Conocí poco a Manuel Camacho, a pesar de que en los años que llevo de vida pública él siempre fue un claro referente del proyecto político en el que participó. Me considero, de hecho, parte de la escuela política e ideológica que él inició. Tuve el honor de que estuviera presente en mi pasado informe de labores como diputado a la ALDF y me quedó muy grabada la claridad con la que expuso la inconveniencia de que el PRD participara en el Pacto por México, durante la última ocasión que estuve con él en una reunión privada.

 

Tuve la suerte, por otro lado, de convivir con personas que formaron parte de su equipo cercano durante sus años como regente de la Ciudad de México y, por lo tanto, de escuchar de primera mano la naturaleza del mismo. Me parece que son cuatro las razones por la que Camacho fue una figura tan influyente de la vida pública nacional.

 

Una fue la de ser al mismo tiempo un hombre de acción política, que un generador y divulgador de ideas. Otra es el papel que jugó para que la reconstrucción de la capital ocurriera en espacios democráticos y como parte de un proyecto de una ciudad funcional y moderna. El tercero es su papel al interior del sistema político autoritario, en los años 80 y 90, para cambiar y abrir espacio de diálogo y participación fuera del universo priísta. Finalmente, está su apuesta por construir nuevas alternativas de participación política y una izquierda competitiva, capaz de ser opción de gobierno con una agenda progresista.

 

Camacho tenía una sorprendente capacidad de análisis de la realidad nacional y global, producto en buena medida de ser un lector constante de lo que se discute de economía y de ciencia política en el mundo.  Era un político que consideraba imposible obviar el conocer y estudiar los temas y asuntos públicos para poder responder a las responsabilidades de gobierno. Las ideas políticas y de política pública fueron en buena parte de su razón de participar en lo público.

 

No puedo dejar de pensar en Michael Ignatieff y la crónica de su tránsito de su cubículo de Harvard al liderazgo de la oposición en Canadá, como un ejemplo del tipo de dilemas a los que se enfrentó Camacho en la política Mexicana. Nos queda a nosotros la obligación de hacer que el debate de la agenda política pública y su puesta en operación sea la tarea central de la política. Eso sólo es posible si nos formamos y nos empeñamos en identificar los grandes problemas nacionales, entender su complejidad, en conocer cómo se han abordado en otras partes del orbe  y tener el liderazgo para impulsar y aterrizar las políticas eficaces.

 

A la política mexicana le urgen ideas y proyectos, que necesariamente son complejos, arriesgados y de largo plazo. No es que el país este sobre diagnosticado y conozcamos ya los caminos y la respuestas, necesitamos políticos que, como Camacho, inicien nuevas empresas para comprender y  transformar la realidad nacional.

 

El temblor de 1985 marcó  un antes y un después en la vida política de la Ciudad. El gobierno se encontraba entre la disyuntiva de hacer la reconstrucción exclusivamente con la estructura corporativa del PRI, la propuesta de Ramón Aguirre, o con la multitud de grupos que demandaban vivienda y mejores servicios públicos, la posición que defendía Camacho desde la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología. Se trató de la alternativa que al final triunfó.

 

El proyecto de Ciudad de Camacho promovió que todo tipo de grupos participaran en la reconstrucción, que disminuyeran los graves problemas de calidad del aire, que recuperará el espacio público y que la Ciudad tuviera las condiciones de servir como el gran activo del país en la competencia global. Se iniciaron también los primero procesos de democratización con la creación de la Asamblea de Representantes y que germinaría lo que ha sido la izquierda electoral en México. El proyecto de Ciudad de Camacho es el que prevaleció y hoy sustenta a una capital vibrante, progresista y moderna. Camacho fue también la voz negociadora de un sistema político que no sabía cómo reaccionar ante la demanda democrática hace tres décadas.

 

Frente a los que pedían cooptación y mano dura, para conservar la hegemonía priísta, Camacho encabezó a los que pugnaban por abrir los espacios y reconocer las victorias. Camacho quería ser presidente para ser un Juárez, es decir, para conducir una transición que entregara con orden el poder a los demócratas.  Las famosas concertaciones fueron triunfos camachistas que le ganaron no pocos enemigos entre el priísmo más duro. Eso, y una tarjeta que le advertía a Carlos Salinas de las corruptelas de Raúl, le costaron la candidatura presidencial.

 

Camacho dedicó el último tramo de su actividad política a la izquierda partidaria. Su intervención más notoria fue la creación de las famosas y exitosas  alianzas entre el PRD y el PAN, para disputarle el poder político local al PRI y pavimentar el camino para una elección presidencial competitiva en el 2012. Su visión de la política mexicana era la de generar intensa competencia y desmantelar los restos del régimen priísta. El llamado Pacto por México le pareció una claudicación a la tarea de servir de contrapeso y evitar los cambios constitucionales en materia energética.

 

Al final, Manuel tuvo razón, el pacto no fortaleció a la izquierda, la dividió. Tampoco ayudó a consolidar reformas progresistas. El pacto promovió una visión única del país y de sus problemas, al fallar las reformas, el PRD se quedó sin narrativa.

 

Mucha falta le hará al país Manuel Camacho, uno de los grandes protagonistas de la vida pública nacional de las últimas décadas. La enseñanza que nos deja es que la política no se puede hacer sin ideas y que no es posible excluir a todos los actores del diálogo y la participación política.

 

@vidallerenas



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