En la mañana en que escribí esta entrega, escuché una airada charla entre dos trabajadores de un servicio de mudanzas: "Hemos sido engañados por nuestro  gobierno" sentenció a voz alzada uno de ellos. La expresión tenía carga emotiva y llamó poderosamente mi atención, toda vez que expresa el sentimiento dominante y ampliamente extendido ante los hechos de corrupción, en particular la llamada "casa blanca" y recientemente, el inmueble del secretario de Hacienda; y se suma al bajo grado de aceptación presidencial que reflejan los números de todas las encuestas serias de nuestro país, así como a un sinnúmero de comentarios y cientos de análisis publicados dentro y fuera de nuestras fronteras sobre el posible conflicto de interés.

 

El sentimiento de engaño pone a debate la legitimidad de las autoridades en la medida en que, al margen de consideraciones legales, es un factor que deteriora y rompe el consenso que define este atributo político y democrático.

 

Norberto Bobbio (1909-2004), jurista, filósofo y politólogo italiano, sin duda una de las figuras intelectuales más relevantes del siglo veinte, consideró a la política como la posibilidad de desarrollo de la cultura, siempre y cuando asumiera la defensa de la libertad, sostuviera la verdad frente al engaño y mantuviera el espíritu crítico y el diálogo entre los que la enarbolan.

 

En su Diccionario de Política, Bobbio define a la legitimidad como “atributo del Estado que consiste en la existencia en una parte relevante de la población de un grado de consenso tal que asegure la obediencia  sin que sea necesario, salvo en casos marginales, recurrir a la fuerza". A propósito señala que "por tanto, todo poder trata de ganarse el consenso para que se le reconozca como legítimo, transformando la obediencia en adhesión".

 

Bobbio deja claro que desde el punto de vista sociológico el proceso de legitimación tiene como referencia a: La comunidad política, que busca identificación con quienes encarnan el poder; al régimen, que si es democrático, necesita aceptación; y al gobierno, que se asume como fuente de legalidad e institucionalidad.

 

Hoy estamos viviendo escenas impensables hasta hace poco tiempo, donde se manifiesta la falta de identificación, de aceptación y de respeto a la legalidad  y a los representantes de cualquier autoridad; tan sólo basta recordar los atentados contra edificios institucionales y la agresión violenta y directa contra policías de distintas corporaciones y representantes populares, más todo  aquello que se acumule en este torbellino de protestas y manifestaciones, unas auténticas y otras interesadas, en deterioro de la institucionalidad del país.

 

Como resultado de esta escalada violenta y popular, toma forma peligrosamente lo que Bobbio llama la "oposición a la legitimidad", que es algo muy distinto a la oposición al gobierno sin que tampoco haga falta detallar que también existe. La oposición al gobierno se circunscribe a reformas e innovaciones conservando las estructuras políticas existentes, en tanto que la oposición a la legitimidad consiste en la lucha contra el orden constituido o contra el sistema de gobierno, que no es lo mismo.

 

Lo que ahora vemos es la manifestación preocupante que parte de una agenda peligrosa de rebelión, entendida en la concepción "bobbiana" como el rechazo abstracto de la realidad social, hacia la actitud revolucionaria, asumida como la negación determinada históricamente de la realidad social; en concreto, aunque a los partidarios de la actitud revolucionaria no les sea fácil determinar esta concreción en aras de su objetivo, intentan permanentemente derribar a las instituciones políticas.

 

Por los riesgos que este momento entraña para el presente y el futuro del país y para la agenda de la justicia, la paz y el bien común, es preciso que quienes hoy son cuestionados severamente, entre ellos autoridades en todos los órdenes, y los demandantes, en todos los tonos y de todos los estratos de nuestra sociedad, tomemos cartas en el asunto y definamos en clave democrática y civilizada este debate.

 

Así es, la legitimidad está a debate, más allá de expresiones y señalamientos adjetivos, lo que importa es ir a fondo; lo que el país necesita es que de manera objetiva se aborden los temas que deterioran el consenso en torno al sistema democrático; hacer lo necesario para recuperar la credibilidad y la confianza, hoy seriamente dañadas por el engaño y la violencia y, en consecuencia, lograr la adhesión en torno a una agenda que concrete un cambio de rumbo para el país: el rumbo de la legalidad, la transparencia, la rendición de cuentas y el estado de derecho. Por supuesto se requiere algo más que un discurso o que apostar al olvido, aquí el tiempo corre en contra de los demócratas.

 

@MarcoAdame



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