El delito de terrorismo internacional, básicamente, es un crimen compuesto de tres elementos: el primero, una acción que por sí misma puede estar tipificada de manera autónoma a modo de ser un delito independiente como el homicidio; el segundo, se refiere a la intencionalidad, esencialmente política, del perpetrador, en cuanto al objeto de cometer dicho delito, es decir, en cuanto a las consecuencias ulteriores pretendidas con la comisión de un hecho delictivo y finalmente, el componente internacional, que se refiere a un hecho delictivo transfronterizo.

 

El pasado lunes 19 de diciembre se perpetraron dos ataques terroristas uno en Ankara, Turquía y el otro en Berlín, Alemania. En el primero, el elemento material del acto terrorista consistió en el delito de homicidio del embajador ruso en Turquía, Andréi Kárlov, quien murió a manos de un ex –policía turco quien afirmaba su posición política sobre la guerra en Siria y las atrocidades en Alepo.

 

En el segundo, el delito independiente fue el multi-homicidio de 12 personas por atropellamiento ocurrido en un bazar navideño en las calles de Berlín, acto reivindicado por el grupo terrorista Estado Islámico, quien pretende cambiar con sus acciones el nuevo orden mundial.

 

En ambos casos podemos observar la tridimensionalidad del fenómeno terrorista: el despliegue de una conducta delictiva independiente, materializada con la lamentable pérdida de la vida de varias personas; también encontramos el elemento subjetivo, relativo al factor político e ideológico como génesis motivacional de sus actos; además, el elemento transfronterizo en función de los actores internacionales que entran en juego.

 

En suma, el terrorismo desde un punto de vista criminológico, es violencia para crear desestabilización y pánico generalizado. Su repercusión es devastadora tanto en el plano particular como colectivo. En este último ámbito las consecuencias no tienen límites, el miedo y la zozobra en la vida social, se traducen peligrosamente en una percepción de inseguridad que puede trastocar la propia estabilidad de un Estado. Las políticas de seguridad de los países son lesionadas en cuanto a su efectividad, por lo tanto, también son seria y reiteradamente cuestionadas, lo mismo en países emergentes como en las grandes potencias. El terrorismo hoy en día, no respeta fronteras y tampoco se amedrenta ante ellas.

 

Al respecto, en la Declaración sobre las medidas para eliminar el terrorismo internacional pronunciada por la Asamblea General de la ONU se señala claramente en qué consisten estas terribles acciones, “los actos criminales con fines políticos concebidos o planeados para provocar un estado de terror en la población en general, en un grupo de personas o en personas determinadas son injustificables en todas las circunstancias, cualesquiera sean las consideraciones políticas, filosóficas, ideológicas, raciales, étnicas, religiosas o de cualquier otra índole que se hagan valer para justificarlos”.

 

El fenómeno terrorista para la mayoría resulta inteligible, las consecuencias que generalmente involucran víctimas inocentes son aún más difíciles de comprender, en eso coincidimos sin lugar a dudas. Empero, algunas naciones se empeñan en crear y aplicar medidas de seguridad más duras e incluso terriblemente discriminatorias, en un círculo perverso: actos siniestros, medidas atroces y más leyes mal pensadas para regular las diferencias de pensamiento. Esto no tendrá fin, si las autoridades de los países no trabajan en fortalecer el derecho internacional, lo más sombrío es que todos nos encontramos inmersos en ese mar de contingencia. 

 

 

@OpinionLSR

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