Los llamados de alerta y las reiteradas sentencias al populismo que ha hecho el presidente Peña Nieto y otros actores, señalando a esta corriente ideológica como la amenaza más próxima a los sistemas democráticos de la región ante el desencanto con la democracia y el desprestigio de la política y los partidos, hacen obligada una reflexión sobre las luchas históricas por la justicia, la libertad y la igualdad, no exentas de construcciones utópicas y de crisis recurrentes, en un ya largo camino hacia la democracia sin adjetivos, tal y como hoy la conocemos, con sus luces y sombras y sus limitaciones manifiestas, pero al mismo tiempo, reconocida universalmente como base del mejor sistema de vida y de gobierno que se conoce.

 

En la construcción democrática moderna, parecen lejanos los días de 1793 en que Madame Roland consignó aquellas palabras que marcaron su participación en la revolución francesa: “Libertad… cuántos crímenes se cometen en tu nombre", sin embargo, es una expresión de pujante actualidad y no tiene desperdicio, pues no han sido pocos los sacrificios que se han hecho a lo largo de los últimos doscientos años para construir un sistema de vida más justo y más humano en nombre de la libertad.

 

Tampoco han faltado los intentos por crear paraísos terrenales, verdaderos embustes hoy reprobados por la historia o por el sentido común, la mayoría de ellos soportados en las ideologías más diversas en busca de la felicidad, la igualdad y la eficacia en el uso de los bienes; teorías y composiciones que no dejarían de ser obras literarias con mérito de ficción como la concepción de Aldous Huxley en Un Mundo Feliz o la más reciente de Lois Lowry en The Giver, a no ser porque en no pocas ocasiones se han constituido en sistemas políticos autoritarios y sanguinarios que se han impuesto por algún tiempo en distintas latitudes a un elevado costo social y humano.

 

Ejemplo de estas aventuras ideológicas hechas sistema político es el comunismo y la utopía soviética evidenciada por Svetlana Alexiévich, ganadora del Nobel de Literatura 2015, mujer bielorrusa de 67 años, hija de maestros rurales, profesora de historia y de alemán, pero sobre todo una periodista especializada en reportaje literario a través del cual ha develado el verdadero rostro del "homo soviéticus".

 

Con la ayuda de cientos de entrevistas sobre los acontecimientos más traumáticos que han marcado la vida de ese pueblo, como la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Afganistán, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración de la URSS, Alexiévich nos enseña una verdad de oro: “El homo soviéticus nunca ha tenido experiencia de libertad o democracia. Creímos que nada más con derribar la estatua de Félix Dzerzhinski, el fundador de la KGB, seríamos Europa. La democracia es un trabajo duro que lleva generaciones”. Enorme lección para quienes vivimos en países occidentales con procesos de transición inacabados. En nosotros deberían resonar fuerte sus palabras, fruto de una dolorosa experiencia tras la cortina de hierro... la democracia es un trabajo que lleva generaciones.

 

A la luz de estas lecciones que nos da la historia, documentadas de distintas maneras, ya deberíamos saber que el populismo es una corriente ideológica que manipula y usa el concepto de "pueblo" para justificar decisiones de política pública. Es demagogia populista y clientelar, que lejos de resolver las grandes necesidades sociales, de respetar los derechos humanos y la dignidad de las personas compromete el presente y el futuro a los dictados de un caudillo o una camarilla por razones "populares" como dogma gobiernista o razón de Estado, es decir, lo que mejor acomode a un liso y llano porque sí, mediante la que impone su voluntad, "porque así debe ser en bien del pueblo y de la colectividad".

 

Ante el riesgo inminente de que esta ideología se instale en el país, con este o con otro régimen y sin que esto signifique de ninguna manera un respaldo acrítico al discurso oficial que alerta sobre el populismo de López Obrador sólo para preservar sus intereses políticos, es preciso asumir la convicción y el compromiso con la democracia como el camino más seguro para preservar las libertades y los derechos fundamentales de los ciudadanos. Es urgente y necesario reconocer que el déficit democrático que hoy vivimos no se resuelve con el autoritarismo populista, es necesaria una tercera vía que implica el fortalecimiento de las instituciones y prácticas auténticamente democráticas, particularmente las que tienen que ver con el respeto a la vida, a la familia, a la identidad y los valores nacionales, a la justicia, a la libertad y a la transparencia con rendición de cuentas.

 

De tal forma que la respuesta al desencanto democrático y a los vacíos de poder que caracteriza a las instituciones emblemáticas del sistema político mexicano no es la vía populista por encantadora que parezca, sino la vía democrática consolidada por decisiones responsables de política pública con base legal y de derecho, con ética y sensibilidad social. Este sí es un trabajo, uno que llevará generaciones.

 

@MarcoAdame



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