Con la misma rapidez con la que nos llegó una avalancha de preocupación ante las actitudes agresivas de Trump ahora hemos entrado en un periodo de calma. Un indicador es la recuperación de valor del peso que por un lado se explica por medidas monetarias internas y por otro lado por la suavización del discurso norteamericano.

 

Las medidas internas que han contribuido a fortalecer al peso son que Banco de México elevó la tasa de interés de manera que mantiene un diferencial favorable a las inversiones financieras en México; es decir que les pagamos más porque se queden. La creación de coberturas cambiarias pospuso muchas compras de dólares para, de momento, comprar solo el seguro que garantiza la compra futura. Y la permanencia de Carstens al frente de Banxico, aunque sea solo por unos meses más, también genera confianza.

 

Del lado norteamericano el deslenguado Trump se ha enredado en otros asuntos. Para distraer de sus contactos rusos acusó a Obama de interceptar sus comunicaciones en un mensaje que tiene una fuerte apariencia paranoica. Acusación sin pruebas que concentró la atención mediática.

 

Ocupado Trump en desenredarse, las declaraciones sobre México quedaron a cargo de otros con maneras más amables y mensajes optimistas sobre el futuro de la relación entre los dos países.

 

Wilbur Ross, el secretario de Comercio de Estados Unidos, dijo que una renegociación “sensata” del TLC fortalecería el peso. Señaló que no solo se reduciría el déficit norteamericano sino que también habría importantes oportunidades para hacer negocios en México. Criticó que no se haya dado una convergencia de niveles de vida entre los dos países y que los ingresos de los mexicanos se hayan quedado muy rezagados. La palabra sensatez, su visión optimista y su aparente interés por el bienestar de los mexicanos contribuyeron a inyectar tranquilidad y a fortalecer el peso.

 

Aun mejor sonaron las declaraciones de Peter Navarro, el principal asesor comercial del presidente norteamericano, cuando dijo que México, Canadá y los Estados Unidos podrían integrarse en una potencia manufacturera que beneficiaría a productores y trabajadores de los tres países. Tal sería el objetivo de renegociar las reglas de origen: mantener fuera los componentes importados de otros países para favorecer la producción y empleos de la región. 

 

Estos mensajes de los que serán los protagonistas clave de la renegociación del TLC han mejorado substancialmente el ambiente. Lo que subraya lo importante que son los modales, el tono con que se dicen las cosas y la percepción de los que escuchan. Eso porque en realidad no dijeron nada distinto a lo que han repetido, ellos y Trump, desde el ensayo que difundieron el año pasado durante la campaña electoral norteamericana.

 

Lo que Trump le dijo, en público y a unos cuantos pasos de distancia, a Peña Nieto es simplemente lo mismo. Solo que ahora con otro tono de parte de ellos y con otra disposición a escuchar de parte de los medios. Ya sin histeria.

 

Algo que tampoco ha cambiado es la respuesta cupular y oficial de México que se sintetiza en una doble negación. Primero se encuentra la incredulidad para aceptar que la globalización neoliberal terminó, acabada por escasez de demanda; que simplemente no vamos a encontrar otros mercados y que en adelante el crecimiento económico dependerá de la capacidad para generar demanda interna.

 

Es el diagnóstico anterior lo que lleva a sectores importantes de la industria y la política norteamericanas a recrear una mezcla moderna del proteccionismo y del fordismo que los hizo una gran nación. El primero les permitió crear una base industrial propia y el segundo se refiere a la idea de que no solo había que producir sino que había que pagar lo suficiente a su mano de obra para que pudieran comprar la producción industrial.

 

Es decir industrialización con creación de un mercado de masas fuerte. Y la novedad es que, por lo menos en teoría, incluyen a México como parte del mercado interno que les permitiría fortalecerse, ellos y nosotros. Tal es el mensaje al pedir que se eleven los salarios en México.

 

Pero aquí la dirigencia política no comparte esa visión y piensa todavía que el crecimiento  depende de la conquista de mercados externos y se lanza a la idea utópica y a destiempo de encontrar, ahora sí, nuevos socios comerciales entre los países de la región Asia Pacífico. Incluso le creen al embajador chino cuando dice que ha llegado el momento de hacer un tratado de libre comercio entre nuestros países­; es su intento de preservar su enorme superávit. Sin embargo saben, los chinos, que si Estados Unidos reduce su déficit con México, nosotros no podremos financiar nuestro déficit con China.

 

Decirle que no a la propuesta norteamericana de un proteccionismo regional con fortalecimiento de un mercado interno trinacional se basa en la idea necia de que es posible continuar con el mismo modelo globalizador con otros socios comerciales. Pero esta idea parte de un diagnóstico obsoleto de la economía mundial y tenemos que romper con la resistencia ideológica, casi religiosa, para acoplarnos  a la imperiosa necesidad de también volvernos proteccionistas, solos o acompañando a los Estados Unidos. Solo así podemos transitar a un modelo explotador de la mano de obra a otro de desarrollo integrador.

 

Lo cierto es que la situación se ha tranquilizado aunque la propuesta norteamericana y la negativa mexicana siguen siendo las mismas. Mejor: pero en lo mismo.

 

@JorgeFaljo

@OpinionLSR

 

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