Las niñas de Guatemala no se murieron de amor[1], las mataron de indolencia, de olvido, de abandono. Descuidos, abusos y menosprecio por la vida de sus cuerpos precarios, huérfanos, sin recursos; de sus existencias violadas, amenazadas. Denuncias que no fueron escuchadas. A las niñas de Guatemala las mataron de tanto ignorarlas, explotarlas, deshonrarlas. Y por si fuera poco, las quemaron vivas.

 

¿Qué es lo que ardió en Guatemala? ¿Por qué aún no puede apagarse el infierno del albergue, del dichoso “hogar seguro” que lleva por nombre “Virgen de la Asunción”? Ese lugar que se suponía sería un refugio para niñas, niños y adolescentes violentados, víctimas de trata, desamparados, con discapacidades mentales, problemas de adicción, en necesidad de protección por provenir de familias abusadoras y explotadoras, o que simplemente no tienen los recursos necesarios para educarlos y alimentarlos. Niños y niñas que pasan por algún proceso de reformación recomendado en algún Juzgado debido a problemas de comportamiento. Aparentemente en este “hogar seguro” estarían protegidos, resguardados y en preparación para convertirse en “personas de bien”, de acuerdo a una de las madres de las fallecidas.

 

Las autoridades dijeron que habían agotado el diálogo con ese grupo de infantes rebeldes que oscilaban entre los 13 y 17 años, quienes molestos porque no les gustaba el sabor de la comida, se amotinaron y buscaron escapar. Se les pasó mencionar la cantidad de vejaciones que estos niños y niñas vivieron bajo ese techo, entre ellas, humillaciones, violaciones, obligaciones de aborto y la ingesta de comida con gusanos. Un maestro del albergue, un albañil que trabajó en la obra y otro empleado general de la “casa hogar” fueron señalados como los perpetradores de estos abusos de los cuáles las autoridades se encontraban al tanto.

 

¿Qué es lo que hace que estos cuerpos no importen? Que las autoridades enteradas de los abusos no hagan el más mínimo esfuerzo por erradicarlo, por castigarlo y reparar las vidas rotas de estas víctimas. Por un lado, adultocentrismo, en el que la palabra de cualquier persona en edad infantil tiene menos valor que dos centavos, así como sus vidas, y sus cuerpos. La clase política y el sistema judicial cuyos intereses están centrados en otras vidas más importantes y con mayor futuro, que la de estos pequeños inadaptados. Un Estado feminicida ocupado en otros asuntos de mayor prioridad como, por ejemplo, dejar a sus familiares, conocidos y aliados bien posicionados en las estructuras de poder. Una sociedad, además, que sigue viendo los cuerpos de las mujeres, sin importar su edad, como usables, comerciales y desechables.

 

La mañana de ese 8 de marzo negro, mientras las mujeres de todo el mundo se preparaban para salir a manifestarse por sus derechos en un día tan significativo, la insurrección de estas niñas ya había sido amordazada bajo llave, sin posibilidad de escapar de aquel infierno que en cuestión minutos cobró 19 vidas de 57 que fueron confinadas al aula como castigo por su insurrección.

 

Hoy son 43 niñas asesinadas por el Estado: calcinadas y asfixiadas, con una muerte agonizante en el lugar de los hechos o durante su hospitalización. A las autoridades también se les ha pasado decir, que varias de ellas estaban embarazadas, producto de las violaciones y abusos a los que fueron sometidas por tanto tiempo a su corta edad, casos de los que por cierto, había incluso demandas interpuestas legalmente que nunca fueron atendidas. Lo que sí dijeron es que no hubo negligencia: no se habló del abuso policial, ni del papel del presidente Jimmy Morales. No existe una claridad en las cifras, y aún hay madres esperando razón del paradero de sus hijas. ¿Cuántos abandonos más tienen que sufrir estos cuerpos? El de sus familias, el de la institución educativa, de salud, el de las autoridades, el gobierno, el Estado, la justicia.

 

¿Se acuerdan de cómo se estremeció el mundo cuando “Todos fuimos París”? ¿Y de las acciones globales cuándo fuimos Ayotzinapa? ¿Por qué estos cuerpos no importan igual? ¿Por qué sólo los grupos feministas y algunos medios alternativos están nombrando a estas niñas y contando sus historias? ¿Por qué a nadie más importa la dignidad y la justicia de estas vidas?

 

Las 43 niñas de Guatemala son producto de la indolencia y la naturalización de la violencia contra cuerpos vulnerables, abandonados y estigmatizados. Detrás de estas violencias normalizadas está la idea de la poca importancia y la inferioridad de sus cuerpos violables y desechables. Los perpetradores de estas violencias, sin importar su ocupación o su clase social: el maestro de la “casa-hogar”, el albañil y un empleado general, dieron por hecho que esos cuerpos les pertenecían, que no valían como para respetarlos, que podían violarlos, vejarlos, mal alimentarlos, hacerlos abortar, quemarlos y dejarlos morir de manera impune.

 

¿Cuántas velas serán necesarias para alumbrar la rebelión de las niñas de Guatemala? Para no olvidarlas, para que el fuego que iniciaron permanezca en la llama de la indignación, en la búsqueda y en la exigencia de mejores condiciones de vida, del entendimiento de que estos cuerpos no se tocan, no se violan, no se queman, no se matan.

 

Hasta detener la guerra.

Nos faltan 43.

  

@AleCaligari

@OpinionLSR

 

[1] En referencia al poema “La niña de Guatemala” del poeta cubano José Martí.


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