El reciente ataque terrorista en Berlín, que acabó con la vida de doce personas, ha vuelto a desatar la psicosis en las cancillerías y los ministerios de interior europeos, así como entre una temerosa opinión pública continental, cada vez más propensa al cierre fronterizo como solución a todos sus problemas. El ciudadano tunecino que asesinó al conductor del camión y posteriormente utilizó el mismo para atropellar a numerosas personas que paseaban por un mercado navideño berlinés, juró su lealtad al Estado Islámico días antes de ser ultimado en la ciudad de Milán. Con tan sólo este atentado, el Estado Islámico ha atraído de nuevo el foco mediático, ha elevado la tensión dentro de la Unión Europea y ha mostrado las peculiaridades de la política exterior de Trump. En el endiablado tablero del Oriente Medio actual, el Estado Islámico aún cuenta con suficientes cartas como para seguir en la puja.

 

Tras la progresiva pérdida de territorio del Estado Islámico a lo largo de este 2016, la ofensiva contra su bastión de Mosul se ha ralentizado. Además, el Estado Islámico ha seguido realizando operaciones armadas en países como Egipto, Yemen o Libia a través de sus filiales locales. Y el ataque terrorista de Berlín muestra que el Estado Islámico aún cuenta con un número considerable de reclutas que están dispuestos a llevar a cabo operaciones de alto riesgo en sus países de origen o en territorio europeo.

 

En otro lado ya he argumentado que esta triple estrategia es precisamente la innovación más extraordinaria del Estado Islámico. Frente a Al Qaeda, internacional terrorista dedicada a realizar ataques en cualquier parte del mundo contra intereses occidentales, el Estado Islámico ha ofrecido un santuario territorial en el que por fin institucionalizar el fundamentalismo islámico de raíz suní. A su vez, estos bastiones radicales se han convertido en señuelos para miles de jóvenes tanto en el mundo occidental como en el mundo árabe, interesados en navegar las crecientes incertidumbres de la vida moderna a través de las lentes del radicalismo ideológico. Pero el Estado Islámico no se especializó en ser una guerrilla islamista más, como Hezbollah o Hamas, interesadas en defender su territorio y combatir a los enemigos cercanos. Al contrario, el Estado Islámico decidió mantener su involucramiento en otros conflictos en el mundo musulmán a través de la creación de alianzas con grupos locales (como Shabah en Somalia), a la vez que ha seguido preconizando el uso de ataques terroristas contra países occidentales para forzar a sus gobiernos a dejar de apoyar militarmente a las satrapías del Medio Oriente.

 

Lo que hace extraordinariamente difícil doblegar al Estado Islámico es que combina las tres estrategias al mismo tiempo. Por separado, ninguna generaría muchos problemas: ni los ataques terroristas en Europa, ni las guerrillas locales en países fallidos, ni el mermado control territorial del Estado Islámico en Siria-Iraq, son amenazas al orden global. Pero juntas, sí plantean un problema que las grandes potencias no han sido capaces aún de resolver.

 

Y ahí es donde parece aún más preocupante la reacción subyacente de los países occidentales al último ataque terrorista, con una opinión pública que vira claramente hacia el aislacionismo y el rechazo a los inmigrantes como ejes de la política exterior. Desde luego, no ayuda que este último ataque haya tenido lugar en Alemania y haya sido realizado por un tunecino que se benefició de las generosas políticas de protección del gobierno Merkel. El ataque sin duda convertirá al tema migratorio en asunto de campaña y tensionará las posibilidades de reelección de Merkel, frente al empuje de los dos extremos ideológicos.

 

Además, conviene no olvidar que por primera vez en la historia de la V República francesa, un presidente ha renunciado a la posibilidad de ser reelegido. La debilidad de François Hollande, a pesar de sus intentos por mejorar su tasa de aprobación a base de bombardear al Estado Islámico en Siria, es un claro recordatorio de que la próxima elección presidencial en aquel país (abril de 2017) se jugará también alrededor del asunto migratorio, y ahí los contendientes más creíbles se ubican entre la derecha y la derecha extrema.

 

La presión aislacionista que afecta a los tres pilares de la Unión Europea (Reino Unido, Alemania y Francia) puede llevar a una renegociación de los tratados europeos más profunda de lo que se había pensado inicialmente. Quizás el corto sueño de la libre circulación de personas esté llegando a su fin, y lo que veamos, irónicamente, sea una mayor cooperación militar para hacer frente a las crecientes amenazas rusas sobre el arco oriental europeo y para reforzar las labores de impermeabilización fronteriza. A este fin empuja, sin duda, el poco aprecio que Donald Trump tiene por los gobernantes europeos, a los que ve como parte del establishment corrupto que él combatió y venció en su propio país. Si Putin ya no es el primer enemigo yanqui, y Europa ya no es una zona de interés estratégico para Estados Unidos, que las naciones europeas empiecen cuanto antes a subir sus exiguos presupuestos militares, si es que quieren defenderse por sí mismas.

 

Y así llegamos a la última reacción generada por el ataque de Berlín: la apología nuclear del presidente Trump. Con todas las precauciones debidas al tratar de escudriñarse el pensamiento Trump, pareciera que el presidente ha elegido a China como principal enemigo, sobre todo por el abultado déficit comercial que nuestro vecino arrastra con el coloso asiático (del orden de 350 billones de dólares anuales, siete veces mayor que el déficit que tienen con nosotros). Lo del Estado Islámico lo ve como un problema menor, resoluble por el lado populista con la prohibición de visados para personas que vengan de países contaminados por el Islam radical; y por el lado demagógico, con la amenaza nuclear, si es que algún día los gobernantes del Estado Islámico se atrevieran a buscar ese tipo de armamento.

 

Los asesores militares de Trump entienden los numerosos conflictos de Oriente Medio como luchas internas de religión que, al igual que pasó en la Europa del siglo XVI, deberían producir un islam más moderado y modernizador.

 

En ese río revuelto, es difícil imaginarse que las redes del Estado Islámico no vayan a seguir pescando para consolidar sus ganancias ideológicas y militares. Trump puede permitirse el lujo de sentarse en la valla a ver cómo los musulmanes se destruyen entre ellos; pero no los europeos, acorralados entre dos males: salirse de Oriente Medio (y dejar que crezcan monstruos como Rusia o el Estado Islámico empeñados en seguir expandiendo su poder), o incrementar su intervención militar (y reforzar la alienación de miles de ciudadanos europeos que no se sienten identificados con el creciente discurso excluyente). Imposible dilema. 

 

@CIDE_MX

@OpinionLSR


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