la demanda sobre los precios.

 

La decisión se toma en un contexto de incremento del déficit comercial y de cuenta corriente. Financiar este último requerirá más de 34 mil millones de dólares de capitales externos este año. Subir la tasa de referencia facilita conseguirlos a costa de transferir ingresos de los bolsillos de los consumidores endeudados, los inversionistas productivos y el propio gobierno, en favor de los capitales financieros externos e internos. Su efecto inmediato ha sido el fortalecimiento del peso; justo cuando ya estaba en una recuperación temporal, sobre todo porque el Brexit no tuvo mayor impacto en nuestro caso y, también, al parecer, debido a la reconciliación entre el presidente Peña y el gran empresariado. Esto gracias a su veto a las declaraciones fiscal y patrimonial de los privados.

 

El espantapájaros del Brexit también sirvió para atribuir al exterior el nuevo recorte fiscal donde más duele, en gasto social, servicios de salud y gasto corriente. Un recorte a sabiendas de que se impactaría negativamente el crecimiento económico y el bienestar de millones.

 

Sumados el alza a la tasa de interés y el recorte presupuestal, se configura una política de austeridad ortodoxa del tipo que tanto daño ha hecho en Europa y que provoca el “mal humor” de su población.

 

Banxico sigue fiel a la línea de Hacienda de castigar el crecimiento económico y el empleo. No es su responsabilidad ha señalado; pero incluso en la que es suya, contener la inflación, tiene ahora que torcer los argumentos para combatir una inflación que no existe debido, lamentablemente, a lo apretado del cinturón de las mayorías. Los datos oficiales indican que hay 28 millones con carencia alimentaria; más de 14 millones viven hacinados; y casi 22 millones sin acceso a servicios de salud, y otras lindezas.

 

El financiamiento volátil, cortoplacista, es parte de nuestra historia; una historia que nos convierte en consumidores preferentes de lo importado, que genera déficits crecientes, que deteriora nuestro propio aparato productivo y precariza nuestro empleo. Si crisis es oportunidad no la estamos aprovechando para virar hacia otra estrategia de desarrollo.

 

Lo que es preocupante porque los resultados de las elecciones del pasado cinco de junio; los crecientes jaloneos en torno a la reforma laboral del sector educativo; la protesta médica ante el deterioro de los servicios de salud (que parece la estrategia típica de deteriorar instituciones para después privatizarlas); la vista gorda ante los parches de blindaje que intentan los gobernadores salientes más desprestigiados; todos son desgarramientos de algunas costuras del tejido social.

 

Frente a la inquietud ciudadana es evidente la pérdida de la capacidad de convencer a propios y extraños. Por el contrario, el presidente Peña Nieto debería escuchar a su contraparte norteamericana cuando después de su perorata contra el populismo, Obama le aclara que a él le preocupa la gente; que quiere la igualdad de oportunidades y una educación decente para todos; que le preocupan los pobres sin oportunidades de progreso; que desea que los trabajadores tengan una voz colectiva en cada empresa y que su parte del ingreso sea justa; que los impuestos sean justos y que los que tienen más paguen más; que el sistema financiero este bien controlado, que sea transparente y que no haya unos cuantos que puedan evadir sus responsabilidades y el pago de impuestos colocando su dinero en cuentas en el extranjero. De lo que concluye que él mismo es un populista.  

 

Según Obama no habría que llamar populista a alguien que nunca ha mostrado interés en el bienestar de los trabajadores. En cambio Bernie Sanders, por ejemplo, si merece ser llamado populista porque ha estado en numerosas trincheras del lado de la gente y con él comparte ideales y objetivos.

 

Así que si Peña quiso asustar a sus contrapartes con el fantasma del populismo habrá que cambiar de rollo. Obama acaba de transformarle el sentido de la palabra y hasta podría estar dando a entender que no verían mal a un auténtico populista en el poder. ¿O lo dijo con plena inocencia? En todo caso nuestro presidente ha quedado en la posición de “mi no comprende”.

 

Cambiando de tema puedo decir que ha sido impresionante el concierto de los poderes financieros del planeta para crear terrorismo mediático alrededor del Brexit. La idea de fondo es desprestigiar la toma de decisiones democráticas. Pero el terror que han creado no puede sino ser pasajero. Aquí el efecto fue sencillamente nulo; excepto que ha servido de pantalla para apretar tuercas pro austeridad y anti crecimiento.

 

Echarle la culpa de los problemas del planeta, y del país, al Brexit, es un tipo de terrorismo pasajero que debemos desenmascarar para no caer en esas trampas. 

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR



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