Cuando llegaba la periodista Miroslava Breach Velducea a la sierra de Chihuahua tenía su lugar; allí la esperaban los indios rarámuri con esa sonrisa de gratitud que solo ellos saben dar. Sabían que el trabajo de ella era especial, así como el del médico rarámuri encargado de curar los sueños de los suyos; solo que ella no era maga, sino mensajera de la palabra. 

 

Verla en esos lugares con sus pantalones de mezclilla, sus botas y su sombrero, en medio de la sierra y desfiladeros, con su sonrisa sin condiciones, les daba tranquilidad a los rarámuri, porque era su voz y por medio de ella se hacían escuchar.

 

-Ya viene la “Miritos”, y la buscaban para abrazarla. ¿Cómo ha estado? Ya la extrañábamos.

 

Miritos” le decían de cariño a la periodista sus más cercanos, los rarámuri entre ellos. Sabían que así le llamaba su madre, quién recién había fallecido el año pasado.  Para recordar a su madre, Miroslava confiaba la manera como ella le llamaba.  Era de las pocas veces que se le quebraba la voz, pero solo entre los muy cercanos se atrevía a contarlo. También le decían “Miros” con afecto.

 

Era una mujer de temperamento, enérgica, pero muy cálida y sensible.  A pesar de estar de un lado a otro investigando, buscando información, se daba tiempo para cocinar; llegaba hasta convidar de las galletas que salían de su horno casero. Se daba tiempo para ser madre y periodista a la vez. Su preocupación constante era Carlitos, como le decía de cariño a su hijo de apenas 14 años; el salvó la vida esa mañana fatídica del jueves 23 de marzo por retrasar su salida mientras su madre lo esperaba en la camioneta. También estaba al pendiente de su hija Andrea que había elegido la carrera de abogada y que apenas abría camino en ese mundo tan contradictorio de las normas jurídicas.

 

Miroslava siempre tenía proyectos e investigaciones en curso y en eso era muy discreta; le gustaba tener la visión de todas las partes en conflicto, preguntaba por todos lados, pero sabía seguir con paciencia las pistas hasta hallar un dato seguro para no errar. Cargaba siempre una libreta y en ella anotaba todo, todo lo que veía, lo que sentía, sus planes inmediatos, hasta sus sueños. Lo hacía con extrema rapidez y luego guardaba sus notas como un tesoro.

 

Quienes la conocieron veían como preparaba su nota, la redactaba y desde cualquier lugar en que hallará un medio seguro la enviaba a su periódico. Le gustaba refugiarse en su casa para escribir y armar sus investigaciones.  Se daba tiempo para revisar las tareas de su hijo, cocinar y poner en orden su casa a la vez.

 

A Miroslava mucha gente la conocía, sabían que era periodista y muy aguerrida. Desde 1995 en que se había asentado en Chihuahua fue abriendo camino, hasta ser una corresponsal muy preciada del periódico La Jornada, siempre con proyectos en mente.

 

Ese jueves del 23 de marzo, a las 7:06 de la mañana, ocho balazos alarmaron a los vecinos quienes salieron presurosos para saber qué ocurría y darse cuenta de la tragedia; llamaron a la policía, a los servicios médicos, a la gente de gobierno, a los amigos.  Se acercaron y la vieron agonizante. Los servicios de emergencia llegaron casi de inmediato y unos minutos después falleció.  Era como una pesadilla verla así.

 

Los asesinos sabían de sus movimientos; que salía temprano a dejar a su hijo día a día; que la zona carecía de vigilancia policiaca y el poco tránsito, facilitaría la agresión y la huida del lugar.

 

Ocho balazos fueron los que recibió para que no tuviera posibilidades de sobrevivir; no importó a los asesinos matarla frente a su casa de manera tan cobarde; sabía que así la tomarían desprevenida.

 

Ella hablaba con sus amigos y temía que algún día la matarían por lo que escribía, lo decía en voz baja, para que no se escuchara, ni ella misma. Cuando escribía, lo hacía con rapidez, respiraba profundo para tomar fuerza: dar voz a otros era su misión principal.

 

Era una apasionada de su trabajo, desempeñaba el oficio más hermoso del mundo, como lo decía Gabriel García Márquez cuando se refería al trabajo el periodismo, pero hacerlo en México, era trabajar en el más peligroso del mundo.  Su homicidio se suma al de Ricardo Monluí Cabrera en Veracruz y el de Cecilio Pineda en el estado de Guerrero, ocurridos en menos de un mes.

 

Nos duele profundamente el homicidio artero de la periodista Miroslava, nos repugna la impunidad y los gobernantes incapaces que padecemos, estatales y federales.  Que no haya impunidad, que no ocurra como otros tantos expedientes que se vuelven polvo sin resolverse.

 

Miroslava tendrá siempre su lugar en la sierra, con los Tarahumara, y en todos aquellos espacios en que fue conocida, siempre con su libreta en mano, con la mirada en alto, con el orgullo de ser periodista. Miros, Miritos, como le decían de cariño, siempre estará con nosotros.

 

@Manuel_FuentesM

@OpinionLSR


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