La Presidencia de la República  realizó un ciclo de dos reuniones en fines de semana sucesivos, a puerta cerrada, con funcionarios de comunicación social de las dependencias del gobierno federal. El propósito expreso fue ajustar la estrategia de comunicación definida por Los Pinos, la cual encara sin duda, desafíos singulares.

 

Las reuniones fueron tomadas con expectativa dentro y fuera del gobierno. Y son entendidas como un ejercicio para marcar el nuevo estilo en el área que ahora encabeza Eduardo Sánchez, quien relevó a David López en tales tareas.

 

La duda central es si la administración Peña Nieto aceptará que su problema de imagen, interna y externa, no se deriva –tan solo- de una crisis en su   estrategia de comunicación, sino de un vacío en su estrategia política.

 

Estos encuentros tuvieron como telón de fondo ajustes recientes –el 6 de marzo y el 30 de abril- en los equipos encargados de construir el mensaje y la imagen de la administración y del propio presidente Peña Nieto, cuyo nivel de aprobación pública declinó desde finales del año pasado.

 

Según reportes de agencias encuestadoras, el respaldo ciudadano al mandatario se halla estancado en niveles por debajo de 40%, uno de los más bajos para un presidente mexicano a punto de cumplir su tercer año en el cargo, periodo que tradicionalmente marcaba la cúspide de su influencia y popularidad.

 

De acuerdo con diversos testimonios recogidos, los cónclaves de directores de comunicación social del gobierno federal se realizaron en instalaciones del Tecnológico de Monterrey en la ciudad de México. Fueron encabezados por el citado Eduardo Sánchez, quien dirige la unidad que reúne la comunicación y la vocería de la Presidencia. Y también, por Alejandra Lagunes, coordinadora de Estrategia Digital del gobierno.

 

Entre los expositores invitados a la reunión con los comunicadores federales figuraron periodistas y directivos provenientes de diarios, quienes disertaron sobre los requerimientos informativos de los medios impresos. Puede tratarse de una cruel ironía, pues periódicos y revistas han sido en los últimos dos años y medio interlocutores ausentes –salvo como sujetos de presiones y amagos-, pues la administración federal centra el foco de sus inquietudes y atenciones en los medios electrónicos, notablemente la televisión.

 

Acaso el espacio que despierta mayor apatía gubernamental sea el de la prensa regional.  En días pasados una docena de propietarios de periódicos estatales tuvo el “privilegio” de reunirse en la ciudad de México con titulares de algunas dependencias federales, en otros casos con sus colaboradores. Lejos están los años en que un presidente de la República se reunía con la prensa local durante sus giras o les otorgaba una entrevista.

 

En la agenda de las cónclaves de comunicadores destacaron las conferencias y la discusión desarrolladas en torno a las redes sociales, esencialmente Twitter y Facebook, que utilizan en México decenas de millones de personas y cuyo tono ha sido siempre adverso a la política, los políticos y el gobierno Peña Nieto en  particular.

 

La única novedad sobre estas plataformas digitales es que cada día parecen ser más hostiles a la imagen de la administración federal. Ante ello, no están faltando las voces que pretenden convencer al gobierno de imitar estrategias propias de regímenes autoritarios como el de Rafael Correa, en Ecuador, que paga a un ejército de abogados en varios países para perseguir y acallar voces en redes sociales.

 

Definir una estrategia ante este fenómeno difícilmente se podrá reducir a las tareas del señor Eduardo Sánchez, mucho menos de la señora Alejandra Lagunes, personaje este último alejado de las luces mediáticas, con agenda pública sumamente restringida por voluntad propia. Una funcionaria formada en consorcios digitales globales como Yahoo!, MSN y Google, para luego decantarse en el marketing político.

 

El pasado día 30, cuando la Oficina de la Presidencia, que encabeza Aurelio Nuño, anunció la designación de Sánchez en la doble tarea de director de Comunicación Social y vocero presidencial, también se oficializó la nueva responsabilidad de Andrés Massieu Fernández como coordinador general de la propia Oficina de la Presidencia, y de Paulo Carreño King como coordinador de Marca País y Medios Internacionales.

 

Esta última labor, la comunicación con medios internacionales,  parece hoy una labor políticamente suicida.  La imagen de México está en un momento de crisis en el mundo, y con su prensa emblemática. Una crisis que parece ir más allá de los campos mediáticos para colocarse más arriba, entre las aristocracias corporativas, aparentemente agraviadas por causas hasta ahora  desconocidas.

 

Casi no hay día en que la prensa internacional no presente un reporte demoledor sobre México y el gobierno de Peña Nieto. Apenas este fin de semana se generaron dos: Uno en la prestigiada agencia financiera Bloomberg, con un lastimoso diagnóstico sobre la presencia del peso mexicano en Wall Street,  y otro de The Economist, sin duda la revista financiera global e influyente en el mundo.  En esta oportunidad, la publicación inglesa levantaba dudas sobre la capacidad del gobierno federal para encarar el desafío que significó la demostración de fuerza del Cartel Jalisco Nueva Generación. La revista Time fue humillada en un acto público por otorgarle a Peña Nieto una portada elogiando sus reformas. 

 

Puede ser una buena noticia que el gobierno revise sus políticas de comunicación social, si considera tenerlas. Pero podría tratarse de una solitaria golondrina en el bochornoso verano mexicano.

 

robertorock@lasillarota.com



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